No hay que engañarse, no hay que esperar que los árboles de tigüilote produzcan mangos. Los miembros del Frente Sandinista empezaron su lucha en la década de los sesenta asaltando bancos, ajusticiando a mansalva a personas identificadas con el régimen somocista, allanando domicilios, secuestrando personalidades y ciudadanos comunes para después exigir rescates millonarios a cambio de las vidas de los rehenes.
El Frente Sandinista, cuando estuvo en el poder en la década de los ochenta, confiscó bienes de todo tipo a diestra y siniestra bajo distintos argumentos. Al salir del poder, el mismo partido repartió a manos llenas entre sus seguidores y simpatizantes todo lo imaginable que pudo en el breve lapso de transición entre el día de las elecciones generales y el acto de traspaso de mando.
En los años subsiguientes —cuando los ciudadanos afectados reclamaban sus bienes arrebatados subrepticiamente— hubo personajes sandinistas que declaraban muy ufanos que no devolvían el bien incautado porque sería un mal ejemplo para el resto de militantes; es claro, obedecían a su “moral revolucionaria”, lo cual significa que para el militante sandinista robar es aceptable, matar no sólo es bueno sino que loable (caso del asesinato del periodista Carlos Guadamuz) y así por el estilo, ya que según esa moral el fin justifica los medios. Lo que es bueno para el militante o el partido o la “revolución” es moral. ¡Punto!
Además, los comandantes nunca le entregaron cuentas a nadie de toda la inconmensurable solidaridad internacional que llovió de todas partes del mundo, amparados tras la penumbra de la conspiración, el secretismo y clandestinidad a que están acostumbrados desde que iniciaron sus actividades y que todavía utilizan en su más refinada expresión; de ahí que no es ninguna sorpresa que al final del cuento hayan surgido tantas fortunas personales y partidarias sandinistas.
A mediados de los ochenta, cuando un comandante de la revolución se gastó más de tres mil dólares en una cena en París, el Departamento de Relaciones Internacionales del partido en cuestión lo justificó al declarar que “todo lo que hagan los comandantes está bien hecho”, mientras al mismo tiempo en las montañas de Nicaragua los jóvenes reclutados a la fuerza al servicio militar no tenían ni qué comer y morían o quedaban lisiados a montones. Esa es la clase de moral que se propiciaba entonces y que vuelve a cobrar impulso. ¿Podrán dar mangos los palos de tigüilotes?
Naturalmente que esta “moral” no la inventaron los sandinistas ni tampoco son los únicos que la emplean. Lo deplorable y alarmante es que en Nicaragua se está de nuevo comenzando a recorrer el mismo sendero que conduce al mismo abismo, donde la mayor parte de la población es la víctima, no los que están en la cúpula, en la “nomenclatura”.
Deseables y fructuosas son las revoluciones que se realizan en paz, en libertad y en democracia —como en Suecia— sin que se paguen altos costos en vidas humanas o grandes sacrificios de nadie. Serían muy pocos los que se opondrían a grandes y graduales cambios sociales y económicos si se llega a un consenso armónico entre todos los actores y sectores del país, como debería de ser en una sociedad que utilice el pasado como lección para no cometer los mismos errores de siempre, como debería ser en una Patria que ha sufrido tanto y que en vez de sufrir más quiere que haya progreso económico, social, político, cultural, jurídico —y especialmente humano— para todos, sin excepciones.
Esto se puede lograr si todos contribuyen con buena voluntad y honestidad, pensando en los demás, no sólo en partidos y grupos de oportunistas. He ahí la verdadera revolución que necesita Nicaragua.