El 4 de marzo pasado, un canal norteamericano presentó en un documental el descubrimiento de osarios (recipientes en que los judíos enterraban los restos descompuestos de sus parientes) que supuestamente contenían los cuerpos de Jesús y “su familia”. En realidad toda la información presentada se deriva de unas reliquias encontradas en 1980 en un área de construcción en los suburbios de Jerusalén. Unos obreros accidentalmente dieron con una recámara antigua en la cual, posteriormente, arqueólogos encontraron 10 osarios. Uno de los osarios tiene una inscripción que podría decir: “Jesús, hijo de José”. Otras inscripciones incluyen nombres como “María”, “Mariamne” (que supuestamente equivale a María Magdalena) y “Judas, hijo de Jesús”. Aunque todos estos eran nombres comunes entre los judíos del primer siglo, el documental insiste en que el hecho de encontrarse todos en el mismo sitio, prueba que se trata de la tumba de Jesús. La abrumadora mayoría de eruditos y arqueólogos israelíes niegan tan aventurada afirmación.
La tesis del documental carece de rigor científico y lo que hace es reflejar al menos tres presuposiciones improbables: (1) que el relato de los evangelios con respecto a la naturaleza divina de Jesús es falso; (2) que Jesús tuvo una relación física y sentimental con María Magdalena con la que procreó hijos (teoría ya expuesta en El Código Da Vinci) y (3) que Jesús no resucitó corporalmente. Estas presuposiciones son a su vez, hijas del racionalismo modernista que niega la existencia de lo sobrenatural, es decir, de aquello que no se puede explicar con la razón, incluyendo la existencia de Dios. Según los racionalistas, vivimos atrapados en una inquebrantable sucesión de causas y efectos y todo lo que está fuera de ella no existe.
El documental ignora por completo el testimonio histórico del Nuevo Testamento el cual afirma consistentemente la realidad de la resurrección de Jesucristo. Los Evangelios sostienen que, luego de resucitar, Jesús se apareció a sus discípulos cercanos (apóstoles) y les mostró las heridas en sus manos y en su costado. El apóstol Pablo dice que Jesús se apareció a unos 500 discípulos a la vez (1ª carta a los Corintios 15:3-9). Esta fe en Jesús como el Mesías resucitado transformó las vidas de sus discípulos, los inspiró a predicar salvación en Cristo y a morir como mártires. Es difícil pensar que todo esto estuviera sustentado en una simple mentira.
Finalmente, la insistencia en una vida sexual de Jesús es de origen gnóstico (del Gr. gnosis, conocimiento), un movimiento inseminado a finales del siglo I A.D., al interior de la misma iglesia cristiana y desarrollado plenamente en el siglo II A.D. El Gnosticismo ofrecía una concepción dualista de la realidad; distinguía entre lo material (esencialmente malo) y lo espiritual (esencialmente bueno) y sostenía la autonomía de ambas esferas, de tal forma que para ellos, lo que se hace con el cuerpo no afecta al espíritu. Esto dio origen, por un lado, al antinomianismo (anti: contra; nomos: ley, “inmoralidad”) y, por otro, al ascetismo (negación voluntaria de los placeres del cuerpo). Los gnósticos docetas distinguían entre el hombre Jesús y el Mesías divino. Según ellos, el Mesías entró en el cuerpo de Jesús luego de su bautismo y salió de él antes de la crucifixión. Así que, según ellos, fue el hombre Jesús el que tuvo una vida familiar y sexual normal.
El apóstol Juan combatió esta herejía en su Primera Carta (finales del s. I A.D.) donde dice: “¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo?” (2:23a), y: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo es nacido de Dios” (5:1a). En el prólogo, además, se lee: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida”. El uso de verbos de sentido: oír, ver, contemplar, palpar acompañado, incluso, de frases redundantes: “ver con los ojos”, “palpar con las manos” es con el fin de combatir la negación de la realidad física del Mesías. El tiempo perfecto griego en dos de los verbos principales (akekóamen (hemos oído); jeorákamen (hemos visto) enfatiza el efecto actual de su experiencia con el Mesías. En conclusión, la tumba de Jesús seguirá vacía porque no hay duda de que ha resucitado.