Un día, ante la crítica de los presentes, Jesús defendió a una mujer pecadora que había derramado aceite perfumado sobre sus pies y los había enjugado con sus cabellos. A la objeción que se le hizo en aquella circunstancia, respondió: “¿Por qué molestáis a esta mujer? Pues una obra buena ha hecho conmigo. Al derramar este ungüento sobre mi cuerpo, en vista de mi sepultura lo ha hecho” (Mt 26,10.12). Las mismas palabras podrían aplicarse también a la Verónica. Es extraño que no citaran su nombre en los evangelios entre los de las diversas mujeres que tuvieron especial participación en la vida de Jesús.
Brevemente narraré para ustedes bajo las muletas de mi pasión la breve participación en la historia de tan valiente y noble mujer.
Según la tradición, en el camino del calvario una mujer con su candor y vigor se abrió paso rompiendo el cerco de los soldados que escoltaban a Jesús. El rostro de Jesús irreconocible por la hinchazón de los puños de sus torturadores. Su sangre, sudor y tierra del camino es por un momento acariciada y limpiada por las suaves manos de esta joven audaz y valiente llamada Verónica que, llegada hasta Jesús, se arrodilló y con suma humildad le presentó el paño extendido diciendo: “Permitidme que limpie la cara de mi Señor”. Jesús recibe en este sagrado momento el consuelo de amor que casi todos le negaron. Tomó el paño, lo aplicó sobre su cara ensangrentada y se lo devolvió, no sin antes darle gracias ocultas bajo una malograda pero sutil mirada que no perdía brillo a pesar del cruel maltrato. Verónica, después de besarlo se levantó, entró a su casa y extendió el sudario sobre la mesa y cayó sin conocimiento. Aquel rostro ensangrentado y triste quedó estampado en el lienzo de un modo maravilloso. Este lienzo es un mensaje de Jesús. En cierto modo nos dice: He aquí cómo todo acto bueno, todo gesto de verdadero amor hacia el prójimo aumenta en quien realiza la semejanza con el Redentor del mundo. Verónica sería el significado de ese nombre, que hizo memorable el bello gesto de aquella mujer.
Jesús pudo, gracias a ella, ver con más claridad y observó el rostro inocente de esta mujer y la cara arrogante de los soldados y las expresiones de odio contra él de la multitud. Pudo reconocer gentes que anteriormente se gozaban de sus enseñanzas y se maravillaban de sus milagros, ahora, transformados en furiosos depredadores. La carne inocente y vulnerable de quien no tiene defensa despierta y atrae el apetito de la cobardía y la mediocridad. No veía a sus apóstoles; habían huido, vio a Pilatos en su palacio tragando vino y diciéndose: “Era mi pellejo o su vida… no tenía otro camino”. Y Dios vio a los apóstoles huyendo y escondiéndose por temor a perder la vida y vio a Judas ahorcándose.
Los actos de amor no pasan. Cualquier gesto de bondad, de comprensión y de servicio deja en el corazón del hombre una señal indeleble. Verónica fue una mujer de gran valentía, ya que su acto de amor le podría haber causado una peligrosa reacción por parte de los romanos o de las turbas. Es mujer de gran compasión, ya que venció todo miedo y decidió amar en medio de una multitud movida por odio o la indiferencia.
Verónica apenas se menciona brevemente en la sexta estación del Vía Crucis, ofreciendo un gran ejemplo de coraje y valentía. Ese mismo que hoy está presente en nuestras mujeres que luchan y sufren ante la injusticia de ver a sus esposos privados de libertad bajo la complicidad de expedientes amañados sólo para complacer a un hombre y desacreditar la justicia. Mujeres que deben soportar que su honor sea mancillado y humillado en estas cárceles. El silencio es su defensa con tal de no ser privadas de un fuerte y merecido abrazo de esos seres que una vez compartieron momentos muy felices.
Ellas también limpiarán la cara de sus hombres y en breve la luz de esa justicia les será mostrada en el rostro de Jesús.