“Teníamos que darle una salida elegante a Nicaragua y a todos”
Alberto L. Alemán AguirrePRIMERA ENTREGA
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EE.UU. presionaba a Centroamérica para no firmar un acuerdo de paz que diera legitimidad al sandinismo. La idea era darle tiempo a la guerra. Contadora y Esquipulas fueron un escollo. Y aunque se avecinaba el fin de la Guerra Fría, eso no quita mérito a la valentía de los presidentes, afirma uno de los protagonistas: el ex canciller de José Napoléon Duarte

Ricardo Acevedo es hoy el presidente de la Corte Centroamericana de Justicia. Es magistrado por El Salvador.

Fue el canciller del presidente José Napoleón Duarte (1984-1989) y, por lo tanto, un agente activo de los Acuerdos de Paz de Esquipulas II, cuyo vigésimo aniversario se celebró recientemente.

El Salvador era un eslabón importante para Estados Unidos en la región. Había un conflicto con una guerrilla marxista que quería derrocar al régimen y que quería poner uno como el de Nicaragua; era apoyada por Nicaragua, Cuba y en última instancia por la Unión Soviética. ¿De dónde vino la primera idea de esta reunión entre los presidentes de Centroamérica?

El Grupo de Contadora (formado por México, Venezuela, Colombia y Panamá, medió para un arreglo pacífico de los conflictos bélicos en el istmo) terminó su gestión, que comenzó en 1983, debido a que los norteamericanos pensaron que la estrategia del Grupo de Contadora era fundamentalmente legitimar al Gobierno de Nicaragua sin mayor costo y que Contadora quizás no era el mejor propiciador de una paz equitativa para una paz de la región. Eso lo creyeron los americanos, asumamos (que ) de buena fe.

Como estaban en esa idea de que el Grupo de Contadora favorecía más a Nicaragua, entonces lo criticaron y le quitaron la alfombra, de tal manera que el Acta de Contadora no la firmamos (en 1986). En el caso de El Salvador quedó así, nunca hubo una definición clara de mi Gobierno, el de Duarte, sobre si firmar o no. Asumo yo que los norteamericanos se movieron a nivel de presidentes para que el Acta de Contadora no fuera suscrita. Por lo tanto, en Panamá se presentó el acta final, se circuló, se le dejó a los gobiernos la opción de firmarla, y los gobiernos nunca contestaron.

Ayer (el día martes 21, en la Unica) escuchaba yo a mi colega Miguel D’Escoto (ex canciller sandinista en los ochenta) que Nicaragua había contestado que sí firmaba. El Salvador nunca. Tampoco Honduras ni Costa Rica, y asumo que tampoco Guatemala.

Ante ese silencio interpretado negativamente, el Grupo de Contadora dijo: “Hasta aquí llegamos, aquí está el Acta, lo toman o lo dejan y si lo dejan, aquí nosotros terminamos”.

¿Pero qué pasó? Si bien es cierto que los Estados tuvieron la culpa por las razones que fuesen de no suscribir el Acta de Contadora, después nos dimos cuenta de que había sido un error.

¿Cree usted que hubo una compresión de todos al mismo tiempo?

En El Salvador, por lo que yo puedo dar fe, el Acta quedó allí. El presidente Duarte dijo que esa acta no, que no había ambiente en Centroamérica para suscribirla, que tenía algunas irregularidades, que no tenía el apoyo internacional; por allí andaban los argumentos. Y que por lo tanto allí quedaba. Imagino yo en el fondo que hubo una presión norteamericana.

Entonces ante ese vacío que produjo Contadora, los centroamericanos sí nos preocupamos.

Es muy cierto que por presiones internacionales superiores el Acta no se firmó. No sé quién no estaba interesado, porque podían haber sido los norteamericanos pero también podía haber sido el bloque soviético. Ya sea que porque unos creían que el Acta favorecía a otros, y otros porque favorecía a unos. Por esa razón no se llegó a un consenso. Pero Miguel (D’Escoto) contaba que Nicaragua siempre estuvo lista para firmar; puede ser, pero no lo recuerdo.

El Gobierno de Ronald Reagan no quería legitimar a Nicaragua. ¿Qué tipo de presiones hacían sobre ustedes?

Las presiones norteamericanas o las gestiones de inmediato comenzaron, apenas tres días después de haber sido elegido Napoleón Duarte (como Presidente en 1984).

Uno de los (enviados especiales) específicos para la paz, ya estaba presente en El Salvador, el señor Philip Habib. Y el señor Habib, muy diplomáticamente, manifestaba que había que tener cuidado cómo se manejan esos asuntos (las negociaciones para la paz). Le conté una anécdota que no le gustó mucho por cierto.

¿Cuál ?

