La carta a los Efesios nos dice que Cristo y la Iglesia forman una sola carne. Pero, ¿dónde se hace presente la consumación de este matrimonio? La respuesta es: en la Eucaristía, en las palabras “tomad y comed, esto es mi cuerpo”.
De tal manera que en la Eucaristía y en el plano espiritual, la carne incorruptible y dadora de vida del verbo encarnado pasa a ser “mía”. Dice San Cirilo de Jerusalén, que el efecto de la Eucaristía es que nos vuelve “concorpóreos y consanguíneos” de Cristo.
Entonces es también cierto que mi carne, mi humanidad pasa a ser de Cristo en un maravilloso intercambio, Él la hace suya.
Cristo, en su vida terrena, solamente conoció una existencia de tipo masculino, no de tipo femenino; al parecer, no conoció la enfermedad, ni ciertamente la vejez; no conoció el estar casado, tener hijos, etc. Pero todo esto, que le faltaba a la encarnación del Hijo de Dios, Cristo lo realiza gracias a la Eucaristía.
Él viene a morar en mí, tal como soy. De tal forma que, en la mujer vive el ser mujer, en el enfermo el ser enfermo, en el deprimido su depresión, en el padre y en la madre el tener hijos, en el anciano el ser anciano. Somos para él, como decía la beata Isabel de la Trinidad, una especie de “humanidad de recambio”. Por eso para el hombre y la mujer de fe, su cuerpo no es suyo.