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Otra vez sobre el tablero
Eduardo Enríquez

Tomó menos de 100 días al nuevo gobierno colocarnos otra vez sobre el tablero del ajedrez geopolítico. Con gran “eficiencia” el Gobierno ha logrado que, como en los años ochenta, se vea al país como parte de un bloque que está contra otro.

Para variar, y dando muestras de una gran falta de olfato en política exterior que no han podido curar más de 30 años metidos en las lides de la política, el presidente Daniel Ortega ha escogido el lado perdedor, el problemático, el buscapleitos.

A pesar que Ortega tenía esta vez muchos ejemplos que podía imitar de un gobierno de corte socialista en Latinoamérica, el Presidente se alineó con lo peorcito del vecindario, Hugo Chávez, su verborrea y su confrontación con Estados Unidos, pero no sólo le bastó eso, sino que también se codeó con Irán, que ya no es el malo del barrio, sino el malo de la aldea, nadie lo quiere por “invivible”.

Sólo Ortega, su Canciller y su Embajador ante las Naciones Unidas salieron a defender una loca carrera nuclear de la que ahora hasta Corea del Norte está desistiendo.

Nicaragua e Irán no tienen nada en común, lo de Ortega se explica únicamente porque Chávez necesita legitimar a un socio productor de petróleo que además de seguirle la corriente en la cuestión de aumentar el precio del crudo, también le vende armas. O sea, que Chávez busque a Irán tiene sentido porque sin precios altos en el petróleo Chávez se quedaría como el monito del chiste, haciendo muecas y hablando... necedades. ¿Pero Ortega?

Uno tiene que preguntarse cuál es el afán de estar alineado, de buscar bochinche a nivel internacional, de ser un peón en un juego de ajedrez mundial o peor aún, regional.

“Bueno”, me dirán algunos de mis fieles lectores danielistas —porque los tengo a juzgar por los correos cargados de cariño que recibo de algunas personas—, “la ‘solidaridad’ venezolana no se ha hecho esperar”.

Examinemos entonces esa solidaridad venezolana. Primero, el petróleo. No viene ni regalado ni a precio más barato que el de mercado, todo lo que entre se va a tener que pagar. En las gasolineras, cuando se venda, va a tener el mismo precio de mercado. No hay solidaridad ahí, pues los únicos beneficiados van a ser los socios privados que conforman Albanic, que van a “chinear” un montón de plata por mucho tiempo.

“Pero el pasaje en bus vale dos córdobas”, pueden agregar. Bueno, pero eso sólo en Managua, y como el precio que se pagará al final es el de mercado, el subsidio no lo da Venezuela, sino la Alcaldía, o sea el contribuyente.

“¡Ajá!, pero gracias a Venezuela no tenemos esos odiosos cortes de luz que nos heredó Bolaños”, me diría el ferviente danielista hoy también chavista.

¿Pero a qué costo? Hemos comprado plantas por 100 millones de dólares que además producen energía con una tarifa que es la segunda más cara del sistema, cuando se pudo contratar —en tiempos de Bolaños— una barcaza por un tiempo definido que generaría más barato.

Como dijo esta semana el general en retiro Hugo Torres, la solidaridad es con Ortega y su grupo. En otras palabras, Ortega ofrece al país como peón, en un juego donde él tiene garantizado salir ganando.

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