Mi abuelo, el general Peralta Lagos, era ministro de la Guerra cuando mataron al Presidente de El Salvador, Manuel Enrique Araujo (1911-1913), y mi abuelo era cuñado de don Manuel Enrique; era el hombre fuerte, era el ministro de Defensa.

Como había una trabazón familiar y mi abuelo era un hombre de confianza de los norteamericanos, entonces el cónsul norteamericano le llegó a ofrecer la Presidencia. “Hágase usted cargo, don Chema, del Gobierno, tiene el apoyo de EE.UU.”, le dijo. Mi abuelo le contestó que no podía porque había un Vicepresidente constitucional y no podía aceptar ser Presidente.

Se lo conté en la cena a Habib. Habib se molestó.

Claro, era de esperarse.

Nosotros (los salvadoreños) nunca hemos tenido ese tipo de injerencias en los países de la región. Yo sólo le conté una anécdota que mi abuela contaba. ¡Ja, ja, ja!

¡Ja, ja!

Vino al caso, ¿verdad?

Ese tipo de visitas las recibíamos a menudo.

¿Cuál era la idea? La idea de los norteamericanos era precisamente lo que usted menciona (no permitir la legitimización del Gobierno sandinista), prolongar lo más que se pudiera la firma de cualquier acuerdo de paz para darle tiempo a la guerra, a la “guerra de baja intensidad” para ver cómo botaban al Gobierno de Daniel Ortega. Y ver cómo el Gobierno de El Salvador triunfaba sobre la guerrilla.

Eso se llamó la “guerra de baja intensidad”. Y la izquierda la llamaba “la guerra popular prolongada”, pero en el fondo las dos cosas coincidían: era ganar tiempo con una guerra sorda que fuera minando poco a poco las raíces de cada una de las dos fuerzas para ver quién caía primero.

Entonces esa fue la primera estrategia: prolongar la firma de los acuerdos de paz.

Cuando Contadora estuvo lista, ellos creyeron que no era el tiempo; además de que no estaban de acuerdo y tenían miedo de que el Grupo de Contadora favoreciera a Nicaragua, que en el fondo estuviésemos cayendo los otros países en la trampa; entonces esto cortaba de un tajo “la guerra de baja intensidad” y eso no le convenía a los norteamericanos. Por eso boicotearon.

¿Entonces quién la boicoteó al final? Por eso le digo que hay que tener cuidado, porque por un lado los norteamericanos, pero por el otro lado no sabemos tampoco si Cuba o Rusia, a través de Cuba, decían: “Que no se firme todavía nada, sigan la guerra popular prolongada”. ¿Quién fue al final el culpable de que no se firmara el Acta de Contadora, porque alguien dijo que era prematura? No sabemos.

¿Y quién lo dijo?

¿Y quién va a ser? No lo sabemos.

¿No está siendo usted demasiado diplomático, doctor?

No, fíjese que no, hasta allí llego yo. Lo que yo le puedo decir que por mi Gobierno el Acta no se firmó. Nunca tuve una razón, simplemente no era una cosa que fuera efectiva.

La idea del Gobierno salvadoreño es que el Acta de Contadora todavía no estaba lista o que había que darle más tiempo. Colija usted de mis argumentos anteriores qué es lo que estaba pasando; allí había presiones de un lado y presiones del otro.

¿Qué dice Miguel D’Escoto?: “Nosotros firmábamos eso inmediatamente”. No sabemos si es cierto o es falso.

De parte de El Salvador se creyó que todavía no era su momento y había que esperar a que Guatemala diera su anuencia. Guatemala no estaba decidida; había que esperar a Costa Rica, a Honduras; ninguno de los países estaba listo para firmar. Ese fue el argumento objetivo (nuestro).

¿En algún momento se temió la posibilidad real de una victoria militar del FMLN en El Salvador?

Sí.

¿En qué momentos de la guerra?

Mire, la guerra siempre estuvo en un momento crítico, nuca se estabilizó para ninguno de los dos lados. Siempre la balanza estaba en el medio...

Constantemente en cambio.

Pero nunca lo suficiente como para declarar ganador a un bando. O sea que la técnica de la “guerra popular prolongada” y la de “low profile war” (guerra de baja intensidad) funcionó para los dos bandos.

Mientras tanto los norteamericanos propiciaban la democracia con garrote, zanahoria y garrote. Mientras que la guerra se prolongaba, los norteamericanos nos ayudan para fortalecer la democracia, las instituciones, humanizar al Ejército para ganar espacio internacional. Hay una guerra, sí, pero El Salvador camina hacia la democracia. La estrategia norteamericana (era esa), y vender a El Salvador como un pueblo que está luchando por su democracia con cinco o seis elecciones seguidas, con una participación de todos los sectores, libertad de prensa; con todo lo que los norteamericanos se ufanan en decir que constituye una democracia.

