Gustavo Moncayo es un profesor provinciano que hizo noticia de primera página, por cuanto se movilizó a pie cerca de mil kilómetros durante cuarenta y cinco días, desde el lejano poblado colombiano de Sandoná, muy cerca de Pasto, hasta Bogotá, donde se ha instalado en una carpa, en plena Plaza Bolívar, el lugar más emblemático de la capital colombiana, para generar la atención de la opinión pública en torno a un fenómeno que estremece no sólo a la sufrida República: la virulencia armada.
El motivo para esta admirable acción fue protestar de la manera indicada por el secuestro que, hace una década, sufrió un hijo suyo, de treinta años de edad, por parte de las FARC. Bien se ha hecho en recordar que aquel vástago ha pasado una tercera parte de su vida en cautiverio, por cuanto hasta el momento se encuentra retenido ilegalmente por la narcoguerrilla. ¿Alguien de sano criterio puede solidarizarse con este tipo de infames atropellos?
Moncayo se ha convertido en un símbolo de la antiviolencia, es visitado no solamente por periodistas sino por verdaderas muchedumbres que aplauden su gesto y se solidarizan con las nobles aspiraciones que le animan. Busca libertad para su hijo y para las más de tres mil personas que se hallan plagiadas por los bandoleros en referencia.
Al secuestro en Colombia se le ha catalogado como jugosa industria del mal, por ello se identifica al vecino país como el de mayor incidencia de este delito en el planeta, rebasa incluso las fronteras, con serias repercusiones en las naciones vecinas, especialmente Ecuador y Venezuela.
El presidente Uribe se reunió con el profesor Moncayo y, luego, públicamente declaró que está dispuesto a excarcelar a todos los guerrilleros a cambio de que se deje libres a los rehenes de las FARC, para lo cual crearía una zona de encuentro destinada a llevar a cabo las pertinentes conversaciones, durante noventa días, con el aval de la comunidad internacional. En respuesta y según noticia de la agencia DPA, Raúl Reyes, portavoz del grupo mencionado, ha rechazado la propuesta, calificándola de “cortina de humo”. Ante lo acontecido, Moncayo ha lamentado la intransigencia existente y ha reiterado que seguirá viviendo en la carpa, hasta que se produzca el intercambio humanitario que solicita: “Quedamos fríos con esta respuesta de las FARC, pero voy a seguir insistiendo en el tema, de lo contrario aquí me entierran”.
Quizás valga de algo el sacrificio que viene haciendo este personaje, mientras tanto las FARC siguen asesinando a sus secuestrados y, dentro y fuera de Colombia, se sigue clamando que cese la incalificable situación creada, desde hace casi cincuenta años y que la tan distante atmósfera de concordia no sea tan sólo una vehemente y recomendable esperanza de soñadores, como la del caminante por la paz.