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El peligro de la televisión en el dormitorio
Roberto Rosales
El autor es Ingeniero mecánico

Es probable que usted como papá se haya planteado si le compra o no una televisión a su hijo o hija para que la tenga en su habitación, tal vez pensando que ya tiene edad para ello y que se lo va a agradecer mucho, o que se la ha ganado por sus buenas notas en el colegio, o quien sabe por qué. Le sugiero que se tome un tiempo para valorarlo porque puede ser una mala decisión.

Para comenzar planteémonos para qué está la TV en nuestro hogar. Rápidamente respondemos: para distraernos y descansar, también educar e informar y no sólo los niños sino también los adultos. Sería ilógico que invitáramos a alguien a nuestra casa cuyo objetivo sea deformar, desunir e introducir malas costumbres. Estamos claros que lo positivo o negativo de la TV son los programas que escogemos ver. Al escogerlos va implícita la intencionalidad. Lo primero que hemos de pensar es qué papel le hemos dado a la televisión. Es más, preguntémonos: ¿hacemos un uso racional y crítico de la televisión?; ¿convertimos a nuestros hijos en receptores activos o pasivos?

El primer punto que le sugiero desarrollar es una actividad crítica ante este tema. Está claro que lo que vemos y oímos tiene una valoración que puede ser a favor o en contra de los valores con los que se quieren formar a los niños. Los que han de dar el primer paso en esta actitud son los padres. Si a ellos les falta argumentos o razones será muy difícil querer que los hijos tengan una opinión bien formada. Sirve, pues, para los papás los siguientes consejos: 1.— La primera medida es mirar los programas con los hijos, ya que ello posibilita el intercambio de información y la decodificación correcta de los mensajes transmitidos. 2.— Junto a esta observación conjunta de los programas, no podemos olvidar que para una observación crítica de la programación es necesario el conocimiento de los canales y la selección consciente de los programas que se ofrecen. Es importante que los comentarios que se realicen no se limiten exclusivamente a los contenidos de los canales sino a reflexionar entre el paralelismo de lo presentado por el canal y lo que ellos observan de la realidad. Los roles de las personas que han intervenido y la forma técnica y estética desde la cual se ha abordado el programa. 3.— No es aconsejable ver la televisión durante los tiempos de comida. Esto favorecerá que las comidas sean un momento de reunión familiar en el que los hijos aprenden a conversar de sus mil incidencias en el colegio y los padres aprenden a oír y comprender. 4.— Que los programas que se escojan para ver puedan ser vistos por todos. Que no haya programas que sólo pueden ver mamá y papá por los contenidos de los mismos. No olvidemos, como dijo un Santo: “lo que mancha a un niño, mancha a un viejo”.

Con esta perspectiva, la tarea de educar de los padres en el uso de los medios de comunicación requiere sacrificio, tiempo, formación, tal vez dejar otras cosas…

Un segundo punto muy importante es preguntarse dónde está el televisor en el hogar y cuántos hay. Es una práctica común que los papás tienen uno en su habitación, otro en la sala familiar y otro en la habitación de los niños. Son muchos los estudios que han asociado la cantidad de horas y el tipo de programación que ven los niños con el desarrollo de patologías como la obesidad, la hipercolesterolemia o los trastornos de conducta y las malas calificaciones que obtienen. Pero todo esto ¿tendrá que ver con el lugar donde esté colocado el televisor? Le diré que mucho. Mientras más fácil acceso y menos limitaciones de tiempo tenga frente a la televisión más horas consumirán y probablemente más perjudicados queden. Insisto en que la televisión ha de ser punto de encuentro familiar y no de desintegración. Por lo tanto, qué conveniente es sacar el televisor de los cuartos. Bastará con que haya uno en la sala familiar y que tenga horario. De lo contrario reinará la anarquía de ver lo que me da la gana cuando me da la gana, lo cual es muy deformante. Ojalá esto nos haga reflexionar.

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