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Una industria demoníaca
Roberta Belli de Argeñal
La autora es máster en Educación

No es casualidad que haya estado recientemente en Nicaragua el personaje más importante en la lucha por la vida, el reverendo Thomas J. Euteneuer, presidente de Human Life International, la organización pro-vida más grande del mundo. Su presencia en nuestro país es un llamado claro para todos los que aún dudan sobre las crudas realidades del aborto y para aquellos que han sido atrapados en las redes de mentiras de los grupos feministas, como los que mintieron sistemáticamente con Rosita, presentando a su padrastro violador como víctima, en lugar de victimario.

El aborto terapéutico no existe. Su defensa es una cortina de humo para disfrazar la horrorosa y sangrienta práctica que consiste sencillamente en despedazar en vida a un ser indefenso. El aborto daña irreparablemente a la mujer, destroza el corazón de la sociedad y carcome la moral. El aborto no es la solución y jamás es terapéutico.

En un libro que pronto publicará el reverendo Euteneuer, se ofrece una reflexión sobre el aborto desde una perspectiva espiritual. En ella se advierte a los que no están acostumbrados al lenguaje usado en la batalla espiritual, que Jesús presenta al demonio como un “asesino desde el principio” (Juan 8:44) y cita los pasajes bíblicos que identifican a otros demonios como colaboradores de Satanás, en su intento por destruir la vida misma de los hijos de Dios. Él pide a sus lectores que hagan oración por la vida. ¿En qué sentido es el aborto demoníaco?

La dimensión espiritual de este nefasto “negocio” es su sistematización del ‘ritual sacrificio de sangre’ al dios asesino de niños, Moloch, al cual conocemos por sus severas condenaciones en el Antiguo Testamento (Lev. 18:21, 20:2-5, I Reyes 11:5.33, II Reyes 23:13 y Zefanias 1:5). Este demonio de los asesinos aparece en diversas formas y culturas a lo largo de la historia, (Fenicia, Cartaginesa, Cananea, Celta, India, Azteca, entre otras) pero aparece siempre como la bestia sedienta de sangre, que demanda el asesinato de niños como su forma de alabanza. Este demonio no se contenta con un asesinato aislado. Su apetito insaciable por la muerte de inocentes busca aceptación pública para justificar sus horrendos actos, y necesita una expresión sistemática de estos para incrementar su culto.

La industria moderna del aborto ofrece un ritual sacrificio sangriento al antiguo demonio del aborto. Es en toda forma una religión demoníaca. Tiene su dogma sagrado (“opción”), su jerarquía gobernante (paternidad planificada), sus teólogos (ideólogos feministas), sus verdugos (los abortistas), sus templos (clínicas abortistas), altares (mesas quirúrgicas), víctimas rituales (primordialmente bebés y secundariamente las mujeres), monaguillos y sacristanes (personal clínico y ayudantes), congregaciones (todos los que apoyan el aborto) y su propio principio unificador de “gracia” sacramental (dinero). En pocas palabras, la industria del aborto es el sistema demoníaco perfecto y ofrece una forma perversa de rendir culto al demonio.

La víctima sacrificada en esta demoníaca religión no es un burdo animal, como los ofrecidos al Dios de Israel del Antiguo Testamento en un sistema legítimo de sacrificios religiosos. En el aborto la víctima es un ser humano inocente, hecho “a imagen y semejanza de Dios” y este no es capaz de defenderse. Esta combinación de inocencia, paternidad participativa y aniquilación ritualizada del semblante de Dios, en la forma humana, es la manera en la cual el diablo blasfemia al Padre con la desoladora participación de los mismos hijos de Dios. La destrucción sistemática del cuerpo humano, al cual San Pablo denomina “cuerpo del Espíritu Santo, es un insulto y una blasfemia hacia Dios. Si la industria del aborto no es en realidad demoníaca, nada lo es”. (fin del extracto)

El amor a nuestro país y a esos niños inocentes nos llama a decir no al aborto y sí a la defensa de los no nacidos, y a luchar por defender, apoyar y proveer bienestar a las mujeres embarazadas.

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