Una batalla existencial entre el pasado y el futuro del mundo de estas mujeres de rostro blanco, se escenifica hoy en día en las ciudades niponas de Kioto, al sur, y Niigata, al norte del país. El origen de las geishas -“personas de arte” en japonés- se remonta aproximadamente al siglo XVII. Nacen para responder a la demanda de acompañantes, diferentes a las cortesanas y prostitutas, de nobles y samuráis.
Finalizado el aislamiento japonés que marcó el período Edo (1603-1867), superada la Revolución Industrial, el militarismo de principios del siglo XX y una derrota en la II Guerra Mundial, el país del sol naciente que resurgió de las cenizas del conflicto bélico redujo el espacio vital de las geishas al interior de su “okiya” (hogar y agencia).
La dureza del quehacer y la formación de estas mujeres, que normalmente eran reclutadas en contra de su voluntad, frente a las nuevas oportunidades que brinda la era de la globalización han contribuido a que decaiga el interés por esta forma de vida.
Según la Enciclopedia Británica, en la década de los veinte existía alrededor de 80,000 geishas en Japón, una cifra que ha bajado drásticamente hasta situarse en unos pocos miles a finales del siglo XX; la mayor parte se concentran en Tokio y en Kioto.
En Kioto, antigua capital nipona, se encuentra el famoso barrio de geishas de Gion, conocidas allí como “geiko”, donde las tradiciones se aferran al presente con la fuerza de las costumbres ancestrales y la delicadeza inmutable de unas mujeres que parecen sacadas de los cuentos.
Acceder al misterio que envuelve a estas geishas es no sólo cuestión de oportunidad sino, sobre todo, de capacidad adquisitiva. De hecho, la mayor parte de los varones japoneses nunca ha disfrutado de los bailes o de la conversación de una geisha y, en su lugar, acuden a los populares bares de acompañantes.
Únicamente los hombres ricos y poderosos de Japón pueden permitirse el lujo de pagar una velada con geishas en Kioto, ya que el paso de su tiempo se cuenta en cientos de dólares.
Muchos turistas acuden a Kioto con la esperanza de encontrarse con una geisha a la vuelta de la esquina. Los afortunados consiguen regresar a casa con una fotografía de mujeres que pagan por sentirse y retratarse como si fueran una de estas virtuosas paseando por la antigua ciudad nipona.
A simple vista, el kimono de seda, el “obi” (o cinturón) enlazado en la cintura, un peinado característico y la cara cubierta de “oshiroi” -nombre de la pintura blanca que se aplican en la cara, compuesta por caolín, magnesio, zinc y almidón, entre otros productos- pueden crear el engaño aunque se trate sólo de una puesta en escena.
Otros históricos emplazamientos de geishas son Akasaka y Shimbashi, en Tokio, o Furamachi en la ciudad norteña de Niigata, donde estuvieron a punto de desaparecer a finales de la década de los setenta.
“Aquí hace 30 años, las geishas estaban en peligro de extinción pero ahora, aunque muchas son diferentes, su número está aumentando de nuevo”, asegura Sumi Takahashi, propietaria de la casa de té Nabedyaya en Niigata.
La realidad de un negocio de capa caída acabó por imponerse a las resistencias al cambio de los más tradicionales en esta localidad y, ante el temor de que terminasen por desvanecerse de Niigata después de 200 años, un grupo de hombres de negocio decidió asociarse para salvar a las geishas.
Así, en 1987 nació el proyecto “Ryuto Shinko Kabushikigeisha” o Promotora de Geishas de la Ciudad del Sauce, que introdujo con éxito la gestión empresarial moderna en este reducto vivo del pasado nipón.
Actualmente cuenta con 80 miembros, veinte de los cuales son casas de té y el resto grandes compañías, entre las que están todas las empresas de Niigata que cotizan en bolsa.
A diferencia de lo que ocurre aún en Kioto, en Niigata las geishas no se deben a una “okiya” que organiza al extremo la rutina de estas virtuosas de la seducción sino que cuentan con un contrato laboral, un sueldo mensual y viven en apartamentos que les alquila la promotora. Esta evolución ha aumentado la independencia de las geishas, convertidas en asalariadas con vida privada.
Unas trabajadoras que pueden incluso casarse y continuar ejerciendo su profesión, siempre que los clientes sigan dispuestos a pagar 10,000 yenes (90 dólares) por hora para disfrutar de su compañía; algo impensable para las geishas de Kioto o Tokio.
Ese aperturismo ha servido para atraer a nuevas chicas que, por voluntad propia, se acercan a las casas de té interesadas por ese misterioso mundo.
“Es bueno ser una geisha. Conoces gente que normalmente no tendrías oportunidad y los clientes te recuerdan. Además, me gusta bailar y mi familia me apoyó”, explica Ayame, geisha empleada por la promotora, que les exige estudiar hasta los 18 años antes de poder comenzar su formación.
El caso de Ayame no es excepcional. Con ella, la cifra de geishas en Niigata asciende a 30, aún lejos de las 400 que llegaron a existir en la ciudad en otra época, pero suficiente para que sobreviva el negocio.
“No creo que estemos pasadas de moda, no somos algo del pasado, existimos en el presente. Como japonesa pienso que es bonito que se conserve esta tradición”, señala Ayame.
Como buenas geishas, son reservadas cuando se les pregunta por su tiempo libre y sonríen con complicidad para no romper el encanto.
Aoi, compañera de Ayame, explicó que “yo quería ser geisha y disfruto con mi trabajo, a pesar de que el aprendizaje es muy difícil”.
La película “Memorias de una Geisha”, que volvió a poner de actualidad a estas sacrificadas mujeres, es para Aoi un reflejo de una época que poco tiene que ver “con lo que vivimos nosotras”.
Una prueba del cambio es que, antes de pasar un rato con ellas, se presentan, como japonesas que son, entregando una tarjeta de negocios aunque, para pesar de algunos, sólo figure su nombre, sin teléfono ni dirección.