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Noticias >> Revista
¡Ah!, La acostumbrada impuntualidad
Ernesto González Valdés
Las historias de impuntualidad se observan todos los días en muchos lugares
ernesto-gonzalez@laprensa.com.ni

Tic, tac, tic, tac... “Tengo pereza, creo que puedo quedarme aún en cama unos minutitos más..., total me da tiempo...”, dice la alumna; por su parte, el busero de la escuela que se traslada en su recorrido en busca de los estudiantes, normalmente al ver algunos amigos de andanza en la parada, detiene tranquilamente el “monstruo de hierro”, abre la puerta y comienza la plática tranquilamente entre ellos, de bus a la parada y viceversa (tic, tac, tic, tac), sin darse cuenta de todo lo pendiente que queda por hacer cuando aún quedan niños y jóvenes por pasar retirando y llegar a tiempo a la escuela.

La mamá de la niña perezosa atiende “contra el cacho” el vestir a los otros tres descendientes, menores de edad (ubicados en primero, segundo y tercer grados) sofocada porque ella debe llegar a tiempo a la escuela primaria donde labora como conserje, alistando hasta ese momento (tic, tac, tic, tac) las camisas de los “chigüines”.

¿Llegarán a tiempo, la estudiante a la escuela, el busero a retirar a la estudiante, la conserje a la otra escuela? (Tic, tac, tic, tac) ¿sabías qué? Desde tiempo inmemorial, el ser humano ha tratado de contabilizar el paso del tiempo para organizar su vida y ordenar su destino.

Las civilizaciones antiguas lo hacían ligándolo a la alternancia del día y de la noche, así como a los ciclos de la Luna. Pero poco a poco el ingenio de nuestros antepasados fue creando aparatos capaces de fraccionar los períodos de luz y tinieblas con exactitud creciente. El reloj entraba en escena.

Primero fue el reloj solar, que indicaba los momentos del día gracias al movimiento de la sombra creada por la luz del Sol sobre una superficie plana con un cuadrante. Claro que éste no funcionaba de noche ni en días muy nublados y tampoco en el crepúsculo o el amanecer.

Así nacieron las clepsidras, unos recipientes que hacían las veces de reloj de agua, fueron usados en Babilonia y Egipto primero y luego en Grecia y Roma. El líquido iba pasando de un contenedor a un vaso o recipiente graduado, que a medida que se llenaba iba marcando las horas transcurridas.

Sistema similar solía usarse de noche, empleando velas marcadas, que a medida que se consumían iban marcando las horas, era otro método de indicar el tiempo transcurrido, conocidos también como relojes de vela.

Alrededor del siglo III de nuestra era, apareció el hoy famoso reloj de arena, con dos recipientes unidos por una estrecha garganta. Después siguieron otros hasta llegar al reloj de péndulo y al de pulsera.

Tic, tac, tic, tac... El busero al llegar a la parada donde retirará a la alumna, pensó que ella no iría a clase ese día y en una loca y desenfrenada carrera trataría de llegar a tiempo a la escuela poniendo en peligro al personal que transportaba.

A la alumna perezosa se le fue el bus, las instalaciones de la escuela primaria no estuvieron limpias a tiempo a la entrada a clases de los estudiantes (tic, tac, tic, tac)

Todos aquellos que se vean reflejados en esta historia, o en alguna otra similar, deberían considerar las consecuencias de la impuntualidad, las que generalmente son desagradables.

Por favor mejore su puntualidad.

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