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La convivencia en La Esperanza es pacífica. Las internas desarrollan cierto nivel de integración por medio de actividades religiosas, deportivas y culturales. (FOTOS: LA PRENSA/D. NIVIA)
La vida continúa en la cárcel de mujeres
La condena de las mujeres del Centro Penitenciario La Esperanza viene con agregados. Una de cal y otra de arena. Desde molestos “intrusos” como los jelepates, hasta herramientas para seguir adelante una vez que salgan de la cárcel
Martha Solano Martínez
nacionales@laprensa.com.ni
Colaboradores que ayudan al cuerpo y al espíritu

Las iglesias evangélicas y católicas son las principales colaboradoras del Centro Penitenciario de Mujeres La Esperanza, con productos alimenticios, círculos de oración, cursos académicos, entre otros.

De las 215 internas, 32 tienen familiares internos en otros penales y 25 tienen al cónyuge en la Cárcel Modelo de Tipitapa.

57 privadas han sido declaradas enfermas crónicas, por padecer epilepsia, hipertensión o diabetes. A éstas se les prioriza para que pasen el día bajo la sombra de un árbol de mango.

La mayor parte de ellas están internas por haber cometido delitos contra la salud, como el tráfico de drogas. Este aspecto las exime de los derechos legales como el indulto, pero organizaciones como el Patronato están impulsando una campaña para cambiar las reglas del juego.

Guadalupe Cornejo, de la junta directiva del Patronato de La Esperanza, afirma que requieren el apoyo de toda la sociedad para que se reforme la Ley 285 (Reformas y Adiciones a la Ley de Estupefacientes, Sicotrópicos y Sustancias Controladas), sobre todo en los dos artículos donde hay una desproporción entre la pena y el delito cometido.

Mientras los grandes delincuentes en Nicaragua gozan de plena libertad y los grandes narcotraficantes salen libres, las mujeres aquí con dos gramos o cinco gramos (de droga), pagan penas y no tienen beneficios de ningún tipo.

Aprenden oficios

El Patronato del Sistema Penitenciario La Esperanza trabaja en función de ofrecer alternativas laborales a las internas, con el objetivo de que puedan insertarse sin problemas a la sociedad, sobre todo en el ámbito laboral y que tengan cómo mantener a sus familias.

El Centro Penitenciario de Mujeres La Esperanza está plagado de jelepates. La alerta surgió hace un par de meses, pero ahora los diminutos intrusos comparten junto a las privadas de libertad sus cuartos, camas, libros, ropa… todo.

“La epidemia ya pasó a otra etapa. Ya no sólo están en la Biblia o en los cuadernos, sino que se metieron en las paredes y en los colchones. La solución que han dicho es quemarlos”, explica María Ester Ruiz, ex capitán de la Policía Nacional condenada a 24 años de prisión por tráfico de drogas, de los que ya ha cumplido nueve.

Pero la preocupación de Ruiz no consiste en deshacerse de los colchones, sino en cómo van a reponerlos.

En este centro penal residen actualmente 215 internas, de las cuales 16 duermen en el piso por falta de camas.

La capacidad para la que fue diseñado el Centro Penitenciario La Esperanza es de 141 personas. Es decir que además del problema con la plaga de jelepates, hay 74 mujeres por encima de la capacidad del centro.

“Ya no tenemos espacio para recibir a más privadas de libertad, pero si las mandan tenemos que recibirlas. No hay camas suficientes. Hay 16 mujeres que duermen en el suelo, sobre los mismos colchones plagados de jelepates”, agrega la alcaide Modesta Ortiz.

Y como dice la interna Ruiz, los jelepates “no discriminan color ni tamaño, se alimentan del líquido vital, la sangre, y se reproducen de una manera increíble”. Tampoco distinguen jerarquías.

La recomendación que les hizo el Ministerio de Salud (Minsa) fue eliminar todos los colchones, pero el centro no tiene fondos para renovarlos. Mientras tanto, existe la posibilidad de que por medio de la juez Cuarto de Distrito de Managua, Carolina Ortega, se logre una donación de 200 colchones a través de la Alcaldía de Managua, pero aún no han fijado fecha.

RACIONES CONTADAS

Las necesidades de La Esperanza no terminan ahí. Además de la falta de camas, de espacio y la visita inesperada de los jelepates, la comida y la medicina no son los mejores aspectos a destacar en el penal de mujeres.

Según el divulgador del Sistema Penitenciario Nacional, Oscar Molina, el Estado aún no ha confirmado cuánto será el presupuesto con el que contarán los penales del país el presente año. Sin embargo, los registros indican que el penal de mujeres asigna un promedio de 14.21 córdobas para la alimentación diaria de cada interna, y en los demás penales el presupuesto alimentario es de 10.60 córdobas diarios por cada privado de libertad.

Respecto al presupuesto para la atención médica, Molina informó que a nivel nacional se asignan 12.37 córdobas mensuales para cada reo.

Aparte de eso, no hay presupuesto para uniformar a los internos y es por eso que se le exige a cada privado de libertad que asuma su uniforme, utilizando vestimenta azul.

