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Esquipulas II, veinte años después

Hoy hace veinte años que los presidentes centroamericanos aprobaron en Guatemala el “Procedimiento para establecer la paz firme y duradera en Centroamérica”, mejor conocido como Esquipulas II porque el año anterior, 1986, los mismos mandatarios habían firmado una primera Declaración de Esquipulas.

Al hacer un balance de los veinte años transcurridos en Nicaragua desde entonces, dirigentes y analistas políticos se han lamentado de que Esquipulas II “no logró traducirse en un beneficio socio-económico más completo para los centroamericanos”, según información publicada en LA PRENSA el pasado miércoles 1 de agosto. Pero Esquipulas II no era un programa para el desarrollo económico y social, sino un plan para poner fin a la guerra y facilitar la salida por medios pacíficos, de una dictadura militarista y totalitaria que había convertido a Nicaragua en cabeza de playa para la expansión comunista, soviética y cubana, y de esa manera había convertido a la región en escenario de la confrontación Este-Oeste.

Ciertamente, el objetivo de Esquipulas II era esencialmente político: alcanzar la paz y la reconciliación por medio del reconocimiento y vigencia de las libertades individuales y democráticas, la celebración de elecciones libres y competitivas y el respeto a los derechos humanos. De allí que de las 2,241 palabras que componen el texto del documento de Esquipulas II, sólo 65 se refieren a la cuestión socioeconómica, en el sentido de que el desarrollo económico y el progreso social únicamente serían posibles en condiciones de libertad y democracia. En esas 65 palabras se dice: “En el clima de libertad que garantiza la democracia, los países de Centroamérica adoptarán los acuerdos que permitan acelerar el desarrollo para alcanzar sociedades más igualitarias y libres de la miseria. La consolidación de la democracia implica la creación de un sistema de bienestar y justicia económica y social. Para lograr estos objetivos los gobiernos gestionarán conjuntamente un apoyo económico extraordinario de la Comunidad Internacional”.

Gracias a Esquipulas II, así como al compromiso de las grandes potencias de no seguir respaldando la guerra en Nicaragua, el FSLN y Daniel Ortega se vieron obligados a poner en juego su poder totalitario en unas elecciones libres y competitivas que le permitió a los nicaragüenses decidir si querían seguir soportando la dictadura procomunista, o preferían un sistema democrático basado en el respeto a las libertades individuales y los derechos humanos de todos los nicaragüenses. Y por supuesto que prefirieron lo segundo.

La validez y viabilidad del plan de Esquipulas II para la paz y la democratización se demostró primero con el éxito de las difíciles negociaciones entre la Contra y el Gobierno sandinista; después con la derrota que la población democrática le asestó al régimen totalitario en las elecciones del 25 de febrero de 1990; y finalmente, con el establecimiento de la paz que hasta ahora se disfruta en Centroamérica y particularmente en Nicaragua. Pero ese beneficioso efecto de Esquipulas II no se recibió de manera automática, espontánea ni fácil. El régimen sandinista maniobró de múltiples maneras para evadir el cumplimiento cabal del acuerdo que el mismo presidente Daniel Ortega había firmado en Guatemala. La libertad de expresión y de prensa fue reconocida por el régimen sandinista hasta el 1 de octubre de 1987, cuando volvió a salir sin censura el Diario LA PRENSA que había sido cerrado por la dictadura. Sin embargo todos aquellos obstáculos fueron vencidos por un pueblo que mayoritariamente estaba decidido a vivir en paz, libertad y democracia.

Lamentablemente, los beneficios económicos y sociales que debían derivarse del cumplimiento de los Acuerdos de Esquipulas II no se pudieron conseguir plenamente, primero por los sabotajes políticos y las asonadas sandinistas contra el proceso de democratización y reconstrucción nacional, y después por la desmesurada corrupción de la clase política “democrática”, pero sobre todo por la traición a la democracia que significó el pacto de Arnoldo Alemán y el PLC con Daniel Ortega y el FSLN, al facilitar la restauración del gobierno de vocación totalitaria que ahora pretende revertir las conquistas del proceso de paz, reconciliación y democratización que se inició hace veinte años.

De manera que es oportuno señalar que los principios de Esquipulas II siguen siendo ahora tan válidos como hace veinte años, y que por lo tanto las fuerzas democráticas nicaragüenses deben enarbolarlos como su bandera de lucha.

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