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Tomas Eloy Martínez. ()
Jesús de Polanco
(Tomás Eloy Martínez es el autor de La Novela de Perón, de Santa Evita, de El Vuelo de la Reina, que ganó en España el premio Alfaguara de Novela, y de El Cantor de Tango. Fue nominado recientemente por el primer Premio Internacional de Man Booker, un premio bianual en reconocimiento del total de las obras de vida. Sus libros se han traducido a más de 30 idiomas. Es director del programa de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Rutgers y realiza viajes frecuentes como escritor y periodista). El autor es periodista argentino, autor de La Novela de Perón, Santa Evita, El Vuelo de la Reina y El Cantor de Tango.

Jesús de Polanco era ya una leyenda cuando lo conocí en Madrid, a mediados de 1998. Entonces yo formaba parte del jurado que debía otorgar el primero de los premios Alfaguara de novela, al que se habían presentado más de 600 obras.

Durante los largos días de relecturas y discusiones no logramos inclinar la balanza hacia ninguna de las dos que, desde el principio, sobresalían con claridad del conjunto: “Margarita, Está Linda la Mar” del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, y “Caracol Beach” del autor cubano Eliseo Alberto. Lo único que sentíamos con absoluta unanimidad era la injusticia de premiar a una sola de las dos.

Alguna vez he contado ya los tormentos de conciencia con que nos despedíamos cada noche y la desazón con que seguíamos mirándonos a la mañana siguiente. Las bases prohibían dividir el premio. A la vez, eliminar una, cualquiera de las dos novelas, nos parecía una traición a la buena literatura, en cuyo nombre habíamos sido convocados. Por fin, el escritor mexicano Carlos Fuentes, quien presidía el jurado advirtió que, si bien estaba prohibido dividir la recompensa, ninguna cláusula impedía duplicarla.

No creo que a Polanco le haya gustado aceptar una decisión que lo obligaba a pagar dos veces una suma que ya era considerable la primera vez, y a multiplicar el esfuerzo de edición y difusión. Si en el silencio de su corazón pensó que los jurados estábamos locos, nunca lo dijo. Por lo contrario, elogió nuestra locura. Aceptó nuestro fallo doble con el arrojo bien razonado que siempre fue la señal de su espíritu.

Quedan pocos empresarios así. En vez de adaptarse a las mudanzas de las costumbres y de los tiempos, Polanco se les adelantaba, señalaba el camino. No perdía de vista las sombras, pero se ponía del lado de la luz.

Aunque se sabía desde hace meses que estaba enfermo, su muerte, el 21 de julio, dejó una herida de sorpresa en quienes lo creíamos incapaz de morir. Siempre había estado en todas partes. ¿Cómo de pronto, iba a estar en ninguna?

Después de aquel invierno de 1998, vi a Polanco una o dos veces por año, en las reuniones del Foro Iberoamérica o en mis ocasionales visitas a Madrid. Lo había conocido como un editor de raza, pero su mirada se desplazaba más allá de los libros y de los periódicos, hacia el abanico entero de todos los lenguajes de la comunicación.

Aunque se ha llevado consigo el secreto de sus éxitos constantes, hubo uno que estuvo todo el tiempo a la vista: su manera casi invisible de mandar. Daba órdenes sin darlas. Estaba tan seguro de su capacidad para crear, que dejaba libres a sus colaboradores para que crearan. Sus hijos y Juan Luis Cebrián (director fundador de El País) entendían a la perfección lo que decía cuando callaba.

Quizá Polanco pase a la historia como el visionario que dio vida a El País, el gran diario de la modernidad española. Es su obra mayor, pero yo prefiero al editor de libros que rompió de un año para el otro las vallas feudales del franquismo y le mostró a sus compatriotas la riqueza europea de la que habían sido privados durante cuatro décadas de aislamiento, a la vez que le abría las puertas a las efervescencias culturales de América Latina.

Cuando en 2002 me sorprendió con una llamada telefónica en la que me anunciaba el premio de novela de Alfaguara, la emoción y la sorpresa me indujeron a responderle con un chiste fuera de 1ugar: “Es un premio muy bueno”, le dije. “Pero el que más va a ganar con él eres tú, como todos los editores”.

Rápido para las réplicas, me respondió con un chiste mejor: “Claro que sí. La plusvalía es siempre mía”.

Polanco era así, llano y directo. Nadie como él encarnó la imagen del gran editor tal como la retrató el escritor y filósofo Walter Benjamin: un lector que es a la vez autor, “alguien que describe y que prescribe”. Y a la vez siempre, según Benjamin, alguien de “extremo coraje”, capaz de repetirse a sí mismo cada mañana: “Voy a saber y voy a transformar”.

Los que vivimos en la orilla americana del océano le debemos a Polanco el relanzamiento de muchos de nuestros grandes escritores en volúmenes que se dejan llevar de un lado a otro, permitiendo que una obra entera se alce otra vez a la primera mirada: Así hemos recuperado al autor Argentino Julio Cortázar, al escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, a la periodista-novelista brasileña Clarice Lispector, al escritor brasileño Rubem Fonseca, tal como lo he visto en los autobuses de Bogotá, en los subterráneos de Buenos Aires, de Madrid y de México y en los carritos por puesto de Caracas.

Cierta vez le dije a Polanco que esa red de vasos comunicantes era más eficaz para entendernos y mucho más democrática que todas las enseñanzas de los economistas, de los sociólogos y de los políticos. Como siempre hacía, le atribuyó su mérito a los otros.

Aceptó la parte de luz que le tocaba cuando la feria del libro de Guadalajara le concedió, en 2004, el premio al editor del año. Allí fueron enumeradas sus hazañas: la creación de El País, de la cadena radial Ser y del grupo editorial Santillana, lo que lo convertía en uno de los empresarios culturales más poderosos de Europa.

Ninguno de sus discursos de gratitud aludió a una sola de esas grandezas. Sus únicos temas fueron los libros y el destino de nuestros países. Había empeñado todas sus energías en fortalecer la democracia de España y estaba seguro de que la América Latina convertida a la democracia tendría una prosperidad nunca vista apenas dejara atrás lastres ancestrales como el caudillismo, la corrupción, las prebendas, del mismo modo que la democracia había salvado a España de la cerrazón franquista.

Como a todo hombre de poder, también a Polanco le cayeron encima las calumnias y las injusticias. Pero seguía adelante y dejaba atrás los rencores. Al otro lado del Atlántico es difícil imaginarlo muerto.

Para quienes sólo lo conocieron en infatigable estado de actividad es preferible suponer que se ha replegado hacia el rincón más sigiloso de sus depósitos editoriales, donde está leyendo ahora las obras maestras que todos vamos a leer mañana, con la ingenua sensación de que estamos descubriéndolas. T

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