Cuando el 5 de noviembre pasado daniel ortega ganó la elección presidencial , a pesar de mi condición de ex contra fui de los muchos que esperaban que en esta segunda oportunidad se esforzara por hacer el mejor gobierno posible, respetando en esta ocasión las reglas de nuestra democracia.
Debo confesar que estos primeros, casi cien días de su gobierno, no han sido los más halagüeños, ni creo que se esté abonando para conseguir esa paz social que tanto necesitamos para poder salir del estado de pobreza extrema en que nos encontramos. Considero que si al presidente Ortega no se le señalan los errores que está cometiendo y los que está por cometer, entonces podremos sentarnos a ver cómo los próximos casi mil ochocientos días que le faltan se vuelven completamente negativos para nuestra economía, para nuestra paz social y como resultado veremos ahondarse más la división entre las familias nicaragüenses. Quiera Dios que esto no contribuya a que vuelva a correr la sangre de nuestra juventud. Si nos preguntamos a quién le vamos a deber este posible futuro incierto, la contestación es harto sencilla. A los consejeros de los Consejos Populares.
Cuando se va a elecciones para elegir al Presidente de un país, normalmente el pueblo vota por el que considera más capacitado, al que oferta el mejor y más creíble programa de gobierno y al que presenta una hoja tanto de servicio público como de vida, lo más impecable posible. Cuando ese candidato logra el triunfo se espera que gobierne él y no que salga a preguntarle a “Juan Pueblo” cómo gobernar la nación que lo eligió. Los Consejos Populares podrán servir y estar preparados para cualquier cosa, menos para dirigir con acierto el rumbo económico o político de una nación.
La razón es muy sencilla: no poseen ni el tiempo, ni la información, ni la preparación requerida para tomar decisiones acertadas, en cuanto a los hombres y mujeres que podrían hacerlo. Si no están dentro del gobierno, éstos tienen sus propias ocupaciones y no creo que quieran quemarse las pestañas tratando de crear un programa o una estrategia económica para luego ponerla sobre la mesa de un Consejo Popular a que se la destrocen.
Recién el triunfo de la revolución sandinista, en los años ochenta del siglo XX, se creó algo parecido a los consejos populares y creo que se le llamaron tribunales populares. ¿Se acuerdan de ellos? ¿Quién no tiene un familiar o un amigo que tuvo el infortunio de enfrentarlos? Pero volviendo nuevamente al tema, ¿a cuál consejo popular va a escuchar el presidente Ortega? ¿Al del treinta y ocho por ciento que le dijo sí, o al del sesenta y dos por ciento que le dijo no? ¿No creen ustedes que ese exceso de populismo es completamente innecesario? A menos que detrás de él se escondan otras exóticas ideas, intentos que en el pasado ya nos costaron muchas vidas.
Mi humilde consejo al señor Presidente es que gobierne él, que enfrente las responsabilidades que conllevan ser llamado Presidente de un país. Para finalizar quiero recordarle que una de las tareas que le quedó pendiente de su última administración, fue precisamente la gerencia del gobierno. Y no creo que haya pueblo que dé terceras oportunidades.