“Sólo quien reconoce a Dios conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis”.
(Benedicto XVI)
Hace ya algunos años, hablando sobre la honradez administrativa gubernamental, un apreciado amigo, por cierto de arraigados principios cristianos, coincidía conmigo en que el problema social de nuestros pueblos, traducido en miseria, malversación de fondos, acaparamiento de riquezas o enriquecimiento ilícito a la sombra del poder, negación de las libertades públicas, opresión, corrupción, etc., tiene una base de orden moral. “Así es, porque estoy seguro que si Fulano y Zutano o yo llegáramos a ocupar un cargo público, no robaríamos”, concluyó nuestro amigo, haciendo referencia a ciertos cristianos comprometidos de intachable conducta, a quienes nos unía una común amistad.
El problema socioeconómico y político que agobia prácticamente a toda América Latina radica en el desconocimiento práctico de Dios, en no reconocer a Dios como Señor de nuestra vida y de nuestra historia. En vivir de hecho como si Dios no existiera, incluso aunque se ofrezcan ciertas expresiones de tipo religioso públicamente y se aproveche la religión o a algunos de sus dirigentes con fines políticos partidarios.
Hablar de Dios no significa necesariamente reconocerlo. “Reconocer a Dios” implica aceptar, voluntaria y dócilmente, su Señorío o Reinado en nuestra vida personal y social, reconocer los Derechos Divinos, los cuales constituyen la mejor garantía de los Derechos Humanos a todos los niveles. Dios tiene derecho a exigirnos a todos, capitalistas y descapitalizados, empresarios y obreros, gobernantes y gobernados, clérigos, religiosos, religiosas y laicos, respeto a Él, a sus Mandamientos, que se sintetizan en el Mandamiento Nuevo del Amor.
Un ex prisionero político de la década de los ochenta nos narraba todo un rosario de padecimientos y dolores sufridos durante la administración de cierto alcaide en una de las cárceles de nuestro país. La suerte de los prisioneros cambió radicalmente al ser sustituido por un joven católico practicante: “!Qué es esto!”, exclamó indignado el nuevo administrador carcelario al instante de recibir a los prisioneros, que lucían escuálidos y profundamente deprimidos. “Estos no son hombres, ¡son cadáveres!”, protestó, ordenando inmediatamente que los privados de libertad recibieran en lo sucesivo una alimentación adecuada y baños de sol, buen trato y otros derechos correspondientes a todo ser humano bajo cualquier circunstancia, aun estando preso.
Reconocer a Dios nos humaniza. Humaniza no sólo a las personas, sino a los sistemas políticos. Cuando Dios es puesto “entre paréntesis”, en el plano que sea, se pierde no sólo el respeto a Él, sino también el respeto al hombre. Por eso sería bueno examinar si reconocemos a Dios y, sobre todo, “el cómo” lo reconocemos.