Managua
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19.08.07
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Noticias >> Nuestra Gente
“La pintura nuestra es sencilla, sincera, cada pincelada nace del corazón”, dice doña Rosa María Sequeira. (LA PRENSA/C. Cortés)
La pasión artística de Rosa María Sequeira
Cosas veredes Sancho amigo
Cuando el sol aparece por el oriente, las islas son de un sutil verde naranja. Avanza el día y todo cambia hacia un apasionado verde esmeralda. A medida que Apolo se aleja, el paisaje es de jade que deslíe a un plomizo azul que abre paso a la noche
Mario Fulvio Espinosa
domingo@laprensa.com.ni
Familia de artistas

Siendo doña Rosa María una consumada primitivista, buscó para luchar en la vida a un compañero con habilidades afines a las de ella, se casó pues con don Silvio Espinosa, artista de la escultura.

Siempre han estado juntos y de los seis hijos que tuvieron sólo dos mujeres han quedado en la casa. “Los otros han buscado la vida en otra parte”.

De cualquier manera, la veta artística no se cortará, pues a una de las hijas le gusta la pintura y las artesanías y está estudiando Administración Turística y Hotelera, otra hija estudia Sistemas. “Mis otros hijos ya son mayores e independientes”.

Las bellezas del Archipiélago de Solentiname quedan prisioneras en las cámaras de los turistas. Para estas personas, fotografiar ya es un acto de reflejos condicionados. Captan para tener algo que enseñar, pero no para deleitarse. Para colmo, cubren sus aburridos ojos con anteojos negros, verdes, azules o amarillos que deforman el esplendor de la luz natural.

Pero existe otra forma de ver estas islas, la de los pintores primitivistas que viven ahí. De eso platicamos con doña Rosa María Sequeira Pineda, cuyas pupilas emiten destellos de luz cuando habla de las 36 islas de exuberante belleza que se encuentran dentro de la parábola que forma en su extremo occidental el Cocibolca.

Le molesta a la pintora la actitud que adoptan algunos turistas que llegan a visitar su Paraíso. “Aquí vienen a ver, palpar y comprar… Aunque claro, hay algunos que aprecian la abundancia de colores y motivos y se recrean el alma. Pero yo insisto y digo que ellos no pueden ver las islas con los ojos de amor con que las contemplamos nosotros los primitivistas”.

Tiene mucha razón doña Rosa María, por el detallismo preciosista de sus pinturas, estos pintores de las islas de ensueño parece que pintan con un microscopio. Su mérito esencial consiste en elevar a nivel de contemplación las cosas pequeñitas que adoraba el mínimo y dulce Francisco de Asís.

En sus lienzos no plasma esas hermosas rosas de pétalos púrpuras propias de los clásicos sino las florecillas del campo, las violetas pudorosas donde se posan mariposas y mariquitas. Por castillos almenados, los ranchitos de paja y tablas de los lugareños, en lugar de escenas de carnaval, sus fiestas tradicionales a las que asisten con vistosos vestidos almidonados.

“Ese afán por trazar hasta las diminutas nervaduras de la más pequeña hoja, los estambres de una margarita de monte o el aire que impulsa el vuelo de las lapas azules y rojas, nos convierten en artistas más naturales, descriptivos, puros y sinceros”, explica doña Rosa María.

Fácil describir al vuelo este arte primitivista, sin embargo, a mi entender resulta compleja esa labor, puesto que se requiere ojo clínico para resolver los problemas pictóricos que plantea la misma naturalezas cuando se trata de pintarla lo más exacta posible.

“Nuestro paisajes no son clásicos -dice Rosa María- sino que intentan plasmar la cristalina naturaleza que ya para nosotros no encierra misterios. Por eso usamos pinceles finísimos y no nos complicamos mucho porque el mensaje de nuestro entorno es claro, bello y sencillo. Todas esas cosas, todo ese colorido, todos los acontecimientos de la aldea están en nuestra mente, no necesitamos trasladarnos a parte alguna. Pintamos desde el interior de nuestra mente y sin movernos de casa, la silueta del Mombacho, una colina florida, nuestras fiestas tradicionales con sus toros, barreras y caramancheles, el curita y la ermita, el borrachito infaltable, la navegación en botes covados y todas las escenas de nuestra vida cotidiana”.