VOLUNTARIADO

Con la situación del penal de mujeres se han solidarizado muchas organizaciones, entre estatales, no gubernamentales, iglesias católicas, evangélicas y otras.

Existe una organización llamada Patronato Nacional, conformada por representantes del Estado y la sociedad civil, quienes se encargan de buscar soluciones a la mayor parte de problemas del Sistema Penitenciario Nacional.

Según las reglas que crearon el Patronato Nacional, éste debe estar conformado por representantes del Ministerio de Gobernación, del Sistema Penitenciario, dos miembros de la Iglesia católica, dos miembros de la Iglesia evangélica y dos miembros de asociaciones que promuevan los derechos humanos.

En cada centro penal hay un Patronato. En el caso específico de La Esperanza, el Patronato tiene unos 16 años de existencia y lo dirige una junta directiva integrada por un presidente, un vicepresidente, un secretario, un fiscal y cuatro vocales. Todos ellos, voluntarios, están haciendo su mayor esfuerzo por cubrir la emergencia de la plaga y los colchones.

“Los patronatos son un apoyo integral a las gestiones del Ministerio de Gobernación y los centros penitenciarios. Si hace falta algo en la estructura física, el Patronato colabora. El apoyo de los patronatos no sólo es en la parte económica, se trata de hacer una labor integral que coadyuve a los centros penitenciarios en el bienestar de los privados de libertad”, explica Guadalupe Cornejo, secretaria de la junta directiva del Patronato de La Esperanza.

“También el patronato trabaja para darles algunas herramientas para que cuando salgan las privadas de libertad tengan algo con lo que puedan defenderse, porque a veces cuando salen reciben el rechazo de la sociedad y difícilmente consiguen empleo”, expresa Cornejo.

ASÍ PASAN EL TIEMPO

A las 215 internas de La Esperanza sólo les quedan dos cosas, esperar el fin de sus condenas y aprender a sobrellevar las penurias con que se encuentran durante su estadía en el penal.

Mientras las soluciones llegan, la relación entre los colaboradores, las funcionarias del sistema penitenciario y las privadas de libertad parece alcanzar confianza con el pasar de los años.

La alcaide Modesta Ortiz asume como problemas comunes la “chismografía” y la conducta inadecuada entre las internas.

“Rebeldía no hay. Lo que hay es bastante integración. Todos los viernes tenemos mañanas culturales y deportivas con la población penal, juegan ping pong, voleibol, a diario hacen prácticas espirituales con las iglesias, teatro, danza, coro cristiano, clases de belleza, y todos los programas se ejecutan a través de las donaciones de los organismos gubernamentales y no gubernamentales”, explica Ortiz.

En los actos culturales las mujeres participan como si todo transcurriera bajo normalidad. En La Esperanza nadie pierde el tiempo. La mayor parte de las privadas han aprendido oficios que les ayudan a entretenerse y a la vez a prepararse para encontrar un medio de sobrevivencia una vez que sean libres.

Durante su estadía, las internas aprenden a ejecutar la marimba y la guitarra, a bailar danza folclórica y cristiana, reciben cursos de costura, belleza, computación, talleres sobre derechos humanos y VIH-Sida, gracias a las organizaciones que apoyan al penal.

Una de las impulsoras del quehacer cultural dentro del penal es Karelia Castellón, condenada a 30 años de prisión por el asesinato del sicólogo Douglas Guerrero. Ella coordina el sonido de las actividades, dirige el grupo de música, es la maestra de danza folclórica y organiza las misas de los sábados.

Johana García, una joven de 30 años, llegó al penal hace tres años y tres meses. Su condena es de cinco años de cárcel y una multa de un millón de córdobas por el delito de tráfico de drogas.

Como Johana hay 183 internas que fueron condenadas por delitos que atentan contra la salud, y por eso no gozan de beneficios legales como el indulto.

Ella está consciente de eso y con la experiencia de la prisión se declara convencida de haber aprendido la lección. Su meta es estudiar contabilidad pública luego de cumplir su condena.

Un 30 de mayo, “un padre de la parroquia de San Judas dijo que nos iba a ayudar para entrar a la universidad. Yo pienso estudiar contabilidad pública, ya estuve antes, saqué el primer año, era un técnico, pero no lo terminé por la economía”, cuenta la joven que tiene cuatro hijos, dos de 9 años y otros dos de 10 años.

Mientras ese día llega, Johana ha aprovechado todo lo que puede. Aprendió a tocar marimba gracias a Alfonso Flores “Tuntún” y Elizabet Galo, de la escuela de marimba Flavio Galo, y ahora le enseña a otras compañeras, porque a como ellas reconocen, en el penal “nadie es eterno”.

“En lo personal me interesaba aprender a tocar marimba y me promocioné con un repertorio de diez canciones y ahora estoy como instructora. Mi canción favorita es La Mora Limpia porque es la primera que uno aprende y es la más costosa. Si pasás esa, las pasás todas”, explica Johana entre sonrisas. Pero eso no es todo, ya que en esos más de tres años ha recibido cursos de corte y confección, manualidades, derechos humanos, VIH-Sida, “y varias cosas que el día que salga de aquí me van a servir para estar con mis hijos”.

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