En la edición de LA PRENSA del martes 18 de enero del 2005 apareció una declaración de Herty Lewites que rezaba: “Me van a inhibir en los próximos 15 días, lo olfateo; van a buscar cómo sacarme del juego para que no corra pero yo voy a luchar en el Frente Sandinista, sólo la muerte me detiene”. Tres días después (21 de enero) escribí un artículo de opinión en el mismo diario titulado: Lewites: ¿otro montaje del Frente? En dicho artículo decía que la clase política nicaragüense nos tenía tan acostumbrados a la actuación y al montaje de situaciones ficticias que yo dudaba de la sinceridad de los motivos del ex alcalde sandinista. En mi opinión, esa podría haber sido una jugada inteligente del sandinismo considerando que Lewites era un hombre carismático, con una exitosa gestión en la Alcaldía, que gozaba de la simpatía de ciudadanos de todos los colores políticos y con mentalidad abierta. Decía yo literalmente: “Herty (…) representa el nuevo rostro, la nueva imagen de moderación que el Frente quiere presentar al pueblo para tener más posibilidades de ganar las próximas elecciones presidenciales. Sin embargo, creo que estaba sobreestimando la inteligencia danielista. Su plan era en realidad menos sofisticado, más burdo y primitivamente frontal: imponerse como candidato sempiterno y negociar con Arnoldo Alemán la reducción del porcentaje mínimo para ganar la Presidencia. El danielismo no estaba interesado en renovar el partido ni en abrir las puertas a figuras distintas. Ni lo está hasta el día de hoy.
Ahora sé que los motivos de Herty Lewites eran sinceros. Junto a él había un grupo de sandinistas refinados y pensantes que se separaron de un partido dictatorial y que formaron el Movimiento Renovador Sandinista (MRS). Al morir Lewites —para desgracia de Nicaragua—, Edmundo Jarquín asumió su lugar. Aunque el señor Jarquín es un hombre con una inteligencia clara, totalmente capaz de conducir un gobierno y con visión cosmopolita, carecía de lo que a Herty le sobraba: carisma. Y en política, este don es el más importante de todos. La falta de carisma fue también responsable de que Eduardo Montealegre, candidato de la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN), no consiguiera más votos. El carisma no se consigue con educación ni con dinero. Es un regalo de Dios.
El 23 de septiembre del 2005 publiqué otro artículo de opinión titulado: Una fórmula invencible, en el cual me refería a una posible alianza entre el MRS y la ALN. Para entonces ya había cambiado mi percepción de Lewites. En este segundo artículo decía que ni Eduardo Montealegre ni Herty Lewites —yendo cada cual por su lado— podrían derrotar a Daniel Ortega, porque el primero no lograba proyectar una imagen suficientemente atractiva ante los sectores populares y el segundo, aunque mucho más popular y carismático, no arrancaría suficientes votos duros danielistas. Por lo tanto, hacía un llamado a la fusión de estos dos movimientos. “Una alianza así —decía— sería invencible no sólo porque haría converger a la gran mayoría de partidos dispersos sino porque ofrecería la oportunidad a muchos sandinistas y liberales bajo el paraguas de los caudillos, de soltarse las vergonzosas cadenas a las que han sido sometidos”. Pero la alianza no ocurrió porque prevaleció el ego y faltó pragmatismo y visión de estadistas. Al final de mi segundo artículo decía: “es de esperarse que un socialista moderado como Lewites (y los ideólogos sandinistas que están con él) pueda encontrar puntos de coincidencia con un capitalista pragmático como Montealegre y trabajar juntos por una Nicaragua más libre y más justa.
La realidad de varios países suramericanos ha demostrado que la alianza entre el socialismo moderado y el capitalismo pragmático puede ser exitosa no sólo en términos de desarrollo económico sino también para el fortalecimiento de la institucionalidad democrática. Brasil es un ejemplo elocuente.
Las bases de los partidos democráticos de todas las tendencias (izquierda, derecha, centro) están listas para apoyar un proyecto de unidad nacional en Nicaragua en contra del autoritarismo antidemocrático. Los que detienen el proceso son los líderes políticos. Señores, es hora de dejar la retórica hueca y de actuar a favor de la Patria. Como diría Rubén: “Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos”. Es ahora o nunca.