Blanca, menudita, alegre, de ojos celestes y cabellos plateados, así es la maestra Amanda del Socorro Talavera Chamorro. Se ha puesto su traje más bonito, sencillo y limpio para recibirnos en su casa situada en la calle principal de Nandaime.
Confiesa que se siente nerviosa al tener frente a ella al equipo de LA PRENSA y que teme no tener qué decir. Le explico que yo estoy en igual situación al tener frente a mí a la Mejor Maestra de Nicaragua, honor que le ha sido conferido a doña Amandita en un par de ocasiones.
El nieto nos muestra dos cajitas pequeñas forradas en velvet rojo donde ella guarda dos de sus mejores tarjetas de presentación, las medallas de oro de la Orden Miguel Ramírez Goyena (1990), y Presidencia de República de Nicaragua (2002), que la declaran Mejor Maestra de Primaria de Nicaragua, a las que suma el diploma que la distingue como Mejor Maestra del departamento de Granada.
Comenzamos a hablar sobre la calidad de los profesores. “Cuando los maestros siembran rosales cosechan siempre rosas”, dice con humildad. “Sin embargo —agrega—, en los rosales siempre hay espinas que pueden herir, pero el buen mentor no abandona su empresa y sufre cuando se separa del magisterio”.
“Yo tuve la dicha de tener buenas maestras que me condujeron por el camino de la conciencia magisterial. Ellas me enseñaron amar a mis alumnos y a sentirme feliz dentro del aula. Yo tuve buenas maestras que regaron e hicieron florecer mi vocación infantil por la enseñanza, tuve una que me pasaba a la pizarra para que ‘le ayudara’ en sus clases, pero eso era una forma para que me encariñara más del magisterio”.
“Cuando terminé la primaria mi madre me dijo que lo mejor era que aprendiera a coser, bordar y otros oficios caseros porque, siendo muy pobre, no me podía pagar colegios caros. Yo insistí en que quería ser maestra y con el apoyo moral de mis maestras hice el examen de admisión en Granada, lo aprobé gracias a Dios y me pude matricular en la Normal de Jinotepe. Ahí hice mi primer año, pero como se creara una escuela normal exclusiva para señoritas en San Marcos, me fui para esa ciudad, la Normal de Jinotepe quedó solamente para alumnos varones”.
EL VIAJE A NANDAIME
¿Cómo se inicia esa pasión por el magisterio?
Yo nací en la llamada Villa Salvadorita, que antes y después tuvo otros nombres, se llamó Pueblo Viejo, Villa del Rosario, Villa San Francisco, Villa Salvadorita, Villa Somoza y Villa Sandino, alguien en broma dijo que era mejor ponerle Villa de los Generales. Pues ahí nací, pero como había que registrar los nacimientos en Santo Tomás, en mi partida de nacimiento salgo como tomaseña, chontaleña. Fue en ese mi lugar donde, entre juegos de niñas, nació mi amor por la enseñanza.
¿Cuénteme algo de sus padres y cómo vino a vivir a Nandaime?
Mi padre era don Alfonso Talavera Ocón, ya fallecido, mi madre vive, es doña Elia María Chamorro. Tengo tres hermanos de padre y madre, Nubia, Julio y Luis Salvador. Sólo de padre tengo otros 23, en total somos 27.
Parece que su padre fue muy inquieto en asuntos de faldas.
Así era la característica del macho chontaleño. Mi padre estaba separado de mi mamá, vivía en Nandaime con mi abuelita (la madre de él) y una hermana. Cierto día esa tía llegó a Chontales y yo me vine con ella. Ya antes mi hermanito, cuando tenía 2 años, se vino a vivir a Nandaime, logró, como yo, graduarse de maestro y ahora vive en Chontales. Yo también llegué muy muchachita a Nandaime, tenía 9 años y me fui quedando porque mi abuelita me puso a estudiar la primaria.
LAS CINCO AMANDAS
¿Se apoderaron de usted los nandaimeños?
Me dejaron para siempre aquí y gracias a Dios me gustó y me quedé con mi tía Amanda.
¿Por su tía usted se llama Amanda?
Sí, yo repongo a mi tía Amanda Talavera Ocón, pero en la familia hay varias Amandas, están Amanda Talavera Cruz, que es maestra; Amanda Talavera Chamorro, que vive en Chontales; Amanda Talavera Duarte, que es mi sobrina y otra sobrina mía también lleva el nombre de Amanda.
¿Y por qué tantas Amandas?
Porque sus hermanos y sobrinos la han querido y por eso las han ido reponiendo. Somos como cinco Amandas.
¿Y su mamá venía a verla a Nandaime?
Venía y regresaba, ahora ya está muy viejecita y ya no puede viajar. Vive mi madrecita, gracias a Dios, aunque últimamente ha estado muy enfermita.
¿Qué recuerdos tiene de su paso por la Normal de San Marcos?
