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Cho Seung-Hui, el atacante de origen surcoreano de Virginia Tech. (LA PRENSA/AP)
Poetisa había expulsado de clase a atacante

Allen G. Breed

AP

BLACKSBURG, Virginia.- El ambiente en la cancha de básquetbol era de derrota, parecido al de un funeral. Nikki Giovanni pareció ser una fuente de fuerza para una Universidad Virginia Tech sacudida por la depravación de uno de sus integrantes.

Pequeña, casi como un duende y con su discurso obstaculizado un poco debido a la pérdida de un pulmón, Giovanni hizo que la multitud en la ceremonia fúnebre se pusiera de pie y sumió a los dolientes en un fervor casi evangélico con las palabras: "Somos los Hokies. Prevaleceremos, prevaleceremos. Somos el Virginia Tech".

Casi dos años antes, Giovanni expulsó de su clase a Cho Seung-Hui antes de que éste cubriera de sangre a la universidad. Sus comentarios el martes mostraron que el hombre que había matado a 32 estudiantes y profesores no acabó con el espíritu de la escuela.

"Somos fuertes y valientes e inocentes y no tenemos miedo", dijo la poetisa de 63 años y cabello corto color platino a la multitud de dolientes. "Somos mejores de lo que creemos, no exactamente lo que queremos ser. Estamos vivos a la imaginación y a la posibilidad de que seguiremos inventando el futuro a través de nuestra sangre y lágrimas, a través de toda esta tristeza"

INDIVIDUO SOLITARIO

En septiembre del 2005, Cho se inscribió en el curso de introducción a la escritura creativa que impartía Giovanni. Desde el principio, comenzó a construir un muro que lo separaba del resto de la clase.

Usaba anteojos oscuros dentro del salón y se cubría la cabeza hasta la frente con su gorra tejida color marrón. Cuando ella intentó que él participara en un debate en clase, respondió con el silencio.

"En ocasiones los estudiantes intentan intimidarlo a uno", dijo Giovanni a The Associated Press en una entrevista telefónica el miércoles. "Y yo simplemente asumí que él intentaba afirmarse a sí mismo".

Pero entonces las alumnas comenzaron a quejarse de Cho.

Cuando el semestre llevaba unas cinco semanas, las estudiantes le dijeron a Giovanni que Cho estaba tomando fotografías de sus piernas y rodillas bajo los pupitres valiéndose de su teléfono celular. Ella le dijo que eso era inadecuado y le pidió que dejara de hacerlo, pero el daño ya estaba hecho.

“NO QUERÍA APRENDER NADA”

Las alumnas se negaron a asistir a clase, y en lugar de ello enviaban sus trabajos por correo electrónico. En cuanto a Cho, no estaba aportando nada al ambiente del salón de clases, sino que más bien estaba quitándole.

Su trabajo no tenía ni métrica ni estructura ni ritmo. Para Giovanni, era simplemente "una larga y prolongada denuncia".

"No había escritura. Yo no le estaba enseñando nada, y él no quería aprender nada", señaló. "Y finalmente me percaté que el señor Cho se tenía que ir, o si no me iba a quedar sin clase".

Giovanni le escribió una carta a Lucinda Roy, directora del departamento en ese entonces, quien retiró a Cho de la clase.

Roy avisó a la oficina de asuntos estudiantiles, a la oficina del director, incluso a la policía de la universidad, pero todos respondieron que no podían hacer nada si Cho no había hecho amenazas explícitas hacia sí mismo o hacia otros. Entonces Roy se convirtió en una especie de tutor personal para él, hasta que el semestre concluyó y cada uno siguió su propio camino.

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