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La extraña amistad con Irán
Alberto L. Alemán Aguirre

Nuestro país sirve como plataforma de retórica antiimperialista en las barbas mismas del “gran Satán” de los ayatolas, pero fuera de eso no hay ningún interés estratégico de Irán aquí. Ni nosotros tenemos alguno allá, como tampoco lo tuvimos en la época sandinista de los ochenta. No hay razones comerciales, geográficas, políticas ni de seguridad que justifiquen esa amistad.

La Venezuela de Hugo Chávez no es aún un archienemigo declarado de Estados Unidos al estilo del famoso “eje del mal” de George W. Bush, sino un rival político a nivel continental, aunque en la medida en que Chávez se logre consolidar como el heredero de Fidel Castro en el rol de líder del tercermundismo y el antiimperialismo, junto a la persistencia de los altos precios del crudo, será un adversario mundial cada vez más influyente. Pero Irán es una historia diferente.

Un modelo autoritario embellecido con la música del “socialismo siglo XXI”, sus ataques a la democracia, el acoso a los opositores, la concentración de poder personal: todo esto apunta a destruir los avances democráticos en Latinoamérica. He allí la amenaza chavista para nuestras sociedades.

Un caso completamente distinto es Irán. Es un enemigo jurado de Estados Unidos que le llama “Estado delincuente”; los intereses de ambos países chocan abiertamente en Oriente Medio, una región absolutamente estratégica del mundo, poseedora de las mayores reservas energéticas.

Irán es una potencia regional que aspira a un rol cada vez mayor en la zona. Tras superar los terribles efectos de una guerra de ocho años con Saddam Hussein, Teherán ha ido progresivamente aumentando su poder.

Hay heridas históricas: el apoyo de EE.UU. al régimen represor del shah, la toma de la Embajada estadounidense en Teherán, la ayuda militar de Occidente a Hussein en la guerra de 1980-1988, la activa promoción del terrorismo de grupos como Hezbolá y Hamas, la hostilidad total iraní hacia Israel, y otras.

Los altos ingresos petroleros de los últimos años, la salida del poder del dictador iraquí y la instalación de un gobierno dominado por los chiítas (Irán es del Islam chiíta) han fortalecido la posición del régimen teocrático iraní. Porque, paradójicamente, la guerra en Irak no sólo ha sido militar y políticamente un desastre para la administración republicana, sino que también debilitó geopolíticamente a EE.UU. y fortaleció a Irán, vecino de Irak y Afganistán, países donde las tropas norteamericanas combaten. Se le acusa de apertrechar a las milicias chiítas iraquíes y a los talibanes.

La comisión Baker, un grupo bipartidista, entregó un estudio y recomendaciones sobre Irak que abogan por un diálogo con Irán como un factor de poder insoslayable y necesario en una salida en el país árabe. Aunque Bush desechó la mayoría de las sugerencias, se emprendió una negociación secreta con los iraníes que se concentra únicamente en Irak en apariencia.

Otro tema clave es el del programa nuclear iraní. Estudios técnicos proyectan para las décadas venideras un decrecimiento de la reservas de crudo y para enfrentar sus necesidades energéticas, Teherán quiere recurrir a la energía nuclear. Es un derecho incuestionable y la comunidad internacional, a través de la AIEA, le ha ofrecido ayuda para un uso pacífico.

Sin embargo, Estados Unidos y Europa, así como Israel, consideran inaceptable que Teherán se dote de armas nucleares. El asunto afecta la seguridad de toda la región, donde los vecinos árabes e Israel ven con recelo la creciente influencia iraní. Posee ya fuerzas armadas grandes y modernas y un programa de misiles cuyos últimos productos pueden alcanzar territorio israelí y pronto podrían alcanzar el de Europa. Esos cohetes tienen la capacidad de transportar ojivas nucleares.

El Consejo de Seguridad de la ONU impuso ya dos paquetes de sanciones contra Irán por rehusarse a detener el programa de enriquecimiento de uranio.

Por ahora, Washington está recurriendo a la diplomacia multilateral, pero la opción militar —bombardeo de las instalaciones nucleares— no está descartada, aunque es muy compleja, de acuerdo a expertos en seguridad: no hay certeza de golpear los puntos neurálgicos, no hay una manera fidedigna de evaluar los daños, las tensiones empeorarían en Medio Oriente entero y una represalia está garantizada; los misiles iraníes pueden alcanzar bases y barcos estadounidenses y a Israel.

Se ha anunciado paquetes de US$20 mil millones en armas para fortalecer a los aliados árabes de Washington, en particular a Arabia Saudita. Sólo a Israel le corresponderán unos US$30 mil millones. Todo esto trae nuevos vientos de confrontación.

La última gota de limón es la supuesta intención de Washington de declarar a la poderosa Guardia Revolucionaria Islámica como grupo terrorista, lo que sumaría más presión a las sanciones de la ONU por la cuestión nuclear. Sería la primera vez que en aquella lista se hallasen las Fuerzas Armadas de un Estado.

“Un momento”, dirán ustedes, ¿y qué pito toca Nicaragua en todo eso? ¡Ah, precisamente! Pues ninguno.

Nuestro país sirve como plataforma de retórica antiimperialista en las barbas mismas del “gran Satán” de los ayatolas, pero fuera de eso no hay ningún interés estratégico de Irán aquí. Ni nosotros tenemos alguno allá, como tampoco lo tuvimos en la época sandinista de los ochenta. No hay razones comerciales, geográficas, políticas ni de seguridad que justifiquen esa amistad. No hubo gran ayuda entonces y las promesas de hoy están lejos de cumplirse. Lo que es muy preocupante: podríamos dañar nuestras relaciones con EE.UU.

Creo que esa renovada amistad de Daniel Ortega con Irán es de doble origen: una, la principal, es que es un pago de Ortega por la ayuda de Chávez para su proyecto personal; y en segundo lugar, tiene raíces en una visión desfasada propia del tercermundismo del mundo bipolar de los años ochenta.

Desafortunadamente, los intereses vitales de nuestro país están sujetos al juego de poderes lejanos que nos utilizan y podrían dañar relaciones que sí necesitamos. Todo por la sumisión a un “hipercaudillo” megalómano que derrocha la riqueza de la nación venezolana.

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