Habíamos oído hace muchísimos años que Susucayán era un pueblito precioso, escondido entre las estribaciones de la cordillera de Jalapa, tan alejado del mundanal ruido que ahí se respiraba, además del aire más puro de Nicaragua, mucha tranquilidad, amor y paz.
Pero, además de aquel ambiente bucólico, transido de bellezas naturales y de gente buena, sencilla y maravillosa, en Susucayán existían —nos decían— los pinos más verdes, hermosos y elevados del país: “Son tan altos que —mire usted— sus raíces se afianzan en las hondonadas profundas que forman los cerros pero sus cumbres sobrepasan las cimas de estos; así, el viajero que camina por los senderitos de altura, al ver estas cumbres cree que está viendo un pino de altura común pero si se asoma al abismo se sorprenderá ante el tamaño gigantesco de esas coníferas”.
Eso nos dijeron hace sesenta años… Cuando las casitas de Susucayán eran construidas con bloques de lodo comprimido y los techos con hojas de palma. ¿A quién preguntar sobre aquel ayer y al mismo tiempo hacer analogías con lo de ahora? “Consulten con don Rufino”, nos dice don Pablo Altamirano, un campesino que en la esquina del parquecito vende trozos de alfeñique. “El es autóctono y sabe toda la historia de este pueblo”.
Susucayán, roca y agua
Precisamente, don Rufino viene cruzando la calle. Es un señor gordito, blanquito, cara mofletuda y con pocas canas en su cabeza. Tras las presentaciones no sentamos en la acera de la venta cercana y comenzamos una gran platicadera.
De los hijos que engendraron don Manuel Guillén y doña Aurora Marín hace más de cien años, el único sobreviviente es don Rufino Guillén Marín, que nació el 22 de octubre de 1917 y que, cargando sus noventa años, aún recorre a pasitos lentos las calles del poblado.
“Susucayán parece la onomatopeya de un suspiro profundo —explica— pero esa palabra tiene raíces indígenas; viene de “Su sus” que quiere decir lugar pedregoso, y “cayan”, mucha agua. De modo que Susucayán es el “lugar donde brota agua de las rocas”.
Fueron indios legítimos de la familia Liniton los primeros que se asentaron aquí para formar el poblado de Susucayán, pusieron sus casitas por este sector pero pronto llegó a unirse a ellos otra familia de apellido Zarante. “Cuando yo vine aquí sólo existían cinco casitas, pero ya por los años treinta e inicios de los cuarenta, se fincaron aquí don Simón Ortez y la Romelia Amador”.
¿Entonces, usted no es autóctono de Susucayán?
No, yo nací en El Jícaro, soy jicareño. Vine aquí porque fui profesor durante 45 años. Vine a dar aquí en relación a un escándalo, ya que el marido de una vecina tenía amores con la profesora, le puso una pancita y eso ocasionó que la profesora fuera sustituida y el sustituto fui yo. Siempre se dice que un pueblo chico es un infierno grande.
¿Siguen iguales las costumbres de la gente de Susucayán?
La gente era muy católica, muy sencilla, la fiesta principal era la Semana Santa, que observaban con mucha piedad y recogimiento. Todo era pecado para esos días, si no se cumplían al pie de la letra los ritos que ordenaba la Iglesia. Había mucho terror por el Infierno y por el Purgatorio, y los principales enemigos del hombre eran el mundo, el demonio y la carne.
Me imagino que al miedo al Infierno se agregaban otros miedos a personajes populares terroríficos como la cegua, la mica bruja y otros.
No mucho pero sí corrían esas cosas. En El Jícaro era donde más se hablaba de eso. Decían los viejos de antes que en el río salía una mujer a la que llamaban “La Sucia”. Decían que ya en horas avanzadas de la tarde se aparecía por el río a lavar ropa y que después de lavar tendía las mantas en la playa.
Entonces hacía la tarea de cualquier lavandera…
Sí, pero eso no era todo. Cuando alguien pasaba, la mujer se sacaba del cotón uno de los senos y le decía al aterrado caminante: “Tomá tu teta, tomá tu teta”.
