Mercedes Gordillo
Por esos años de 1968 tuve la oportunidad de realizar un viaje a la América del Sur. Estaba en plena juventud, era cuando se usaban peinados altos, con moñas parecidas a colmenas, además usaba pava, o sea cabello caído sobre mi frente y pintaba mis ojos en negro, con una raya salida al final del párpado, como los egipcios. Fui junto a varios amigos, casi familiares. Juntos visitamos: Perú, Ecuador y Colombia, por primera vez con asombro y admiración vi los Andes nevados, el avión casi pasa rozándolos. La ciudad de Lima donde no llueve nunca y sin embargo hace frío, es seca, colonialísima, de bellos balcones colgantes y techos artesonados con maderas de cedro nicaragüense. En el siguiente vuelo conocí al Cordobés, el famoso torero español, nos invitó a su corrida en Quito y a unas tapas en una tasca española,porque allí todavía perdura la colonia y sus costumbres.
De Colombia tengo muchas cosas que decir, al llegar a Bogotá vestía una recatada minifalda. En el mismo avión viajaba con nosotros Álvaro Pachón, colombiano convertido en campeón ciclístico mundial de regreso a su país. En la cabina se escuchaban alegres cumbias: La del sol, La piragua de Guillermo Cubillo, la piragua… la piragua… todos tarareaban contentos por el triunfo de Pachón. El aeropuerto se encontraba repleto de admiradores del ciclista. Una amiga y yo bajamos las escalarías, protegidas por un paraguas, pues llovía un poco, fuimos las primeras pasajeras en salir. De pronto se escucharon silbidos agudos, expresiones fuertes, gritos y amenazas, diciendo “abajo la falda”, “por eso no llueve” y cosas así. Mi amiga y yo empezamos a correr hasta llegar al edificio de la terminal, no sabíamos qué sucedía, pero una empleada de Migración nos explicó que en Colombia aún no se usaba minifalda, tuvimos que descoser el guardapolvo de las faldas, luego salimos a tomar un taxi, con miedo a las turbas, pero estas se apretujaban para ver a Álvaro Pachón y afortunadamente pasamos inadvertidas. Cercano a Bogotá admiramos el salto de agua Tequendama, no tan abundante en realidad, más bien parecía lloriquear. En camino hacia la Catedral de Zipaquirá, nos detuvimos a almorzar en un restaurante popular, saboreamos un extraordinario plato de la cocina colombiana: lechón a la tolimense, un cerdito entero relleno de arroz y carne, bien sazonado, transparente y tostado, convertido en chicharrón. Lo disfrutamos mucho, sin embargo posteriormente a nuestro regreso a Nicaragua nos transmitió la peste de rubéola, seguramente el lechón estaba contaminado.
Recorrimos el Museo del Banco Central con su enormes esmeraldas profundamente verdes, nos deslumbró el oro de El Dorado, en las calles cualquiera quiere venderle a uno algún falso anillo de esmeraldas. Para mí lo más importante del viaje a Bogotá fue visitar una gran librería algo anticuada y polvorienta, en el centro de la ciudad, atendida por un simpático señor de avanzada edad, a quien pregunté:
—¿Usted tendría un buen libro de algún escritor colombiano?
Muy atento me mostró uno de regular tamaño, con un nombre desconocido para mí. Aún recuerdo las palabras del librero:
—Le va a gustar mucho, llévelo —dijo con gran convicción.
A mi regreso a Managua lo leí una, dos, tres veces y quedé absolutamente perpleja y eso que todavía no había estallado aquí el boom latinoamericano. Lo llevé a una librería, para que lo trajeran y los nicaragüenses pudieran leerlo, pero otro viejito, el de una librería cercana al barrio San Antonio, después de leerlo me dijo:
—Señorita este tipo de lectura la prefieren solamente las mujeres —agregando con severidad— Yo no creo que interese aquí.
Di la vuelta enfurecida, afortunadamente el nombre de Gabriel García Márquez explotó rápidamente como pólvora encendida. Mucho tiempo después escribí un cuento que pertenece a la colección del libro de mi autoría: Luna que se quiebra, un pequeño homenaje a Agustín Lara, con su música de fondo, dedicado al gran mexicano José Luis Cuevas, mejor dibujante del mundo y a ese Gabriel bigotudo, delirante, genial y obcecado escritor