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¿Quiénes son las voces autorizadas para luchar contra el abuso sexual?
Msc. María Teresa Blandón G.
La autora es miembro del Foro Sexualidad, Maternidad y Derechos

En Nicaragua al igual que en muchos países del mundo, la gente convive en su vida cotidiana con este tipo de violencia llamada abuso sexual. Aunque para muchos y muchas continúe siendo innombrable, sabemos que en nuestras casas o el vecindario hay un hombre generalmente adulto y frecuentemente un familiar cercano, que persigue, espía, acorrala, manosea y penetra a su víctima y simultáneamente trabaja, lleva dinero a la casa, va a misa o al culto, participa en actividades comunitarias, reclama participación ciudadana… Es decir hace lo que normalmente corresponde a una persona “decente”.

Probablemente tenemos miedo de indagar, no queremos constatar que “eso” está ocurriendo. No preguntamos a la niña o al niño acorralado por el padre, el padrastro, el tío, el abuelo, por qué siempre está triste, por qué siente tanto miedo, por qué nunca quiere jugar, por qué demuestra tanta hostilidad… A lo sumo nos atrevemos a “confesar” el delito ajeno a un cura, sabiendo que este no dirá nada a las autoridades competentes, amparado en el sacramento de la confesión.

No cuesta nada juzgar a las mujeres, a las madres, pero en ese momento, el de saber la verdad del abuso, ellas tienen que actuar y entonces se les viene el mundo encima, porque no saben con quién contar. Seguramente estas mujeres se preguntan si el cura o el pastor de la iglesia les dará apoyo espiritual o las condenará a la culpa. Se preguntan si otros miembros de la familia responsabilizarán a la madre por el abuso cometido contra la hija o el hijo pequeño. La mayoría ni siquiera sabe dónde están o como llegar a las instituciones del Estado responsables de la protección de la niñez; tampoco saben qué pasará con las niñas o niños en el momento de hacer pública la denuncia.

En el caso de Rosita muchos de estos miedos con seguridad atravesaron a María, su madre. El agresor sabía que las tenía atrapadas a ambas. En su perversidad y arrogancia de macho, incluso se mantuvo en contacto con algunas compañeras que se han preocupado por la vida y bienestar de Rosita y su madre. Incluso, cuando el embarazo de Rosita fue evidente y ante las insistentes preguntas de algunas compañeras, el agresor respondía con seguridad y firmeza: “ese embarazo es del novio de Rosita”.

Los agresores como Chico no están locos, no son enfermos, no son tontos, no son humildes. Son personas manipuladoras, cínicas, abusivas, egoístas, maleducadas. Están en todas partes, fingen ser personas honradas y por eso resulta tan difícil reconocer y denunciar el abuso sexual contra niños y niños.

El mejor aliado de los abusadores sexuales es el silencio, pero no sólo de las víctimas, que por cierto son las que tienen más dificultades para denunciar por sí mismas condición de víctimas; sino de los familiares, de los vecinos, de los jueces indolentes, de la burocracia estatal, de los funcionarios públicos corruptos. En el caso de Rosita tuvieron que “estallar” las dos víctimas reencontradas en un mismo drama para romper el silencio. Contaron con el apoyo de la Red de Mujeres Contra la Violencia, de activistas del movimiento de mujeres, de hombres y mujeres que no estamos dispuestas a tolerar tanta maldad enraizada y legitimada por la cultura machista.

No caben acusaciones insensibles contra las mujeres. Menos aún, amenazas ni chantajes de ningún tipo en contra de las organizaciones de mujeres, por parte de ciertos funcionarios públicos. La prioridad debe ser una sola para el Estado, las organizaciones de la sociedad civil, el movimiento de mujeres, los ciudadanos: garantizar el interés superior de niños y castigar a los agresores.

Lo único verdaderamente sospechoso en este drama, es no tener la disposición de individual y colectiva, de aprender del sufrimiento de Rosa y de María, para corregir con firmeza los abusos de poder que a diario se cometen en nuestras familias, comunidades, organizaciones. Las mujeres, los niños, no necesitamos jueces implacables, sino de la construcción de una cultura pública y privada que fomente la libertad consciente y la responsabilidad individual y colectiva que asegure el respeto de nuestra dignidad e integridad.

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