Una tarde de noviembre, en los años cuarenta, doña Josefina Huete se llevó un gran susto. Su hijo mayor, un niño de pocos años de edad había desaparecido.
No tardaron en encontrarlo caminando rumbo a la fiesta municipal de la emancipación de Somoto.
Parecía sólo un adelanto de lo descarriado que sería Claudio Gutiérrez Huete, pero no fue así.
Según su hermano Orlando, penúltimo de los cuatro hijos de doña Josefina, Claudio se convirtió en un brillante estudiante del colegio La Salle, de León, y sobresalía por su buen comportamiento.
“Imaginate cómo era, que el hermano Benito Santiago, que le dio clases a Claudio, cada vez que me agarraba jodiendo me decía: ¡Qué barbaridad, no te parecés en nada a Claudio!”, recuerda Orlando, quien califica de “suave” el carácter de su hermano.
Gutiérrez Huete llegó a ser tan apacible, que hoy en día, lejos de dirigirse a las fiestas de Somoto, se aleja de ellas.
Su buen comportamiento e intelecto enamoró a su esposa, Nidia Cuarezma Terán. “Tiene un carácter muy suave, no es violento, no es confrontativo, los problemas no le gustan, simplemente busca cómo resolverlos”, comenta Cuarezma.
Claudio Gutiérrez no creció entre sus hermanos sino entre libros, tal como su familia paterna. Su hermano aseguró que el abuelo Francisco Huete le recomendó olvidarse de ser ingeniero porque no tendría seguridad económica.
Pero Gutiérrez no hizo caso. Regresó graduado y hasta con un proyecto de saneamiento para Somoto.
“Yo sí hubiera querido dedicarme al negocio como la familia de mi mamá, a como está la situación ahora, pero a él no le fue tan mal”, bromeó Orlando.
Gutiérrez incluso se preocupó porque sus hijos siguieran sus pasos desde el punto de vista intelectual.
“Es un padre ejemplar, enseñó muchos valores con su ejemplo de esfuerzo, de tenacidad, de ser buenos profesionales, y poco a poco irse labrando una manera correcta de enfrentarse a la vida”, dijo su esposa.
Para Terán, Gutiérrez es el marido perfecto. “No mata ni a una mosca”, asegura.
Aparentemente toda esa “electricidad” que lo hizo famoso en su trabajo al frente del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter) terminó beneficiando a su familia, porque le quedaba tiempo para todo.
Aún así, cuando se retiró de todo tipo de trabajo, se disculpó con su esposa por no haberle dedicado el tiempo que merecía. Ella le restó importancia a eso.
Al final, Nicaragua se benefició “heredando” una institución como el Ineter, con una organización y estudios científicos que hoy pueden salvar vidas humanas.