Me imagino que había historias de muertos aparecidos...
Pues no vayamos muy largo. En la casa de mi papá trabajaba haciendo quesos un señor llamado Salomé Estanislao, un día le dice a mi papá: “Don Manuel, yo me siento enfermo, me voy a mi casa”. “Está bien —le dice mi padre— pero andá donde el doctor Dubón para que te dé medicina”.
Como a los ocho días llega mi papá a la hacienda y le dicen: Fíjese don Manuel que se murió Estanislao. No puede ser, dice mi padre, porque lo acabo de ver en el camino, venía para El Jícaro pero pasó sin saludarme y siguió su camino. Para cerciorarse, mi papá se fue a la casa de don Estanislao y encontró que le estaban rezando el séptimo día de muerto.
Pero también es bueno que sepan que en una ocasión serví de Cupido, pues resulta que a mi compadre Cayetano Ortez se le ocurrió escapar con su novia, la hoy mi comadre Bertha Herrera. Se la llevó para El Jícaro… Se aparece mi compadre Tuno, el papá de ella: “Fíjese compadre que me robaron a la Bertita”. “¿Cómo va a creer compadre? Yo la voy a buscar”. Me fui y encontré a la parejita y le digo a la Bertita que vuelva donde el papá, pero ella me dice: “No puedo volver porque mi papá me mata”. “No lo hará si regresa casada”, le digo. Entra en razón y nos vamos para la iglesia, ahí ya tenía todo preparado, el padre párroco la apuntó y ahí nomás los casó.
En su papel de Cupido, usted dejó ensartado a su compadre.
Ja,ja,ja, ja, ahora que lo pienso así fue.
¿Y cómo le hizo con su esposa?
Ella está viva, se llama Bertha Raudales Flores. Con ella es otra historia. Yo he sido rezador, un día me fui para un rezo y ahí entre padrenuestros y avemarías la vi y la enamoré. También le cuento que por nada me hago cura. Yo estudié once años en el Seminario de León, pero me perdí por culpa de otro seminarista, Víctor Silva, que me dice: “Ve, hombre, salgámonos que no siento vocación”. “No —le digo— porque sólo me falta un año”. Total, me convenció, una noche hicimos maletas, nos escapamos y en Estelí nos quitamos las sotanas y nos venimos para El Jícaro.
¿Y nunca se arrepintió de no haber sido sacerdote?
Cómo no, si me pesó. Sobre todo, al pensar que hice gastar tanto a mis padres y no fui lo que les había prometido.
Pero si se hubiera hecho sacerdote no hubiera conocido a tantas muchachas como dice usted que conoció…
Ah, eso sí, pero hubiera estado en gracia de Dios.
¿Y cuántas novias tuvo?
Mujeres… un montón. Pero ahora ya quedé en calma. Tengo cinco hijos, ninguno se ha muerto, todos están vivos, viven en Ocotal.
¿Y por qué usted se quedó en Susucayán?
Por mi casa, que no la quiero vender porque andar arrimado poco me gusta. En mi casa yo mando, entonces por eso me quedé aquí.
Cuénteme algunas costumbres de su tiempo joven.
La gente era más educada, más moral, vestían mejor, más decentes. Ahora ya las damitas andan desnudas. Se fueron perdiendo valores como el honor, la bondad, la castidad. Yo creo que la humanidad va perdida, cuando yo me casé, la manga de la muchacha era hasta aquí (se señala la muñeca), sólo le conocía la mano, no le conocía otra cosa.
Pero creo que es mejor que no oculten nada.
Antes había más castidad en las mujeres, ahora con veinte pesos ya puede pagar una mujer; antes no.
Don Rufino ¿usted se considera un hombre muy mujeriego?
Claro que sí. Lo que es verdad, es verdad. Ya ni me acuerdo cuántas mujeres he tenido. Uno cuando está joven cualquier mujer le parece bonita, yo vivía en una hacienda y ahí la que llegaba… Te fuiste, te fuiste.