¿Cómo hacer para que mientras el ritmo de la política y sus manejos alcanza el estrado de la decencia y el respeto, podamos los nicaragüenses cuidar y proteger el pedazo de tierra y las abundancias que nos deparó la naturaleza en su inmensa e inconmensurable bondad? Me hago esta pregunta, ante la necesidad de generar preocupación e impulsar una reflexión y esfuerzos que incidan en la cultura nacional, para propiciar un cambio que ponga fin al daño que le estamos ocasionando a nuestro bello país, al mal utilizar y destruir los recursos naturales.
En Nicaragua se habla mucho de democracia, poder político. Es un tema que fascina hasta al más escéptico. Qué mejor escenario para enseñar, construir y practicar la democracia que en el tema ambiental, más aún frente a un tema que atañe al planeta completo, como el calentamiento global y sus efectos a nivel local. Es necesario emprender una confabulación entre democracia y ecología.
La democracia demanda relaciones horizontales, documentadas y comprometidas. Sólo así se puede incidir en una cultura cuyos hábitos sean sanos y provechosos para todos. Es necesario, pues, empezar por lo micro, con una práctica limpia y sostenible, en la manipulación, embalaje y procesamiento de los productos que consumimos.
Nicaragua dispone de abundancia de agua. Los nicaragüenses disponemos de tal cantidad de agua que podríamos disponer del recurso “a lo nica”, si respetáramos el recurso mismo y nos obligáramos a preservarlo, cuidarlo y hacer un manejo sostenible que garantice la disponibilidad para nosotros y las futuras generaciones de nicaragüenses.
Pero al contrario, nos enfrentamos a una orfandad institucional, que opera colocando funcionarios sin visión y misión, pero sobre todo sin habilidades que permitan educar a los nicaragüenses en una práctica cotidiana, formadora de hábitos y a su vez transformadora de esas conductas erróneas que nos están haciendo daño, perjudicando severamente, creando silenciosamente condiciones de presión social, angustia, desesperación, descontrol y violencia.
El escenario de riesgo es grande y tormentoso; estoy convencido que tenemos condiciones objetivas y subjetivas para darnos la mano, mirarnos a los ojos y sensatamente cooperar y brindarnos la oportunidad de construir una cultura respetuosa, conocedora de los males que le estamos haciendo a nuestra madre naturaleza en nuestra pequeña Nicaragua.
Es necesario empezar un proceso de concienciación individual, que cada uno en su interior exprese bajo la luz de Dios para aquellos con fe en él; o para los que predican y practican el judaísmo, islamismo y cristianos evangélicos, que emprendan con premura un verdadero diálogo horizontal y democrático que nos convoque en cualquier sitio y evento en que nos encontremos a autoeducarnos con la convicción de que sólo así podremos limpiar nuestra casa de hábitos incorrectos y perezosos.
Un ejemplo de estos malos hábitos es la zona de Tipitapa, el empalme de San Benito y Maderas, para mí la más sucia de Nicaragua. Durante el trayecto sobre la Carretera Panamericana nos encontramos con botaderos de basura que van creciendo todos los días a la vista y paciencia de las autoridades locales, funcionarios, diputados y ministros que transitan sobre esa vía, y nadie hace nada.
O seguimos convirtiendo nuestros desechos lenta e imperceptiblemente en una fuente de contaminación progresiva e intensiva que mata inevitablemente los ríos, riachuelos, quebradas, ojos de agua, lagos, montañas y bosques; y con ellos nuestra biodiversidad de flora y fauna, o los aprovechamos como materia prima para negocios de reciclaje, que le den soporte y dinamismo a la construcción y sostenibilidad de un modelo ciudadano respetuoso, ecológico y democrático.
Integrar a nuestras creencias y manifestaciones culturales, a nuestras instituciones, una filosofía ecológica que cuente con una pedagogía de la paz educadora y forjadora de verdaderos ciudadanos, que en su accionar obtenga resultados que den respiro y aliento a nuestra moribunda Madre Tierra: Gaia, como la nombraron los griegos; será entonces que todos unidos nos reuniremos bajo la orientación de los sabios de la Tierra a enseñar una práctica cimentada en una filosofía ecológica democratizadora.
Entonces tendrá sentido reclamar a todos aquellos que por acción u omisión, sean individuos, instituciones municipales, delegaciones gubernamentales, atenten contra nuestro entorno.
Los partidos políticos regentes del poder político están obligados a brindar todo el apoyo desde su condición de ciudadanos ostentadores del poder sin cobijarse bajo ningún pretexto, contexto o argucia legal cuando fallen.
Importante será la construcción de un lenguaje que profundice el diálogo en un contexto de paz, dinámica e interdependiente sin parapetarnos en privilegios y posiciones rígidas insolutas; y en su defecto más bien abonemos con una ética a la convivencia respetuosa con nuestro planeta Tierra desde la ranchita más humilde hasta la mansión donde habitemos.