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De la iglesia de San Clemente, en Pisco, solo quedó en pie el atrio de concreto y parte de la fachada con sus dos torres. (LA PRENSA/AP)
Sobrevivientes narran el horror vivido en derrumbe de iglesia
Frank Bajak
AP

PISCO, Perú.- La iglesia colonial de adobe estaba llena de feligreses que venían a rendir homenaje a un hombre querido, muerto a los 67 años de un ataque cardíaco a mediados de julio, administrador de una flota de buses en este puerto del sur peruana.

Tres generaciones de la familia de Alejandro Espino ocupaban las dos primeras filas de reclinatorios de madera para la misa. Atrás estaban unos 300 parientes y amigos.

"Todos los asientos estaban ocupados", dijo Vilma, una de los siete hijos de Espino. "Mi padre era muy querido, muy respetado".

La misa comenzó al atardecer del miércoles y estaba a punto de terminar cuando se estremeció la tierra.

"El terremoto fue muy intenso desde el primer momento", dijo el párroco Alfonso Barrade, quien estaba en la residencia de los curas al otro lado de un patio. Era un movimiento de sube y baja, sube y baja. La tierra saltaba. Después cambió de dirección", para oscilar lateralmente.

“NO CORRIMOS, NOS ABRAZAMOS”

Entre gritos y ruegos, la gente corría hacia las salidas o trataba de alcanzar y aferrarse a las columnas de las naves que flanqueaban los reclinatorios. Decenas pudieron salir. Después se apagaron las luces.

"No corrimos. Nos abrazamos", dijo Vilma, una maestra de primaria de 38 años, madre de dos hijos. "Nos abrazamos mientras todo caía a nuestro alrededor".

Primero el techo. Después las paredes laterales, de cuatro pisos de altura. Todo hacia adentro.

"En el momento mismo, pensé que ya terminábamos", dijo el sacerdote que oficiaba la misma, José Emilio Torres, con lágrimas en la cara, tendido en un hospital de Lima donde se recuperaba de una fractura de codo.

Algunos murieron al instante. Otros quedaron medio enterrados, con cabezas y troncos asomando de pilas de escombros de adobe, trozos de cielorraso y vigas de madera.

POLVO LOS ASFIXIABA

Los Espino sobrevivieron: los cinco nietos de Alejandro. Sus yernos, uno de los cuales salió a la calle cargando un nieto que lloraba, segundos antes de que un terremoto de magnitud 8 arrasara con el 85% de esta ciudad de 90.000 habitantes.

Torres, incrédulo, se ahogaba en el polvo junto con los monaguillos, el cantor, el sacristán y el único músico, un guitarrista. El atrio sobre sus cabezas estaba intacto. Sus cuatro columnas de hormigón armado se habían mantenido en pie mientras otros pilares se desintegraban.

"Cuando volteo la cara hacia la izquierda me doy cuenta que no había techo porque vi las estrellas", dijo Torres, que junto con los monaguillos se había abrazado a las columnas.

También quedó en pie la fachada de San Clemente, a un costado de la plaza central en esta ciudad de pescadores de anchoas cuyo nombre es el del brandy de uva blanco que es la bebida alcohólica más popular de Perú.

CUERPOS FUERON DESPOJADOS

Los Espino se pusieron a remover escombros y salvar a quienes pudieran, dijo Vilma. Su esposo sacó a unas 40 personas.

Cuando llegaron los rescatistas, muchos de los cuerpos, a medida que eran retirados, eran despojados de billeteras, teléfonos celulares y joyas.

Algunas personas atrapadas lograban comunicarse de abajo de los escombros por medio de teléfonos celulares. Algunos se salvaron. Otros murieron de heridas internas y asfixia. No se sabe cuántas son: las autoridades dijeron el domingo que 135 cuerpos fueron retirados de San Clemente.

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