Pero mientras tanto mostraban a Duarte como un Gobierno que estaba siendo injustamente amenazado por una guerrilla porque caminaba por la democracia. Igual Guatemala.

¿Honduras?

Honduras ... también.

Los militares tenían una preponderancia mayor allí que en El Salvador.

Sí, pero siempre vendieron los norteamericanos eso también. Ellos tenían sus bases en Honduras y lo que estaba en juego era básicamente Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Eran los “showcases”, las ventanas.

Nicaragua estaba amenazando a El Salvador y a Guatemala con su apoyo (a la guerrilla) y que no prosperaba en la democracia. Por lo tanto todas las guerras contra Nicaragua se justificaban porque Nicaragua era una dictadura.

¿No temió alguna vez Duarte que la extrema derecha, Roberto D’Abuisson (el jefe de los escuadrones de la muerte y líder del partido Arena) lo mandara a matar, sobre todo cuando se decide a negociar lo de Esquipulas?

Claro. La derecha en El Salvador nunca creyó (en Contadora) porque no tenía confianza en México, no tenía confianza en Venezuela, ni siquiera en Panamá. El único que les daba buena impresión era Colombia. Entonces la derecha salvadoreña siempre tuvo el recelo y la inquietud de que se estuviera trabajando en consolidar la revolución sandinista y que todo este bla, bla de Contadora no era más que un juego de palabras y que en el fondo se trataba de hacer caer en la trampa a El Salvador.

Entonces, cuando salió Contadora de la pantalla, la derecha —que siempre estuvo jugando con la idea del golpe, nunca dejó de acariciarla—, vio un respiro, porque al menos los centroamericanos, si negociaban ellos solos para la paz, tendrían una mayor influencia norteamericana, lo cual era correcto. El grupo de Contadora no se podía dejar de manipular, al menos México, el PRI.

Siempre habían tenido una política muy independiente de EE.UU.

Claro, claro. México era el que lideraba el Grupo de Contadora. Y Venezuela. Pero cuando ya la derecha nos vio solos, sin la coraza de esos gigantes (pensó) entonces (que) los norteamericanos van a poder maniobrar mejor.

Entonces se funda el grupo de Esquipulas, siempre amenazado por las derechas, no tiene mayores obstáculos. Caminamos bien; al final nos apoyaron, la derecha apoyó al final, porque verdaderamente la presión europea era muy grande; los mismos norteamericanos que ya sabían que la Guerra Fría ya estaba terminando —ya estaba (Mijail) Gorbachov (secretario general del Partido Comunista de la URSS, asumió en 1985)—, ya había conversaciones de Rusia con EE.UU., los norteamericanos bajaron la guardia un poco porque pensaron que la Guerra Fría no tenía posibilidades en Centroamérica.

Se estima que uno de los factores que obligó a negociar a los sandinistas con la Contra, fue la reducción de la ayuda soviética decidida ya con Gorbachov.

Pero fíjese bien, yo quiero que en ningún momento se menosprecie la voluntad de los presidentes de Esquipulas II.

Sí eso es así como usted dice, entonces para los norteamericanos era más fácil derrocar a los sandinistas.

Hay razón de que aún cuando los norteamericanos sabían que la URSS se derrumbaba, había razón para que ellos se opusieran a Esquipulas II. ¿Por qué? Porque para ellos habría una solución más fácil, el derrocamiento por asfixia militar.

Así como quebró la Unión Soviética, quebraba también el Gobierno sandinista. Casi por inanición y sin ningún pacto de paz político que levantaba a Daniel, quien muy bien se agarró de ahí, hizo muy inteligentemente.

¿Por qué, piensa usted, hasta el último minuto trataron de boicotear Esquipulas II? Porque, aunque la URSS estaba quebrada, acá se acariciaba la idea de un derrumbamiento militar, o simplemente por inanición, del sandinismo.

Pero entonces los centroamericanos no permitimos eso. Porque teníamos que darle una salida elegante al Gobierno de Nicaragua y una salida elegante a todos los gobiernos de la región. Ese es el valor de Esquipulas.

Porque muchos dicen: “¡Ya Esquipulas se firmó ya cuando no era necesario! Porque la Unión Soviética ya había quebrado y qué guerra iba a haber ya. Ustedes hablan de una victoria pírrica que significa Esquipulas II, no es de fondo, es simplemente cosmética, porque las condiciones ya estaban dadas y Esquipulas únicamente vino a ser una cosa formal y la guerra tenía que terminar por la fuerza de las circunstancias”.

No es así. Creo que todavía los presidentes en ese momento dieron muestras de una gran valentía, de una gran voluntad.

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