Día 31 de marzo de 1931, Martes Santo, eran las 10:20 en la ciudad de Managua, cuando se produjo un intenso terremoto de 4.7 grados en la escala Richter. En la Tropical Radio Telegraph Company, el operador S. M. Craigie, transmite la noticia a Nueva York.
A la par de la tragedia se dan actos de heroísmo. El joven Moisés Enríquez, trabajador de la Planta Eléctrica (Central American Power Corporation), en medio de los temblores y escombros, logró cortar la energía eléctrica, salvando así muchas vidas. El Presidente de la República, general José María Moncada Tapia, llega a Managua y ese mismo día 31 decreta el Estado de Guerra aplicándose la Ley Marcial.
Se decretó encargar el inmediato y eficaz cumplimiento al Director de la Guardia Nacional y al Jefe Político. El coronel, Calvin B. Mathews se convirtió en el verdadero poder y la marina norteamericana es la ejecutora, acción en la que mueren numerosos ciudadanos nicaragüense por los disparos de las fuerzas de ocupación.
Otro de los primeros decretos del presidente Moncada Tapia fue conferir al coronel Matthews, el grado de General de Brigada, considerando que como Jefe Director de la Guardia Nacional “ha prestado valiosísimos servicios al pueblo nicaragüense, encauzando el orden y el estricto cumplimiento de la ley”.
GOBIERNO EN MASAYA
El Gobierno, incluyendo las Cámaras de Senadores y Diputados, se trasladó a la ciudad de Masaya. Firman el decreto los senadores L. Ramírez M., F. Somarriba y J. Mejía. Diputados Juan B. Lacayo, Humberto Alvarado y Simeón Rizo. El publíquese José María Moncada, Presidente de la República y Antonio Flores Vega, Ministro de Gobernación.
El 14 de abril de 1931, se constituye el Comité Local de Reconstrucción y se nombra como Presidente al general Anastasio Somoza García; pasarán 41 años para que Anastasio Somoza Debayle ocupe igual cargo a consecuencia del terremoto del 23 de diciembre de 1972. El general Moncada
Tapia le da cada vez más protagonismo al futuro dictador.
Igual que pasó con el terremoto, la población de Managua se estremece cuando se sabe que el general Moncada Tapia piensa proponer el traslado de la capital de la República a otro lugar, se menciona Masaya o un sitio en el departamento de Carazo. Numerosos ciudadanos se oponen a tal medida y solicitan a las Cámaras de Senadores y Diputados no se apruebe el traslado.
Firmaron entre otros: Monseñor José Antonio Lezcano, Arzobispo de Managua; Francisco S. Reñazco, Mariano E: Solórzano, José Dolores Estrada, José Benito Ramírez, Riguero y Salomón, Joaquín Solórzano G., Francisco Brockmann, Manuel J. Riguero, Ulrico Eitzen, Elías Jacobo A., Miguel Silva S., Carlos Báez, Abelino Serrano, Ramón Solís L., Porfirio Solórzano, Marcial E. Solís, Alfredo H. Teller, Salvador Guerrero M.
Víctor M. Delgadillo, Alfredo Osorio, Adán Díaz F., Bernabé Portocarrero, Ramón Castillo C., Ángel Ma. Pérez, Jesús Sándigo M., Florencio Arce, Francisco Aranda, Deogracias Rivas, Patricio Mayorga, Juan Loredo H., Eliseo J. Reyes, Sebastián Alegrett, Juan José Zelaya, José Santos Ramírez, Jacobo B. Marcos, José M. Acosta, Enrique Fenz, Humberto Gutiérrez, José Saravia Z.
Carlos Reyes, Vicente Álvarez, Gustavo M. Uriarte, Gregorio Thomas C., Jesús García L., Pablo E. Moreira, Heriberto Silva, Gregorio Pichardo, H. Hernández, A. Ríos González, Gilberto Pérez Alonso, Antonio Corriols, V. González, Gustavo García L., Genaro A. García, M. Barreto, Francisco J. Mosquera, Enrique Belli, Rafael Cabrera, Alfonso Estrada, Julio Linares, Ernesto Duarte, Armando Ramírez, J. V. Solórzano, S. Gutiérrez A., J. López.
TRAGEDIA Y DESASTRE
Las consecuencias del desastre natural se agravaron por los incendios y las demoliciones que hacían con dinamita los marinos norteamericanos. La mayoría de los pobladores se refugiaron en la costa del lago Xolotlán, en los parques Central y Darío, en la Explanada de la Loma de Tiscapa, en los campos de golf de los oficiales militares de las fuerzas de ocupación.
