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¿Montealegre es futuro caudillo?
María José Zamora
La autora es Psicóloga

En su “Carta de amor a Nicaragua” publicada en LA PRENSA el 24 de julio, don Fabio Gadea Mantilla hace un recuento histórico muy acertado de cómo el vicio del caudillismo ha tenido profundas raíces en Nicaragua y las nefastas consecuencias que esto ha traído para el país. Asegura que, “en Nicaragua, con algunas excepciones, los presidentes se enamoran del poder, van creando lazos, haciendo favores, dando concesiones a sus partidarios y obligadamente se convierten en caudillos y quieren seguir en el poder”. Totalmente de acuerdo; lo anterior describe el estilo del político tradicional, acostumbrado a engañar a sus electores, a comprar voluntades y a corromper la institucionalidad del país. De hecho, los únicos ejemplos que puedo recordar de presidentes que no se han aferrado ni se han “enamorado” del poder; son doña Violeta Barrios de Chamorro (1990-1996), y don Enrique Bolaños Geyer (2002-2007).

Por otra parte, sin embargo, no comparto la opinión de don Fabio Gadea cuando con la frase: “Y seguimos en lo mismo. Daniel caudillo, Arnoldo caudillo y estamos fabricando a Eduardo caudillo”; siembra la idea de que Eduardo Montealegre sería un caudillo, de llegar al poder, lo cual implícitamente significa que debería de retirarse y dar paso a nuevos líderes. Con todo el respeto que me merece la opinión de don Fabio Gadea, me parece un tanto prejuicioso creer que un político joven como Eduardo Montealegre, con las mismas características que el mismo don Fabio sugiere que deben de tener los nuevo líderes: “destacados, bien calificados, sensatos y patriotas”; se llegue a convertir en un caudillo, cuando ya ha demostrado en los diferentes puestos que ha desempeñado en el área pública que su estilo de trabajo está muy lejos de ser caudillista.

No se puede confundir el sebo con la manteca. No es justo “meter en el mismo saco” de Daniel Ortega y Arnoldo Alemán, a Eduardo Montealegre, quien aún no ha tenido la oportunidad de demostrar que sí tiene la capacidad y la preparación para gobernar este país con inteligencia y madurez. Es más, fue precisamente la fuerte posibilidad de que Eduardo Montealegre llegara a la Presidencia lo que motivó su expulsión del PLC, así como también los ataques subsiguientes que culminaron con la división del liberalismo. Además considero que Eduardo Montealegre no es un obstáculo para el surgimiento de nuevos liderazgos, sino que por el contrario es un buen ejemplo a seguir para quienes aspiran a practicar una nueva manera de hacer política, ajena a los vicios del caudillismo.

Si de algo estoy segura es que Daniel Ortega y Arnoldo Alemán, como máximas expresiones del caudillismo criollo, jamás permitirán el surgimiento de ningún liderazgo que amenace el poder y la bonanza económica que juntos han logrado consolidar. Por lo cual se hace imprescindible que políticos como Eduardo Montealegre de ALN y Edmundo Jarquín del MRS mantengan firme su compromiso con Nicaragua de ser líderes con principios y valores democráticos, como única opción al caudillismo.

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