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El dilema del liberalismo
Emilio Álvarez Montalván
El autor es académico y analista político.

Desde comienzos del pasado período electoral resultaba evidente que la división del liberalismo lo llevaría a su derrota, que produciría consecuencias negativas a la incipiente democracia nicaragüense, sin embargo, los candidatos de ese partido pusieron oídos sordos a las reiteradas advertencias, impregnados de ingenuidad con egocentrismo. Lo que al final resultó fue un partido liberal seccionado en dos pedazos casi iguales, mientras el adversario vencía con un magro 38 por ciento.

En estos momentos, ya tenemos los primeros frutos de ese craso error, que no sólo ha perjudicado al liberalismo sino al 68 por ciento de los ciudadanos que no votaron por el orteguismo. En efecto, apenas transcurren dos meses cuando los epígonos del Presidente pregonan su reelección. Ni siquiera esperaron los tradicionales cien días para evaluar la capacidad del gobernante. En realidad, los que recomiendan ese continuismo desconocen la historia de Nicaragua, repleta de tragedias causadas por la obsesión de quedarse en el mando el gobernante de turno.

Empecemos por don Fruto Chamorro, si bien un estadista, cedió a los halagos del poder reformando la Constitución para seguir de mandatario. La reacción inmediata fue una invasión desde Honduras que derrotó al gobierno. Al final don Fruto murió el 12 de marzo de 1855, de “cólera morbus”, dejando al país a la deriva. Años después otro prócer, Tomás Martínez, se reeligió en 1863 provocando una sangrienta guerra fratricida. Posteriormente, Roberto Sacasa, contrariando la ley pretendió continuar gobernando cuatro años más. Como resultado sus mismos correligionarios lo derrocaron en abril de 1893.

A José Santos Zelaya, un talentoso reformador tres veces reelecto por constituyentes ad hoc, le fue peor, pues durante su prolongado mandato le organizaron otras tantas revoluciones. Al estallar la última, el 21 de diciembre de 1909, abandonó el país empujado por la nota Knox. El caso de Somoza García es especial, pues durante 20 años (1936-1956) se las arregló para quedarse en la Presidencia apoyado por el partido opositor, a cambio de cuotas de poder que crecieron al fundar la dinastía. Años después era abatido a tiros el 21 de septiembre de 1956. A su hijo, Anastasio, no le valió un triunvirato para proseguir en la Loma (palacio presidencial), pues el 19 de julio de 1979 una guerrilla perseverante le hizo volar a Miami y meses después un bazucazo le mató

El pretexto que se da ahora justificando la repetición del período del señor Ortega es la modernización de nuestra Carta Magna. En verdad, la Constitución está al día al definir al Estado como democracia participativa, restablecer los conjueces, dominar el veto presidencial por mayoría simple, crear el Conpes, etc. En todo caso, el dilema está planteado: o el liberalismo repara su equivocación cerrando filas para formar un retén a las pretensiones continuistas, o bien se convierte en partido zancudo. La pregunta final es ¿cómo puede el liberalismo vender su primogenitura por un plato de lentejas, ignorando que está apoyando a un régimen populista autoritario que copia el diseño neosocialista de un país extranjero?

Lo urgente es armar una agenda legislativa unificada, incluyendo al MRS, frente a las reformas constitucionales. Por otra parte, disponen de una guía para empezar negociaciones, tomando los pasados comicios como un plebiscito, donde midieron fuerza las dos tendencias. En efecto, una obtuvo el 48 por ciento y la otra el 52 por ciento aproximadamente. Esa distribución puede facilitarles la adjudicación de las candidaturas municipales

Para finalizar recordemos aquel pasaje bíblico cuando dos mujeres, que disputaban la maternidad de un niño, acudieron al Rey Salomón. Mientras la falsa madre aceptó que la criatura fuera partida en dos, la verdadera progenitora prefirió que la otra se llevara al niño vivo y entero, en vez de que fuese despedazado. Al buen entendedor pocas palabras.

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