Hoy 19 de agosto celebramos la festividad de San Juan Eudes. En la fiesta de su canonización, el Papa Pío XI en 1925, le dio el título de “Padre, Doctor y Apóstol del culto litúrgico a los Sagrados Corazones de Jesús y de María”.
San Juan Eudes nació en Francia el 14 de noviembre de 1601 y murió el 19 de agosto de 1680. El siglo XVII fue un período de gran espiritualidad en la vida de la Iglesia católica, especialmente en España y Francia.
San Juan Eudes hizo parte de esa inmensa ola de renovación cristiana. Centró su espiritualidad en la devoción al Corazón de Jesús y de María. Es el gran profeta del Corazón, que simboliza el amor consciente, sincero, dispuesto y valiente. Quiso que todos los cristianos renovaran su fe y permitieran que “Jesús viva y reine en sus corazones”.
Incansable misionero y prolífico escritor, fundó la Congregación de Jesús y de María para renovar la vida del clero y formar sacerdotes según el corazón de Dios. Amó entrañablemente a la Virgen María.
También instituyó la comunidad de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio, comunidad femenina que se dedicó al servicio de mujeres en situación de riesgo. Más tarde de esta comunidad nacieron las Hermanas del Buen Pastor.
La teología de Juan Eudes se centra en el misterio de la Encarnación, principio donde brota la misericordia de Dios, la divinidad de Jesucristo, el significado de nuestro bautismo y la entrega de la vida para los demás. Ejemplo de su gran amor a los necesitados no solamente de la Palabra de Dios sino de la acción solidaria, trabajó con inmensa ternura con los enfermos de peste en su época, viviendo durante ese tiempo en un tonel (barril), para no contagiar a los otros, por el gran peligro corporal al que se exponía.
De contextura física frágil, fue de carácter recio, voluntad inquebrantable, espíritu emprendedor y de una capacidad de trabajo sin igual. Su voz era potente y su elocuencia cautivaba a las multitudes, como resultado de su gran intimidad con Dios.
Para San Juan Eudes todo aquel que busca y cumpla la voluntad de Dios se hace “su Hijo”, gracias al bautismo y todo aquel que de manera voluntaria y premeditada busque ir en contra de ella, se convierte en “hijo del diablo”.
Muchos tememos por el mañana, por el qué dirán, o tememos a aquellos que por su poder temporal parecieran temibles y de hecho pueden ser tenebrosos, apoderándose de conciencias y lanzándolas, si nos hacemos cómplices, a la mayor desdicha de un ser humano, como es el ser esclavo de la perversidad. “Nada debemos temer, sino temer demasiado”, repetía con frecuencia San Juan Eudes.
¿Dónde están los faraones o los emperadores de la antigüedad, o modernos dictadores que infligieron dolor y lágrimas a millones? ¿Cómo se recuerdan, sino como seres que no vivieron humanidad, sino por la ambición desmedida de poder se convirtieron en opresores? En el mejor de los casos, son un montón de huesos secos.
El alma es inmortal. Su destino definitivo es el cielo, si hemos amado de verdad. De lo contrario, es la eterna soledad, el infierno. Cuando se pierde el miedo a luchar contra el mal, el mal no puede contra uno. Jesucristo ya lo venció en la cruz redentora.