En el Diccionario del Uso del Español, de María Moliner, se encuentran tres definiciones de la palabra mito: “1. Leyenda simbólica cuyos personajes representan fuerzas de la naturaleza o aspectos de la condición humana: ‘El mito de Prometeo’. 2. Representación deformada o idealizada de algo o alguien que se forja en la conciencia colectiva: ‘El mito de la Atlántida. El mito de Eva Perón’. 3. Cosa inventada por alguien e intento de hacerla pasar por verdad, o cosa que no existe más que en la fantasía de alguien”. De manera que cuando en el titular de esta columna pongo la frase “el mito del mito”, me refiero a la creencia generalizada en que Prometeo fue castigado por Zeus debido a que robó fuego del cielo para darle la inteligencia al hombre.
Es conocido que Prometeo fue encadenado por orden de Zeus, a una roca en lo más alto de las montañas del Cáucaso, donde un buitre le comía el hígado. Pero este órgano vital de Prometeo inmediatamente volvía a formarse, de manera que el suplicio era constante e interminable. Hasta que un día Heracles (Hércules) pasó por el lugar y, condolido por el sufrimiento de Prometeo, mató al buitre y rompió las cadenas que lo aprisionaban.
Pero no fue por haber dado el fuego de la inteligencia al ser humano, que Zeus castigó a Prometeo. Esto no tiene sentido pues los dioses del Olimpo más bien le daban a los mortales conocimientos y destrezas para que vivieran mejor. Inclusive, en ocasiones los dioses bajaban a la tierra para convivir con la gente, compartir sus labores y ayudarle a que pudiera hacerlas mejor.
En “realidad”, Zeus castigó a Prometeo porque éste se burló de él. Después de que la Caja de Pandora fue abierta y las calamidades y desgracias se diseminaron por toda la tierra, Prometeo se sintió ofendido por Zeus y para vengarse quiso burlarse de él. Con ese fin mató una res y puso las carnes en un saco y los huesos en otro. Después Prometeo fue a donde Zeus y le dijo que escogiera, como un presente, el saco que contenía lo mejor. Pero Zeus escogió el saco que contenía los huesos, no el de las carnes y entonces Prometeo se burló del Dios supremo del Olimpo, con carcajadas tan estentóreas que se oyeron por todas partes del universo.
Zeus se puso furioso por aquella burla y para ajustarle las cuentas a Prometeo ordenó a Hermes (Mercurio) que lo apresara y lo encadenara a una roca en lo más alto de las montañas del Cáucaso, en la antigua Escitia. Allí, durante treinta mil años un buitre debía devorar el hígado de Prometeo que cada vez volvía a renacer. Hasta que Heracles liberó a Prometeo de aquel suplicio cruel y enloquecedor.
Algún tiempo después a Prometeo le fue erigido un altar en la Academia de Atenas, la misma que fue fundada por Platón. Además los atenienses establecieron en su honor unos juegos deportivos, los cuales consistían en que los atletas participantes en la competencia corrían desde dicho altar hasta la ciudad, portando antorchas que no debían apagarse durante la carrera. De esa manera se le agradecía a Prometeo haber dado el fuego de la inteligencia al hombre que él mismo había creado.
Para la posteridad Prometeo quedó como un símbolo de la generosidad de los dioses con el ser humano, pero también de la rebeldía ante poderes superiores y la voluntad de desafiarlos. Algo que parece ser muy necesario en la Nicaragua de hoy.