El viernes, 17 de agosto, los principales diarios nicaragüenses nos informaron que el huracán Dean se fortalecía en aguas del Caribe. Sus vientos ya habían alcanzado la categoría 4 y existía la probabilidad de convertirse en un ciclón categoría 5 con vientos catastróficos. Lo que los medios de comunicación no nos dijeron —porque lo ignoraban— es que ese mismo día el gobierno del presidente Daniel Ortega desató su propio huracán con consecuencias potencialmente catastróficas para Nicaragua al “intervenir” las instalaciones de Esso en Corinto.
Aunque esta acción fue desconocida por la mayoría de la clase gobernante nicaragüense —incluyendo, especulo, importantes miembros de las estructuras del propio sandinismo— es obvio que este embargo, que podría ser el primer paso hacia una eventual nacionalización de los activos de la Esso, se comenzó a fraguar hace rato en la rosca que domina al Gobierno. Tiene que haber sido así porque ningún juez local o funcionario de la DGA se atrevería a declararle la guerra a la corporación transnacional más grande del mundo (EXXON-Mobil) y provocar a los Estados Unidos, en donde tiene su sede. Tampoco osarían exponer Nicaragua a consecuencias potencialmente catastróficas para nuestro desarrollo socioeconómico.
La pregunta relevante ahora es ¿qué efectos tendrá para Nicaragua la intervención de las instalaciones de la Esso por parte del Gobierno?
En primer lugar, de no revertirse el embargo, el gobierno de Daniel Ortega le estará enviando una señal contundente a inversionistas extranjeros: Nicaragua no cuenta con un ambiente propicio para inversionistas. Sencillamente no tiene interés en ofrecerles ninguna garantía y no les da la bienvenida. ¡Qué contraste con la situación en otros países como Costa Rica, Panamá, Chile y Brasil —¡sólo para citar algunos ejemplos latinoamericanos!— . Estos compiten entre sí para atraer inversiones extranjeras conscientes de que estas contribuyen al crecimiento acelerado que sus pueblos necesitan para prosperar y reducir la pobreza.
Nicaragua está en otra onda, insiste en nadar contra la corriente. Su gobierno sigue empantanado en el pensamiento trasnochado de la época de los “no alineados” y sigue creyendo en las teorías económicas socialistas que estaban de modo en los bistros del “quartier latin” de París a mediados del siglo XX y que son la mejor fórmula para asegurarnos décadas más de pobreza y de agudo subdesarrollo.
En segundo lugar, se pone en evidencia que no está trabajando sincronizadamente la secretaría del FSLN con su propio equipo económico. Esto no pasará por desapercibido en los corredores de las instituciones Bretton Woods (el Banco Mundial y el Fondo Monetario). E independientemente de las negociaciones que se concluyeron exitosamente con el Fondo Monetario recientemente, la “intervención” de la Esso pone una enorme piedra en el camino a la aprobación del programa con el FMI que estaba previsto para finales de septiembre, comienzos de octubre. Esto tendría, repito, consecuencias catastróficas para Nicaragua, desde los años ochenta uno de los países más dependientes de la ayuda internacional del planeta.
En tercer lugar, en el mundo globalizado en que vivimos, corremos el riesgo de que otros donantes cerrarán filas con los Estados Unidos y reducirán su apoyo a Nicaragua. Algunos de los representantes de los donantes en Managua seguramente negarán esto, pero eso sólo será para consumo interno. En la práctica, la “solidaridad” entre ellos es una realidad y podrá traer, repito de nuevo, consecuencias catastróficas para nosotros.
En cuarto lugar, en la medida que las operaciones de la Esso en Nicaragua son interrumpidas, se dará una escasez de los derivados del petróleo en el país. Esto será más que una inconveniencia para todos. Será catastrófico.
Y, quinto, al “hincar la yegua” con esta acción, el comandante Ortega le dará la razón a aquellos en Washington que lo ven como un adversario de los Estados Unidos que realmente no está interesado en un acomodo, un “modus vivendi”, con nuestro principal socio comercial y fuente de remesas. Pero más serio aún, exasperará a sus amigos en la capital norteamericana que abrigaban la esperanza que esta nueva administración orteguista había aprendido las lecciones del pasado y que sería más pragmática, más sensata. De nuevo, Nicaragua perderá al buscar un pleito innecesariamente con la única súper potencia del mundo.
Todavía se puede borrar una parte del daño hecho. En el mejor de los casos, el Gobierno puede rectificar lo hecho y revertir la intervención. Pero si insiste en seguir en esta aventura, debe llegar a un arreglo con Esso negociando con la transnacional una compensación completa, equitativa y rápidamente, conforme a las exigencias del derecho internacional, al menos a como me lo enseñó hace años el profesor Abe Chayes, de Harvard. Este es el mismo doctor Chayes que fue el arquitecto de la demanda exitosa que Nicaragua interpuso en La Haya contra los Estados Unidos por haber minado el puerto de Corinto en la década de los ochenta. Pero el tiempo apremia. Para rescatar esta situación, para evitar consecuencias catastróficas para Nicaragua, el Gobierno tiene que actuar con cordura y muy, pero muy, rápidamente.