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La geopolítica de la energía
Javier Morales
El autor es economista y miembro del Consejo Directivo del Banco Central

El nuevo debate de la política energética en Nicaragua se centra en si debemos seguir las recomendaciones del presidente Chávez, de construir una megarrefinería en León y resolver los problemas energéticos mediante importaciones de crudo de Venezuela, o si debemos seguir las recomendaciones del BID, de invertir en la producción de combustibles renovables como etanol y biodiesel como una nueva agroindustria basada en el procesamiento de caña, maíz o yuca y palma africana.

Lo peor que nos puede pasar es que dediquemos todo nuestro tiempo a defender una u otra posición y no hagamos nada. Lo mejor que nos puede pasar es que aprovechemos los beneficios de la globalización y del cambio tecnológico y que aprovechemos ambas iniciativas. El debate no debe ser si el monocultivo es malo, sino que la monopobreza necesita resolverse.

El problema real con la energía es que el precio del petróleo no se mueve de acuerdo con las fuerzas del mercado sino que es producto de la geopolítica y de la estructura de la industria. El 75 por ciento de la producción de petróleo mundial está controlado por grandes empresas como la Exxon o la Shell y por países productores que operan empresas estatales, como es el caso de Pedevesa en Venezuela, Pemex en México, Petrobras en Brasil y Aramco en Arabia Saudita.

Cuando el precio del crudo llegó a 70 dólares el barril el año pasado, los analistas concluyeron que 20 dólares de ese sobreprecio era producto del conflicto en Oriente Medio. La prueba de que ese análisis era correcto, es que una vez resuelto el conflicto los precios cayeron a 50 dólares. Sin embargo, la nueva realidad es que el mercado se va a estabilizar en niveles de US$60 porque ese es el equilibrio entre la demanda y la oferta mundial.

Las grandes empresas petroleras como Exxon y British Petroleum no han invertido en nuevas exploraciones ni en aumentar la oferta global sino que se han dedicado a la recompra de sus acciones y a repartir dividendos entre sus accionistas. Mientras que países como Venezuela han usado su extraordinaria renta petrolera para fines políticos y exportar su revolución bolivariana a sus nuevos aliados como Nicaragua, Ecuador y Bolivia y no han invertido en nueva tecnología ni en la exploración de nuevos yacimientos.

La estrategia de Estados Unidos de buscar una independencia energética al incentivar la producción de etanol basado en maíz producido con grandes subsidios en Estados como Iowa y la nueva política de aumentar las importaciones de etanol de Brasil donde se produce a menor costo con caña de azúcar van encaminadas a depender menos del petróleo de Irán y Venezuela.

Las conversaciones con los grandes productores de automóviles como Ford, General Motors y Chrysler para que produzcan autos que consuman el nuevo combustible E85, que es una mezcla de 85 por ciento de etanol y 15 por ciento gasolina y que se produzcan los cambios necesarios a nivel de los distribuidores para cambiar el patrón de consumo del mercado norteamericano son parte de esta estrategia. La reciente visita del presidente Bush a Brasil para sellar un acuerdo de transferencia tecnológica con el gobierno del presidente Lula y reducir los aranceles de importación de etanol del mayor exportador del mundo de etanol y la reciente reunión del BID en Guatemala, donde se manda una señal clara a los países centroamericanos para que inversionistas privados participen en esta nueva industria del etanol y del biodiesel son también señales correctas.

Como conclusión debemos aprovechar la geopolítica mundial en beneficio de Nicaragua y no que sea la causa para crear divisiones en la sociedad y bloquear iniciativas de inversión que pudieran contribuir significativamente al desarrollo económico y al combate de la pobreza. El Gobierno y la Asamblea Nacional deben urgentemente de pasar las iniciativas de leyes que den los incentivos a los inversionistas para la producción de combustibles renovables. El gobierno del presidente Ortega debe de centrarse en la construcción de la refinería de petróleo para maquilar el petróleo venezolano y exportar derivados al creciente mercado de China. Ortega debe aprovechar el subsidio en el pago de la factura petrolera para inyectarle financiamiento al agro con su promesa del Banco de la Producción y producir con los miles de campesinos pobres el maíz y la yuca para producir etanol. La empresa privada debe invertir en plantas de procesamiento de etanol y biodiesel con el financiamiento del BID y colaborar con asistencia técnica a la producción campesina.

Consecuentemente una refinería en Nicaragua aumentaría la oferta local de combustibles, bajaría el costo del suministro a las generadoras térmicas pudiendo reducir el precio de la electricidad. Una producción masiva de maíz, yuca y caña aumentaría el ingreso campesino y dinamizaría la demanda interna. Este programa de aumentar el ingreso campesino es más sostenible que el programa de Hambre Cero que pretende regalarles comida a los campesinos. Los nicaragüenses debemos apoyar las políticas que resuelvan los problemas nacionales y no las que satisfagan los intereses ideológicos del gobierno de turno.

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