Escuché golpes en la puerta. Tardé lo más que pude en abandonar el sillón en el que miraba la televisión. A la tercera vez, comprendí que habían destrozado la paz de mi estancia solitaria. Encontré la cara de la esposa de mi amigo, un poco tensa, cargando al niño de dos años, un diablo personificado.
Tengo un mal presentimiento dijo, entrando aún sin decir buenas noches ni pedir permiso. Se acomodó en otro sillón soltando al mocoso que comenzó a hacer travesuras y destrozar cuanto había a su paso.
Su esposo había viajado esa madrugada a Francia y estaría unas doce horas en vuelo. El motivo, aburridos seminarios sobre administración de empresas. Yo mismo los llevé al aeropuerto y estuve con ella y el niño ogro esperando media hora tras la salida del vuelo. En realidad, no miramos nada ni oímos el motor. Sólo la voz electrizada de una mujer anunciando que el vuelo había despegado. En su cara se anegaba la angustia de que algo malo pasaría, deshaciendo las razones lógicas para quedar el presentimiento al desnudo. Habló de pequeños golpes en el corazón, jadeos respiratorios, un constante pensamiento negativo que la mantenía nerviosa pero estaba seguro, la mayoría de sus problemas eran por el niño regordete que iba y venía por la sala, tomando el teléfono, el control remoto, apagando y encendiendo el televisor, pidiendo agua y yo, impaciente, rogaba que se largaran pues estaba a la mitad de un documental sobre Monet.
Ella insistía en llamar por teléfono a su esposo. ¡Las mujeres pueden ser tan tontas! Le expliqué que no se podía, estaban en pleno vuelo, mejor esperábamos, estaría bien y para dar un poco de distensión a la situación, dije riendo: “Igual, si el aparato cae, te darán 90 mil dólares por el seguro”.
Fue un mal chiste porque me miró con ojos de buitre. Cambió el tema. El niño se tomaba no sé cuántos biberones de leche al día, compraban cuatro bolsas de pañales descartables para una semana, demasiado gordo para su edad, se había vuelto adicto a la Coca Cola, un futuro triglicérico y colesterótico obeso y el doctor lo había mandado a dieta, el esposo había comprado un traje muy lindo para el cumpleaños y una cama en forma de vehículo para el monstruo que lloraba porque le había arrebatado el control remoto.
Pero lo que mi amigo decía y que me lo guardaba, era que tenía demasiadas deudas. No podía vivir oyéndola acusarlo de ‘avaro’ porque se oponía a más gastos. Acudía a mí y entre largos y severos tragos de whisky, me confesaba: “Debo cinco mil… llegó a nueve mil… subió a quince mil”, y una vez expresé mi rechazo: ¿¡Pero estás loco!? ¡Una deuda de quince mil dólares para satisfacer las rabietas de tu mujer!
Y el pequeño huracán revolvía, iba y venía sin que pudiera tomarlo de los cabellos y sentarlo de una vez para que dejara de joder. Sí, joder. Eso era lo que hacía. Le dedicaba miradas serias, la mamá observó mi rechazo, lo tomó de la cintura y lo colocó en sus piernas.
El niño se agitaba, se retorcía, daba manotazos, la arañó tres veces en la cara, la pateó y gritó como perdido en la selva. Ella apenas amenazó con dejarlo sin su Coca Cola de la noche ¡Pobrecito! Y el niño comenzó a sollozar. Era un perfecto teatro. Ella tratando de calmarlo y él, insistiendo.
Dijo que mi amigo había comprado casa nueva y pronto se mudarían. Que era grande, tres cuartos, uno para ellos, otro para ese demonio y el último para la empleada. Describía una espaciosa cocina, un lindo jardín y una estancia para pasar las tardes. De pronto, volvió al tema que la había traído.
No sé qué voy a hacer si le pasa algo…
Traté de consolarla explicándole que según las estadísticas, es más probable morir en un accidente de tránsito que en percances aéreos y le ofrecí comida. Aceptó y me arrepentí de la invitación pero era tarde. Les preparé unos espaguetis con carne y ensalada.
Comí despacio oyendo su interminable y aburridísimo relato, era como una infinita vomitada, que mi amigo me había contado con los mismos detalles sobre unos vestidos que ella se había comprado con el dinero de él y los utilizaría en la primera oportunidad que bajara de peso y de un carrito para que el niño fofo no se cansara caminando por las calles. Guardando mi enojo, miraba a la bola de carne hipnotizado en el televisor comiendo o más bien tragando como un cerdo.
Se quedaron tres largas y tortuosas horas. Me sentía cansado. No soportaba a pequeños ciclones que no pueden ser controlados por sus padres y esta mujer que hablaba como si se hubiera comido un perico.
Miré una película comenzada. Casi me dormía y cambié a la estación de noticias. Para asombro y horror, hablaban de un accidente aéreo. Un avión se había estrellado en las afueras de París a treinta minutos del aeropuerto.
Petrificado, escuché los primeros informes. Según decían, la nave había estallado poco antes de caer y los restos se habían esparcido en una pequeña población desatando incendios y matando a decenas de moradores. Calculé las horas. Había una gran probabilidad que fuera el aparato en el que viajaba mi amigo.
Me sentí destrozado por mi anterior sarcasmo y burla. Me consideré sin sentimiento y estúpido. ¡Oh, Dios! , dije, tomándome los cabellos.
Quise ir donde ella para avisarle, pero no estaba confirmado que él estuviera entre los pasajeros. Había un dato importante: presentaban el número del vuelo. Llamé a las oficinas de la compañía pero me aseguraron que no tenían ninguna información. ¡Pero si está en las noticias! Les grité, sin embargo, no obtuve más datos.
Se limitaron a decir que debía esperar a que se aclararan las versiones. Que me calmara. ¡Pero es mi amigo!, insistí. En mi cabeza bailaba la terrible danza del remordimiento por los comentarios fúnebres y descarnados que había hecho y me imaginaba la cara de ella llena de reproche.
Esperé unas horas y la mujer llegó, esta vez sin el niño. Lloraba. Su cara estaba desfigurada por el dolor de la terrible noticia. La abracé y sentí su pecho jadeando. La culpa me llenó el corazón y lloré.
¿Qué voy a hacer? , preguntó convencida que su esposo y mi mejor amigo estaba muerto.
Traté de consolarla, pero no tenía ninguna palabra. Contó que hacía poco la habían llamado de la aerolínea para informarle que el avión en que viajaba su esposo estaba ‘desaparecido’. Fuimos al aeropuerto y en el camino, preguntó quejumbrosa:
¿Dijiste noventa mil dólares?…