La respuesta a “La Gran Pregunta” la traza Alfredo González Holmann en su reciente libro, el cual expone con el fundamento de la milenaria antecedencia —civilizaciones precolombinas más viejas que las sociedades greco-romanas— las razones por las cuales los países hispanos no han podido salir de la parte trasera del crecimiento contemporáneo.
El autor se sitúa reflexivo, no contaminado por la perplejidad irresoluta, en una onda doble. Primero la de la causa en un prefacio sostenido por los hechos donde van sucediéndose nuestras angustias. Los defectos de los antepasados, del terco y aún perseverante caudillismo, la tendencia de echarle la culpa a los factores externos sin reconocer nosotros la culpa de nuestros pecados, inmersos en la equivocada comodidad de sentirnos ajenos a la postración.
Propone una receta que ya han formulado otros a quienes se refiere —viejos y nuevos— pero que no han calado. Sencillas y antiguas observaciones como las de no cumplir con los “diez mandamientos” que acaso bastarían para ser inspiraciones del ordenamiento y la armonía productiva.
Lastimosamente un pequeño artículo como este no es capaz de ocuparse vastamente sobre un libro en cuyas 282 páginas va tomando auge La Gran Pregunta (así se llama), conducente a la finalidad de redefinir la importancia de la educación, de apartarnos del “mono que hace todo lo que ve”. Así plantea “qué debemos hacer para salir de la pobreza”, más ahora en que está de moda valerse de ella a través de la retórica iracunda.
En el asalto de las páginas hay motivos para detenerse con los altos de la reflexión personal, uno va descubriendo, midiendo con pesar lo ocurrido en el pasado desperdiciado por el “me vale” de la esquina inútil, por la indiferencia con los hábitos positivos: leer, poner el reloj en el minutero correcto, obedecer las leyes de la austeridad y del trabajo en un submundo en el cual lo prevaleciente ha sido la vorágine del ocio.
Las pérdidas desde antaño han sido inmensas pero ni en los sueños evaporados por la ilusión se digiere el significado de la reivindicación. Esta sólo podría conseguirse con la acción y no con la cajonera promesa de ser mejores cada año nuevo, en cuyo transcurso todo vuelve a ser viejo y así se ha pasado de siglo a siglo.
Encomiable es la capacidad de investigar que tuvo el autor pasando por el descubrimiento de América, la colonización que nos sigue teniendo colonizados, pasando muchos años después por John Locke, quien no fue el hombre del milenio de Inglaterra pero quien lo sigue siendo en el campo de los efectos de su creación en los cambios sociales, maestro y padre del constitucionalismo. No cabe duda y si la hay esta es despejada por los hechos. “El bienestar social y el desarrollo económico que se tiene en países desarrollados se debe a que han sabido implementar durante 200 años las teorías de convivencia social de este pensador”, mientras los latinoamericanos —argumenta González— “seguimos siendo fabricantes de miserias”.
Tres objetivos: educación, entender que han sido subvaloradas las labores manuales y técnicas. Prevalece la inclinación de ser sólo egresados de carreras ilustres. El trabajo, desprenderse de los conceptos equivocados que de él se tienen. La lectura y el loable proceso de la investigación, prácticas carcomidas por la lenidad y la censura. Partir de la libertad y de la educación, lamentando lo dicho por Rousseau: “El hombre nace libre pero por todas partes está encadenado”.