Hace apenas unos meses mientras en Irak al ex dictador Saddam Hussein se le ponía la soga al cuello por su culpabilidad en el exterminio de una comunidad kurda, aquí en Nicaragua al ex dictador Daniel Ortega acusado del exterminio de centenares de miskitos en la Costa Atlántica nicaragüense y de otras acciones no menos graves en la década de los años ochenta, se le ponía la banda presidencial, 16 años después de haberla perdido. ¿Irónica es la vida verdad? Pero así es.
Vestido de blanco, sin contestar insultos y con un mensaje casi papal de paz y reconciliación llegó al poder. La famosa canción de campaña que decía: “Lo que queremos es trabajo y paz” provocó en muchos nicaragüenses delirios de bienes abundantes que aún no llegan.
El traje blanco es no más la piel del cordero que oculta al lobo, el silencio tolerante se va convirtiendo en respuestas irónicas y agresivas, la canción pegajosa ya ni los que votaron por él la quieren cantar, los despidos superan los empleos y la paz no reina ni en su rebaño, guiado a título personal por nuestro querido Cardenal.
Ejemplos de retrógrado totalitarismo ya asoman en el incipiente Gobierno. A Nicho lo metió en su nicho, perdón en su zapatería, tan sólo por opinar que no está bien realizar funciones de Estado donde atiende asuntos de su partido. Parece que el alcalde Dionicio Marenco no entiende que estas medidas son de ahorro para el partido ya que ahora saldrán como gastos de Estado.
El Vicepresidente pusilánimemente dio a entender que estaba de acuerdo con el Alcalde, pero con la planchada que le dieron al edil capitalino bajó la testa con su rancia diplomacia y su lacónico comentario se convirtió en silencio.
Margine Gutiérrez, haciendo honor a su cargo en Cultura, manifestó su desacuerdo con que Ortega haya regalado manuscritos de Darío a Chávez, fue su pecado para el despido inmediato
La dirección nacional decidía y ordenaba en la época oscura, ahora basta con el binomio Ortega-Murillo para hacer y deshacer, y quien se atreva a cuestionar paga las consecuencias, así sea san Ministro o san Alcalde. Si no hay tolerancia para sus compañeros revolucionarios, ¿qué nos espera a los que no somos santos de su devoción?
Lo que sí es oportuno reconocer es el valor de quienes se han atrevido a disentir de las torpezas del matrimonio presidencial, aún sometiéndose a la humillación pública y al despido de su cargo. Esto tiene mayor mérito que callar como callan otros, inclusive el coordinador del Consejo de Reconciliación y Paz, por no contrariar al comandante ni arriesgar a los reyes, quienes gozan de privilegios recibidos por su utilidad a Ortega.
Este Gobierno quiere bendiciones del clero, del pueblo, disciplina de paso doble, no tolera objeción a sus decisiones así sean descabelladas, así atenten contra las libertades públicas, así arriesguen el futuro de la nación. Hacer un alto en su mandato y escuchar la sana crítica les conviene, ya son muchas las voces que se alzan y la corrección a tiempo es buena.
Reza un refrán árabe: “Si alguien te dice que eres un camello, no le hagas caso, si te lo dicen dos, mírate al espejo”. Ya Ortega y su esposa deberían hacerlo, no importa si revienta el cristal, es peor cuando revienta un pueblo, nadie lo detiene y el Presidente lo sabe mejor que nadie.