Doña Rosa María nació en San Juan del Norte, pero sus padres, don Juan Sequeira y doña Francisca Pineda, decidieron trasladarse a Solentiname cuando nuestra entrevistada iba a cumplir cinco años. Desde aquel tiempo habita en la Isla San Fernando, una de las más grandes del archipiélago, junto con las de Mancarrón, Mancarroncito y la Venada.

En estos últimos días, doña Rosa María ha estado muy atareada, pues como secretaria general del grupo cultural de artistas de Solentiname, le ha tocado venir a Managua a exponer cuadros primitivistas y otras artesanías de los isleños en la Expoventa que se realiza todos los fines de semana en la Plaza de la República.

Cuénteme, ¿cómo es la vida allá en Solentiname?

En realidad es una vida sosegada, aunque claro, la gente tiene muchos problemas económicos pero trata de salir adelante, algunos viven de la pesca, otros son pequeños agricultores que siembran aguacates y frutales. Esos aguacates son injertos, famosos por su hermoso tamaño y buen gusto. De esa manera esos compañeros siembran, reforestan y cultivan, porque nos preocupa mucho la conservación productiva de nuestro ambiente.

¿Están habitadas las 36 islas?

Casi todas, unas pocas deshabitadas, pero todas tienen dueño y esos mantienen gente ahí como cuidándolas. La mayoría de habitantes están en Mancarrón, la isla más grande.

¿Cuál fue el origen de esa explosión artística que surgió de repente e hizo famosas las pinturas y artesanías de Solentiname?

Ocurrió a la llegada, allá por los años sesenta, del padre Ernesto Cardenal, que en ese tiempo no era famoso como escultor sino como poeta. Al observar que existían algunos talentos pictóricos en la comunidad, fundó una Escuela de Pintura Primitivista. Aquel arte floreció y muy pronto el lugar se hizo famoso y los artistas proliferaron y fueron desarrollando sus habilidades de un modo espontáneo, pero creando escuela.

¿Cómo se han organizado para promover su trabajo?

Hace 18 años fundamos nuestra organización porque pensamos que nuestro arte debe estar siempre vivo. Nosotros, los viejos pintores, vamos a envejecer y desaparecer, pero nuestros artistas jóvenes recogerán nuestra bandera y continuarán nuestra labor para engrandecer aun más a Solentiname.

¿Qué sentimientos le animan cuando está pintando un cuadro?

Es sentimiento y pasión, el cuadro y sus motivos se apoderan de mi mente, y trato de ir despacio, de ser paciente para precisar en mi interpretación esa naturaleza que tanto quiero. El éxito total ocurre cuando vendo a un buen precio uno de mis cuadros. Pero sucede algo misterioso en mis pinturas, se venden más mis cuadros chicos que los grandes. Aunque también hay que tomar en cuenta que los cuadros grandes son más caros, por eso ahora pinto varios cuadros chicos sin dejar de hacer uno o dos grandes.

Pero también necesitamos promovernos. Para eso es preciso el apoyo de los medios de comunicación, que hablen de estas ferias de Managua, que divulguen nuestros valores.

¿Qué hay de estas pequeñas obras en madera de balsa?

Es otra faceta artística de los isleños. Tiene mucha demanda por su vivo colorido y por las formas caprichosas de los animalitos ahí labrados. Es una forma de dar a conocer la fauna de nuestro lugar.

¿Piensa seguir viviendo en Solentiname?

Yo digo que sí, pero mis once hermanos viven en diferentes lugares, unos en San Juan del Sur, otros en Costa Rica y algunos en Managua. Yo sigo allá, dándole a mi gente un mensaje de unidad. Ha habido problemas, pero sobre esas cosas tenemos que estar unidos, son consejos que encontramos en la Biblia. También tenemos que ser muy humildes. Con la humildad se logras muchas cosas y Dios nos ve con buenos ojos.

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