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Se busca: política exterior
Alberto L. Alemán Aguirre

¿Tiene Nicaragua una política exterior?

Aparentemente, la respuesta es obvia. Somos un Estado y todo Estado la tiene. Pero la realidad es mucho más compleja.

El gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo llega a sus cien días y es hora de las primeras evaluaciones.

Queda claro que el estilo del ejercicio del poder del nuevo Ejecutivo es “bastante autoritario”, como lo puso un diplomático; que no hay disposición de respetar la legalidad y que se apunta a construir una institucionalidad paralela de “democracia directa”; que la política económica sigue siendo una gran incógnita y que se ha impuesto la sumisión irracional a Venezuela, aun en contra del interés nacional.

“Hay un retroceso” en gobernabilidad e institucionalidad, decía el amigo diplomático. Es una impresión que comparten políticos opositores, amplios sectores de la opinión pública y observadores foráneos. Sin embargo, es la política exterior de la que nos ocuparemos aquí.

El retorno del FSLN al poder completo marcó un viraje radical en esta política en cuanto a simpatías y prioridades, pero al final, solamente confirma un fenómeno histórico afianzado desde el siglo XX: la sumisión de los gobiernos nicaragüenses a un poder foráneo.

La dictadura de los Somoza y los gobiernos de derecha tendieron a someterse a los designios y a la hegemonía de Estados Unidos. Hubo períodos de entreguismo que lesionaron la soberanía.

En la década de 1980, el país cambió de frente en la Guerra Fría y obedeció al patrón Cuba-Unión Soviética con las consecuencias sangrientas y desastrosas que todos conocemos.

Son comprensibles las afinidades entre Ortega y Hugo Chávez, pero las actuaciones del Gobierno son erráticas y algunas peligrosas. No existe una estrategia definida o un pensamiento rector.

Muchas acciones no parecen obedecer a alguna lógica. ¿Qué utilidad tiene convertirnos en un triste peón de Chávez en su pugna con el liderazgo regional de México? Los beneficios del Plan Puebla Panamá —una autopista mesoamericana, la autopista digital, la interconexión eléctrica, una refinería y otros proyectos— trascienden la importancia de las ideologías. ¿Es que el “socialismo del siglo XXI” (¿?) podría ingeniárselas sin internet o sin carreteras?

En el afán de boicotear la reciente cumbre de Campeche, se recurre al pseudopatriotismo y se inventa una polémica absolutamente artificial con Colombia. El asunto está en La Haya y es allí donde debe quedarse. Además, la aproximación colombiana al PPP lleva ya unos años.

La economía tiene sus propias reglas y cuando la ideología, las conveniencias partidistas y anteponer los intereses extranjeros privan sobre ellas, el resultado es un desastre. Esa es una de las lecciones de los años 80. Pero este sandinismo no parece haber aprendido nada.

El ejemplo es el etanol. Nicaragua acaba de desperdiciar la oportunidad de ser la sede de un proyecto piloto de EE.UU. y Brasil. Estamos perdiendo entrar a un negocio de futuro en un mercado mundial que va a crecer y que puede traer inversiones, empleo y tecnología.

El ecuatoriano Rafael Correa, quien es un economista doctorado en Estados Unidos, ha sido más listo que Ortega. Pese a su amistad y los proyectos energéticos petroleros que desarrollará con su aliado Chávez, mira primero los intereses de su país y no ha dudado en firmar con Brasil un acuerdo para el desarrollo de biocombustibles. No le pidió permiso al jeque caraqueño ni le convencen las nobles justificaciones filosóficas del dictador habanero, hoy dedicado a las lides de editorialista.

Entonces, ¿ cómo entender que nuestro presidente haya descartado de un plumazo la producción masiva de biocombustibles y haya inventado una excusa para no verse con Luiz Inácio Lula da Silva ? Es una actitud rayana en la ciega irracionalidad. Lo más triste, es que evidencia la absoluta incomprensión de la economía globalizada en un país sin autosuficiencia energética.

La obediencia hacia el patrón venezolano es el motivo. A él, el etanol le arruina el multimillonario negocio del petróleo. Chávez ha prometido una cooperación millonaria que no estará bajo el control de las instituciones existentes y que servirá para fortalecer al Gobierno. Privan de nuevo los intereses partidistas y personales.

Vale la pena preguntar si esta administración de verdad está interesada en construir centrales hidroeléctricas, por ejemplo. Es dudoso. ¿Para qué? Políticamente le conviene mantenernos en la dependencia del petróleo venezolano, aun a costa de un nuevo endeudamiento externo masivo.

Los funcionarios sandinistas juran que pese al Alba, seguiremos en el DR-Cafta y que las relaciones con EE.UU. seguirán siendo buenas. No hay completa seguridad de esto.

Nicaragua debe tener buenas relaciones con EE.UU., que es el principal mercado de nuestras exportaciones —también del petróleo venezolano—, el país más poderoso del mundo con el cual nos unen vínculos históricos.

¿De qué nos sirve apoyar a Irán? De absolutamente nada. Al contrario, arriesgamos las buenas relaciones con países amigos y dañamos nuestra imagen al asociarnos a un régimen que desafía al Consejo de Seguridad de la ONU.

El sandinismo siempre ha acusado a la derecha de ser “vendepatrias”, “serviles” y “lamebotas de los yanquis”. ¿Es que lamer las botas de Chávez es moralmente mejor? ¿Qué pasará cuando el teniente coronel ya no esté o si caen los precios del crudo?

Hubo una vez un gran y fuerte país, cuyos dirigentes creían que la historia estaba de su lado. Se llamaba la Unión Soviética. Hoy es historia.

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