Los admiradores del arzobispo Oscar Arnulfo Romero se alegraron cuando el Papa Benedicto XVI dijo este año que el prelado salvadoreño, asesinado en 1980 mientras celebraba una misa, merecía ser beatificado.
“Que Romero, como persona, merece una beatificación, eso no lo dudo”, declaró el Pontífice a la prensa en mayo.
El Vaticano, sin embargo, eliminó esa cita de la trascripción oficial de las declaraciones del Papa e incluyó sólo comentarios más ambiguos, en los que Benedicto alude a un “gran testigo de la fe”.
Ese fue otro indicio de que el arzobispo Romero sigue siendo una figura divisiva y que cualquier iniciativa tendiente a una posible santidad generará inquietudes políticas y eclesiásticas.
Romero fue Arzobispo de San Salvador a fines de la década de 1970, cuando el país se encaminaba hacia una guerra civil y todos los días aparecían muertos supuestos guerrilleros y dirigentes izquierdistas que combatían contra el Gobierno dictatorial.
Tímido por naturaleza, Romero se hizo famoso en Centroamérica por el tono apasionado de sus homilías, en las que hablaba a favor de los desposeídos y condenaba los abusos a los derechos humanos cometidos por la dictadura y grupos paramilitares.
“Todas las radios de Centroamérica transmitían sus mensajes. Era un verdadero líder, un hombre de gran convicción e inteligencia, que hablaba de la realidad que percibían los pobres de la región”, comentó Robert White, embajador de Estados Unidos en El Salvador en esa época.
Romero fue baleado el 24 de marzo de 1980, cuando celebraba una misa en la capilla de un hospital. El día previo había exhortado a los militares a que suspendiesen sus tácticas represivas.
Una Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas dijo en 1993 que el asesinato de Romero había sido ordenado por el mayor Roberto D’Abuisson, quien dirigía escuadrones de la muerte.
Un elemento que complica la posible beatificación de Romero es que El Salvador es gobernado ahora por el partido de D’Abuisson, Arena (Alianza Republicana Nacionalista).
Romero, por otra parte, es idolatrado por la izquierda salvadoreña, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN, que produce constantemente panfletos con su foto junto a la del Ché Guevara y Salvador Allende, dos figuras veneradas por la izquierda latinoamericana.
Por ello, cualquier iniciativa del Vaticano tendiente a beatificar a Romero podría ser explotada por la izquierda con fines políticos. Esa es probablemente la principal razón por la que el proceso de beatificación no ha avanzado mucho, según dejó entrever el propio Papa.
“Estaba el problema de que un bando político quería, equivocadamente, usarlo como bandera, como una figura emblemática”, expresó Benedicto. “¿Cómo hacemos para iluminar a esta persona, sin permitir que la usen? Ese es el problema”.
El Gobierno salvadoreño dijo hace poco que solicitaría formalmente al Vaticano que beatifique a Romero, aunque aclaró que no aceptará responsabilidad alguna en su asesinato.
El embajador salvadoreño ante la Santa Sede, Francisco Soler, dijo que Romero fue una figura divisiva en vida, pero que ya no lo es.
Hemos madurado mucho en los últimos 12 ó 14 años, desde que terminó el conflicto”, expresó en una entrevista telefónica. “No creo que (la beatificación) sea algo muy problemático”.
Para ser declarado un mártir, el Vaticano debe determinar primero que Romero murió por su fe, no por sus convicciones políticas. Si es considerado un mártir, podría ser beatificado sin que el Vaticano tenga que confirmar un milagro atribuido al religioso.
Tanto Benedicto como su predecesor Juan Pablo II han dicho que Romero fue un mártir. Pero no ha habido un pronunciamiento público de la Congregación para la Causa de los Santos.
El silencio no sorprende: Romero tenía muchos detractores en la Iglesia, tanto en El Salvador como en Roma, que se oponen a su beatificación.
Morozzo della Rocca dice que Romero tenía una relación difícil con los eclesiásticos de su país y que en una ocasión el Vaticano recibió una solicitud de que enviase a alguien para reemplazarlo o para designar un superior que lo mantuviese bajo control.
Por esa época el Vaticano libraba una férrea batalla con la Teología de la Liberación, de inspiración marxista.
Roberto Morozzo della Rocca, biógrafo de Romero y profesor de Historia en la prestigiosa Universidad Tre, afirma que Romero no defendía la Teología de la Liberación. Pero muchos lo consideraban un exponente de esa tendencia y se pidió a la Congregación de la Doctrina de la Fe que analizase sus escritos para determinar si era un ortodoxo en el campo doctrinal. Los partidarios de Romero afirman que la conclusión fue que sí lo era.
El Obispo Auxiliar de San Salvador, Gregorio Rosa Chávez, quien colaboró estrechamente con Romero, dijo que el libro de Morozzo della Rocca es fundamental para la causa del religioso, porque “demuestra que era un Obispo leal a la Iglesia”.
Rosa Chávez, no obstante, admite que el proceso de beatificación puede tomar tiempo, pero al final, confía, “Romero será beatificado” y habrá que ser pacientes.