Ahora que el mundo cristiano conmemora el histórico suceso del sacrificio de Jesús, Verbo Divino que descendió del cielo a la tierra para ser luz del mundo y salvador del hombre, para quien hoy desde el fondo de la fe es el momento propicio para meditar entre lo sustancial del espíritu y la materia para reflexionar los valores elementales en cuanto a su aplicación en la dimensión de la vida.
Jesús, divino pastor que nació y vivió con los pobres, que se manifestó sereno y altivo en los corazones cuyos recónditos sentimientos penetró, es el Jesús en quien yo creo, porque es la verdadera y única transformación de la verdad, el sacramento que oculta y que a la vez trasluce su divinidad con señales visibles para los hombres del mundo invisible de Dios. Él es mi líder y mi amigo que me entiende en todo momento sin pedirme nada a cambio.
Él conoció la dureza del trabajo, de la angustia, de las penas y alegrías como los efectos de la injusticia y la intolerancia, que tendido en el fondo de la barca experimentó el fragor de la tempestad, esa tempestad que no es sólo un momento ni una nueva escena en el teatro del mundo, sino la profundidad de la historia que va corriendo sobre la más alta cima de la montaña universal.
Este Jesús es mi guía y mi maestro que consciente con mi flaqueza humana siempre está a mi lado en el buen y mal tiempo, sosteniéndome oportunamente para que no caiga en el error de la derrota a donde muchas veces el mundo del mal nos conduce; excitándome para que aprenda amar, perdonar y servir en tiempo y forma con la altura de un corazón altivo y humanista; que va conmigo por el camino de la vida guiándome con lealtad como el verdadero amigo que no traiciona ni abandona, ni es falso, ni mentiroso.
Es el Jesús que cual cristalina fuente llegó en el tiempo cuando la esperanza de los hombres fenecía y se agotaba en el camino de la injusticia y la intolerancia, cuando la libertad individual y colectiva era perseguida sustentándose en el odio ancestral y en el temor a la pérdida de espacios políticos con ansias de poder y de gloria.
El Jesús que llegó cuando el pueblo había perdido la noción del auténtico Mesías y había trocado su semblanza por la del guerrero audaz vidente militar que abatiría y exterminaría reinos y cabezas de poderosos.
Este hombre divino, que sin afectaciones ni cálculos preconcebidos vino para confundirse con los humildes y los desposeídos, para saborear sus dolores y compartir sus desventuras. El que desde el paráclito llegó para servir y no para ser servido, no para conquistar los poderes temporales de esta tierra, no para levantarse prepotente como Dios omnipotente, sino para convertirse en humilde hermano de los hombres y compartir su pan y su vino como símbolos eternos de amor desprendiéndose el boato regio de su linaje y del trono imperial que le pertenecía, se entregó al sacrificio del madero en el más sublime holocausto de la humanidad.
Este hombre divinamente singular que en el albor de la aurora dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” es el Jesús que alimenta mis ideales es el ser en quien creo y confió, que en una placentera primavera volverá su compasiva mirada y encenderá de amor el corazón y su viviente palabra con el resplandor de la luz abrirá el entendimiento de los nicaragüenses para encontrar el camino de la fraternidad, la solidaridad, la paz y la verdadera reconciliación.