Era la directora doña María Teresa Salcedo, que en mi opinión fue una magnífica directora y una excelente profesora. Todas sus alumnas le quedaron muy agradecidas y los padres de familia igual, pues sabían que sus hijas estaban seguras y bien cuidadas en la Normal. Uno como estudiante quisiera salir volando del internado, pero ella estableció que la salida se ganaba con el buen comportamiento, a las alumnas mal portadas no las dejaba salir, yo sólo una vez perdí mi salida.
LOS PAPELITOS DE AMOR
¿Ya en ese tiempo tenía novio?
¡Ahhhh! Pues a esa edad ya uno tiene enamorados, eso no falla, y tal vez algún noviecito.
¿Y cómo hacían para “jalar” si estaba interna?
En el internado siempre se encuentra la forma. Los muchachos llegaban a rondar el edificio. Habían unas muchachas que sí tenían coraje y que decían “es mi primo el que está ahí”, o es mi pariente. Pero a mí me llegaban a ver de mi casa porque eran muy celosos conmigo, me cuidaban mucho.
¿Eran amores más que todo platónicos, creo yo?
¡Ahhhh, sí! No es como ahora, no me dejaban salir sola. Quedaba el recurso de los papelitos.
¿Y qué decían esos papelitos?
¡Ehhhh! Lo que usted podría decirle a sus enamoradas.
La verdad es que yo hacía muchas cartas, pero no entregaba ninguna. La timidez me mataba.
Pues yo conocí varios tipos de cartas, eran bellísimas.
¿En qué año se graduó?
En 1962 y quedé muy tranquila, por eso no me había presentado todavía a las oficinas de Educación de Nandaime cuando llegaron a mi casa representantes del Ministerio. “Dicen que usted ya se recibió y queremos saber si va a trabajar o no”, me dijeron. “Claro que sí, que quiero trabajar”, contesté. “¿En qué escuela y qué grado?” “Prefiero trabajar con varones, en cuanto al grado, el que me den”.
ENSEÑAR ES UN PRIVILEGIO
¿Cuál era el sentido que en aquel tiempo tenía usted del magisterio? ¿Ha variado con el tiempo?
Ante todo trabajar con alegría considerando que enseñar es ante todo el privilegio de estar entre jóvenes y niños a los que hay que moldear, usando como instrumentos la formación integral que nos dieron. Estar conscientes que enseñar implica para el maestro la obligación de estudiar de manera incesante. Nosotras veníamos aquí a trabajar, sabíamos la tarea que nos esperaba y el propósito de trabajar mano a mano con el director. Con ese espíritu trabajé 43 años… Hasta que me enfermé y tuve que dejar las aulas… (llora la profesora Talavera).
(Más calmadita añade) Yo me entregué con toda mi vida a la educación. Las compañeras me decían: “se está matando, para lo que nos pagan”. Yo no decía nada y me sumergía en mi trabajo, ni me acordaba de horas de entrada o salida, ni de cuánto me pagaban, era feliz en mi clase, era feliz con mis alumnos.
Últimamente me pusieron en la biblioteca para que descansara un poco, pero yo no cerraba el local y atendía a los chavalos a toda hora. Pero es que mire usted, de repente veía entrar a un chavalito y me decía pobrecito, viene aquí porque a lo mejor no tiene libros y sólo en la biblioteca tiene el chance de investigar… ¿Cómo iba a cerrar entonces? Cuando el chavalito se iba, ya me iba a mi casa tranquila y feliz. Me invadía la felicidad de ser útil, que es la mejor felicidad que uno puede sentir.
Sin embargo hay una realidad, los maestros siempre han sido mal pagados.
Cierto, mal pagados y mal jubilados. Yo ya me jubilé, me pagan 1,300 y pico, pero como aumentaron subí a 1,467 córdobas después de trabajar 43 años. Tenía dos mil y pico en cotizaciones y para jubilarme necesitaba 750. No me devolvieron nada por las cotizaciones restantes, eso le quedó al Seguro (Social).
MEDALLAS Y GOBIERNOS
Doña Amandita, observo que usted siempre fue soldado raso, nunca llegó a general.
Siempre fui soldado raso porque yo así lo quise. Me siento agradecida de los gobiernos que me ofrecían la dirección de alguna escuela, de los sandinistas que me ofrecieron una dirección por unanimidad, todititos vinieron aquí.
¿Qué sintió cuando le dijeron que era la Mejor Maestra de Nicaragua?
Sin falsa modestia, sentí alegría pero hasta ahí llegó, me quedé pensando después, si a uno lo nombran como para cumplir un requisito. Pero al fin y al cabo es un reconocimiento, uno que me dio el comandante Daniel Ortega, otro que me entregó don Enrique Bolaños y el otro don Humberto Belli.
¿Vienen a verla sus alumnos?
Sí, sobre todo a darme cariño en el Día del Maestro. Todos los padres de familia se interesan por mí, no tengo quejas de nadie, si usted pregunta todos me quieren.
Yo también la quiero.
Muchas gracias.