Es odioso tener que escribir animado por un hecho tan trágico, pero la matanza de esta semana en una universidad de Estados Unidos es uno de los crímenes más abominables y espectaculares de ese tipo de los que tengo memoria.
Se unen a ese sentimiento pensamientos escalofriantes asociados con alguien a quien amo. Tanto mi madre como yo no dejamos de sentirnos incómodos cuando recordamos que, menos de un año atrás, mi hermana estudiaba aún en una universidad de California. Respiro profundo y se me humedecen los ojos al imaginarme qué habríamos hecho si ella se hubiese visto atrapada en un infierno semejante.
Era inevitable que la cruel e irracional matanza abriera de nuevo el debate en Estados Unidos y en el mundo —gracias al poder de la tecnología— sobre el control y la venta de las armas de fuego, sobre todo de armas cortas como las pistolas de 9 mm y 22 mm que usó el trastornado Cho Seung-hui, un estudiante surcoreano cuya familia pobre había llegado en 1992 en busca del sueño americano.
Es éste un debate apasionado y apasionante y con contexto muy complejo. Y una de las cosas más tristes es que, como sucedió con la masacre de Columbine en 1999, las cosas no cambiarán con la mayor probabilidad. Mucho menos ahora, cuando EE.UU. está a un año y medio de la elección presidencial y de la del Congreso.
Como ciudadano de un país que vivió una guerra larga, preferiría que el control de armas fuese lo más estricto posible y únicamente los cuerpos de seguridad pública —Policía, Ejército— y privada pudiesen portar armas. Estos últimos, eso sí, deberían estar debidamente entrenados y sus miembros gozar de plena salud física y mental.
Sin embargo, cada país tiene su propia cultura, tradición jurídica y experiencia histórica. Por ello, no pretendo dar aquí lecciones a EE.UU. sino analizar un poco.
Llama la atención de que estas matanzas ocurran con más frecuencia en escuelas estadounidenses que en otras partes del mundo desarrollado con mayores controles.
El guión es parecido en uno u otro acto y los protagonistas son niños, jóvenes u otras personas con graves problemas psicológicos, con vidas familiares quebradas o excluidos del sistema, verdaderos “losers” (perdedores) que se quedan prácticamente al margen.
El sistema estadounidense es altamente competitivo y orientado al éxito. Hay que ser un “winner” (ganador), tener dinero, fama, ser “cool”. Nadie se interesa por ti si eres un “loser”.
En su macabro manifiesto multimedia, Cho Seung-Hui revela el odio y el profundo resentimiento hacia “los niños ricos” y su “degeneración”. Si bien su familia era modesta para los términos estadounidenses, tampoco era muy pobre. Sus padres tienen un negocio pequeño de lavandería, compraron una casa de unos 400 mil dólares, su hermana es funcionaria del Departamento de Estado y él mismo había llegado a Virginia Tech, una politécnica de prestigio.
Desde la infancia, según revelaba ayer su abuelo en Surcorea, Cho tenía graves problemas de comunicación. No hablaba con nadie, afirman sus compañeros. Escribía obras teatrales con escenas de asesinatos en su clase de inglés, acosó a dos mujeres y hasta recibió tratamiento psiquiátrico. ¿Cómo permitió la universidad que continuara?
Admitamos que es absurdo pensar que, pese a controles reforzados, se pueda evitar por completo nuevas matanzas por sujetos perturbados imprevisibles.
El problema principal del tema del control de armas en EE.UU. está en la cultura política. El derecho de portar armas está refrendado en la segunda enmienda de la Constitución.
Para los defensores de la portación —más numerosos y más ricos—, es un derecho ciudadano tan irrenunciable como el derecho a la libertad de expresión, de prensa o de culto.
Quienes abogan por una prohibición —muchas veces han perdido a seres queridos—, alegan que la mayoría de los asesinatos se evitarían con tal medida. Apuntan a los menores índices de muertes violentas en Europa, Japón o Canadá.
A pesar de la tragedia, el despliegue mediático y el reavivado debate, no será nada extraño que las cosas no cambien.
La Asociación Nacional del Rifle (NRA) y otros grupos pro-armas han contribuido con 17 millones de dólares a las campañas de los políticos desde 1989, según el sitio web www.opensecrets.org, del Center for Responsive Politics, el cual monitorea los fondos de financiamiento político en EE.UU. El 85 por ciento fue para republicanos. En contraste, los grupos a favor de la prohibición han dado en el mismo período apenas 1.7 millones, 95 por ciento de ellos a los demócratas.
En 2008, la Cámara de Representantes y un tercio del Senado deberá renovarse. Con seguridad, casi todos quieren repetir. Y a ningún candidato en cuyo distrito la mayoría apoya la posesión de armas, se le pasará jamás por la cabeza proponer algo que es un suicidio político.