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Por un nivel de excelencia en el uso de nuestro idioma
Pedro Joaquín Solís M.
El autor es Abogado y Notario

Las palabras son seres vivos que guardan una historia, la cual podría remontarse hasta la infancia de la humanidad.

Renombradas catedráticas de Español cri-

tican agriamente el empleo de un lenguaje rebuscado por algunos jueces en sus sentencias y de frases latinas por los abogados en sus intervenciones orales. Su desacuerdo las lleva a colocar a estos abogados bajo la lupa de sus críticas y escriben artículos invitando a utilizar un lenguaje sencillo para que las “personas de bajo nivel académico lo entiendan”.

Aciertan al sugerir que jueces y abogados empleen un lenguaje inteligible, ya que quienes habitualmente nos comunicamos con otros, seamos abogados o no, al igual que La Bruyere, podríamos pensar: “Si queréis decirme que hace frío, decid sólo: Hace frío. Si queréis manifestar que llueve y que nieva, decid: Llueva, nieva”.

Sin embargo, a pesar de existir la necesidad de un lenguaje inteligible para que legos e ilustrados entiendan los documentos legales, la solución no es emprender una cacería de brujas contra el lenguaje jurídico, ni, como proponen algunos catedráticos, que palabras como sub judice, sub lite, letrados, folios y otras, se supriman y se reemplacen por palabras como páginas, hojas, juicios, etc.

El Derecho, como la Psicología, la Lingüística, la Física, etc., tiene su argot, ese arsenal de conceptos propios de cada disciplina y porque no entendamos palabras como esquizofrenia, status quo, sinécdoque, vectores, no pediremos sustituirlas por las que el pueblo comprenda. Consintamos entonces que los abogados o jueces que dicen “Actio ad exhibendum” continúen haciéndolo. Una inmensa cantidad de conceptos jurídicos provienen del latín y tiene su razón de ser el empleo de frases latinas en las exposiciones legales.

Desde la primaria hasta la universidad se nos enseñó que la lengua es un producto sociocultural que nace, crece, se desarrolla y muere y tarda centenares de años en asentarse en un país o región. Las palabras son entonces seres vivos que guardan una historia que podría remontarse hasta la infancia de la humanidad. ¿Por qué prohibir las que suenan “elevadas o raras” sólo porque hay quienes no las entienden?

Es desafortunado que haya quienes no entiendan palabras como folio, desinsaculación o cedant arma togae, pero, ¿cómo dominaremos el Español si aplicamos la ley draconiana de mutilar el inagotable tesoro de nuestro idioma y censuramos las expresiones extranjeras por raras o ininteligibles? Octavio Paz escribió: “Las lenguas son realidades políticas más vastas que las entidades políticas e históricas llamadas naciones”. ¿Perseguiremos entonces a las palabras que son las células primigenias de esa inmensa realidad?

Para entender el significado de las palabras están los diccionarios (mataburros, les decimos cariñosamente en Nicaragua). Si alguien de bajo nivel académico no sabe el significado de una palabra que pregunte o que consulte un diccionario y si no sabe leer, que se esfuerce por aprender.

Los nicaragüenses somos los menos indicados para requerir la vulgarización de nuestra lengua porque nuestro máximo orgullo literario es un poeta de la talla de Rubén Darío. ¿Demandaremos que Darío sea “traducido” para que el pueblo lo comprenda y donde escribió “zarpa” diga garra y que se extirpen palabras como “hípnicos”, “cucurbitáceas” y que las sustituyan por otras más accesibles porque la primera no aparece en ningún bendito diccionario y la segunda es extensa? Y qué decir de voces indígenas como tlamachtiani o in tlilli in tlapalli: ¿Las eliminaremos de los textos en que aparecen?

Personas ilustradas que critican el uso de “galimatías” por parte de jueces y abogados opinan que: “Algunos abogados se sienten “una top model en la pasarela”. Dudo que esta frase en inglés la hayan entendido los de bajo nivel académico, pero estos críticos utilizan este artificio retórico en los mismos artículos que critican el lenguaje legal rebuscado.

Cuando Sancho Panza preguntó a Don Quijote qué era eso de “albogues”, Don Quijote le respondió que era una palabra de origen morisco, le explicó su significado y le brindó una breve lista de ellas: almorzar, alcancía, etc. No execró esas palabras por ser hijas de la terrible invasión árabe a España que duró siete siglos y que bien pudo arrasar con la cultura española. ¿Debió clasificarlas como palabras del invasor árabe, del islam?

Por consiguiente, cualquier persona con o sin nivel académico, sin condenar a la hoguera ninguna palabra por rara, fea o extranjera, mejor que se esfuerce por penetrar al mundo interesante y hasta maravilloso de nuestra lengua y las extranjeras si fuera posible, que tal tarea constituye sin lugar a dudas una actividad lúdico-intelectual provechosa y placentera.

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