Alrededor de 1,500 personas perecieron. Por la tarde muchos cadáveres habían sido rescatados y sepultados en el nuevo cementerio al occidente de la ciudad. Para el día siguiente, cuando los cuerpos comenzaban a descomponerse, se recogían y llevaban al mismo cementerio donde se había abierto una gran fosa. En los días posteriores se quemaban en el sitio que los encontraban, ya que perros y cerdos se los estaban comiendo. La falta de agua fue otro de los serios problemas para más de 20,000.
El 3 de abril llegó a Managua el señor Swift, representante de la Cruz Roja norteamericana; se formó un Comité Central presidido por Matthews E. Hanna, Ministro de los Estados Unidos, curiosamente Somoza García que era subsecretario de Relaciones Exteriores fue nombrado miembro, el delfín del general Moncada Tapia estaba bajo la sombra del águila imperial. También el coronel Frederic C. Bradman, uno de los jefes de los marinos; general Calvin B. Matthews, Jefe Director de la Guardia Nacional de Nicaragua; Teniente-Coronel Dan I. Sultán, jefe del regimiento norteamericano de ingenieros, encargado de estudiar las obras del Canal de Nicaragua.
Otro serio problema se creó con los representantes de las Compañías Aseguradoras, don Tomas Cranshaw de la Wester Assirance Co.; don Manuel Navarro de la The Guardian Asurance Ltd.; don Arturo Cohen de la Anglo South, The North British and Mercantile; don Juan Vasalli de Corinto, la Anglo Central, The Northern Asurance Co.; P.J. Franwley de León, The General Accidents Fire and Life Asurance Corporation; don Chester Wallace The Home Insurance Co.; don J. L. Griffith The Comercial Union Asurance Co. Limited.
El problema estaba en distinguir los daños causados a consecuencia del terremoto o de los incendios. Finalmente se establecieron tres criterios sobre los contratos de seguro. Uno: contra fuego, con exclusión de daños provenientes directa o indirectamente (según las condiciones estipuladas en las pólizas) de terremoto, ley marcial, poder militar o usurpado y demás excepciones consignadas en ellas. Dos: Contra terremotos, con exclusión de incendio, Tres: Contra incendio, proveniente de terremotos. Al final se llegó a un arbitraje.
MONSEÑOR LEZCANO Y MONSEÑOR REYES
En medio de la tragedia, la presencia de Monseñor José Antonio Lezcano y Ortega, Arzobispo de Managua, reconfortó a la población. Entre las ruinas, cadáveres y heridos, impartía bendiciones y plegarias. Fue solidario con el dolor y las penurias. En cambio el Obispo de Granada, Monseñor José Canuto Reyes y Balladares, el domingo 5 de abril, hizo leer en todos los templos de la Diócesis, una carta pastoral que fue considerada como ofensiva, en especial a las víctimas del terremoto. Consideró que en Managua, sus pobladores llevaban una conducta libertina y licenciosa, señalando que se vivía en bacanales, llamando a las madres que no cuidaban a sus hijas, “lobas o bobas”. El terremoto no era más que un castigo divino, aseguró el obispo.
La réplica fue inmediata. Una de las víctimas del terremoto fue la señorita Mariíta Huezo Ortega, pereció cuando salía de su casa. Era sobrina de Monseñor Lezcano y Ortega. La joven era muy apreciada en Managua. Su padre, don Francisco Huezo, hizo publicar una carta, en uno de cuyos párrafos expresó: “Si el Obispo de Granada hubiera conocido a mi hija, la hubiera estimado en los quilates de virtud y alta dignidad que tenía, con una firmeza de carácter superior a su edad, y lo hubiera meditado bastante antes de ofender su memoria y a su familia y a la sociedad, que tanto le quería, porque la conocía bien”.
La solidaridad fue mundial. Se recibieron mensajes y ayudas de el Cardenal Eugenio Pacelli, Secretario de Estado Pontificio, futuro Pío XII. Alfonso XIII, Rey de España. El Presidente norteamericano, Herbert C. Hoover. El Presidente de Francia, Gastón Doumer. Jorge V, Rey de Inglaterra. Los países sudamericanos, centroamericanos y caribeños se hicieron presentes. La Cruz Roja de muchas naciones promovió valiosa ayuda.
Para 1946, que Managua celebró el centenario de haber sido elevada a ciudad, había bastante recuperación, prosperó mucho hasta que en la madrugada del 23 de diciembre de 1972, se produjo otro terremoto, cuya historia es bastante similar a la de 1931. Aparte del desastre natural, los terremotos han puesto al descubierto nuestras miserias humanas.