Lo fundamental es la presencia de un color gris que impone taimado sus degradaciones ubicuas. Nada planificado, es un gris que se fundamenta en los colores espontáneos del cemento, aparece en paredes, puentes, bardas, calles y cunetas, rebota en máquinas vencida o invictas, se apaga y se pervierte en el espejo de infinitas láminas metálicas, se mezcla lento en el espectro de la intemperie y nos da unas sombras de temperamento paulatino, unos ocres filtrados a paso de caracol, unos demorados colores de herrumbre, unos tonos añejos de manera húmeda, con esquivos tachonazos de chapopote y de mugre común.
Nuestra sintaxis y nuestra prosodia visuales nos arrojan un gris sigiloso, cosmopolita, universal, crecido y propagado a espaldas de todos los siglos. El gris de Tai Pei es fuerte y es osado, su vocabulario es dilatado y es elástico, es capaz de dilucidaciones e hibridaciones innumerables. Es un gris inmenso que ha crecido solo, a sus anchas, por el revés de todas las planificaciones arquitectónicas, urbanísticas o edilicias.