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Enchilada a dos manos
Marcela Sánchez

Dos naciones vecinas que enfrentan retos migratorios como Estados Unidos y México necesitarán “dar algo de valor para obtener algo más valioso”, un significativo acuerdo migratorio (...) El problema es, que (...) en vez de trabajar con México en una activa sociedad, Estados Unidos ha preferido enfrentar el tema en una “forma agresivamente unilateral”

Arturo Sarukhan, el nuevo embajador de México en Estados Unidos, está empeñado en manejar expectativas sobre la relación entre Estados Unidos y México por una buena razón: prometer demasiado y exigir demasiado no ha servido bien a ninguno de los dos países en los últimos seis años.

Sarukhan se cuida de mantener las esperanzas enfocadas en lo que es mutuamente beneficioso y aceptable tanto para Washington como para Ciudad de México.

Luchar contra las drogas y el crimen organizado, aumentar la seguridad en la frontera mientras se agiliza el paso legal y ayudar a América Latina a enfrentar con éxito los retos de la globalización son, según el diplomático, las áreas en las que ambas naciones pueden progresar juntas durante los dos últimos años del presidente Bush y los primeros dos del periodo presidencial de seis años del presidente mexicano Felipe Calderón.

Lo que falta en esa lista, claro está, es la reforma migratoria. Sarukhan no evita el tema pero en una reciente conversación con editores y reporteros del Washington Post, no fue un asunto de vida o muerte. Se redujo a mantener que está “cautelosamente optimista” de que alguna forma de reforma migratoria se aprobará en el congreso estadounidense este año.

A diferencia de la situación durante los primeros meses de la Presidencia de Vicente Fox en el 2001, mantener bajas las expectativas parece ser una de las políticas iniciales de la administración Calderón.

La conexión personal de Fox con Bush llevó a muchos a esperar una revisión substancial del sistema migratorio estadounidense.

Las elevadas esperanzas se convirtieron en presunción tipificada en el ultimátum emitido por el Canciller Jorge Castañeda en el 2001: “Es toda la enchilada o nada”, proclamó Castañeda sugiriendo que México no firmaría un acuerdo migratorio con Estados Unidos que no le diera a aquellos mexicanos que residen acá ilegalmente, la oportunidad de legalizarse.

En ese momento, muchos analistas en este país acogieron la diplomacia “castañedesca” — a fin de cuentas, buenos vecinos debieran poder hablar francamente entre sí— y esperaron que la emergente democracia multipartidista de México marcaría una nueva era en las relaciones bilaterales.

Eso, obviamente, nunca ocurrió. En vez de buscar un futuro común, líderes de ambos países sucumbieron a presiones políticas internas que agrandaron la brecha entre ambas naciones.

En los últimos años, Bush y el Congreso permitieron que las voces antiinmigrantes más virulentas fueran las que más se oyeran en el debate de la inmigración en este país.

Los ataques terroristas del 11 de septiembre y las preocupaciones de seguridad posteriores se convirtieron en la perfecta excusa para distanciar a las dos naciones y alejar a los políticos estadounidenses de una solución razonable e integral y llevarlos en cambio a apoyar la construcción de una valla de 1,200 kilómetros a lo largo de la frontera.

Entre tanto, el gran amigo de Bush —Fox— también permitió que cálculos políticos lo aconsejaran mal. Fox se demoró en expresar su solidaridad a Washington tras los ataques del 9/11.

Luego, la posterior invasión de Irak y el nuevo enfoque drástico estadounidense ante la inmigración, hicieron aún más difícil para Fox y otros políticos mexicanos el construir puentes con Estados Unidos.

Según Sarukhan, ambos países deben usar su diplomacia pública para socavar las voces divisorias.

“Hemos fallado en explicarle a nuestra gente la importancia de nuestra relación”, dijo. Sarukhan planea usar la extensa red de 49 consulados repartidos por Estados Unidos para intentar demostrar los beneficios de una mayor integración entre Estados Unidos y México.

La labor más difícil será interna. Al mejorar la seguridad, Calderón espera atraer mayor inversión extranjera para crear nuevas fuentes de trabajo y generar crecimiento económico.

Con este esfuerzo está a su vez atendiendo los intereses de Washington y reconociendo que una buena relación tiene costos.

“Antes de los abrazos, de los fuegos artificiales, (Calderón) necesita ser capaz de demostrarle a los estadounidenses y a los mexicanos que tiene la capacidad de obtener resultados concretos”, dijo el diplomático.

Y así debiera ser. Dos naciones vecinas que enfrentan retos migratorios como Estados Unidos y México necesitarán “dar algo de valor para obtener algo más valioso”, un significativo acuerdo migratorio, dijo el experto en temas migratorios Demetrios Papademetriou, presidente del Migration Policy Institute con sede en Washington.

El problema es, agregó Papademetriou, que en vez de trabajar con México en una activa sociedad, Estados Unidos ha preferido enfrentar el tema en una “forma agresivamente unilateral”.

Es difícil creer que fue hace sólo seis años que el debate de reforma inmigratoria empezó como parte de discusiones entre Estados Unidos y México hacia un acuerdo migratorio bilateral.

Desde entonces, México se ha convertido en otro simple espectador llevando a que su enviado a Washington tenga que ser muy cuidadoso de no herir los sentimientos de nadie, de no irritar susceptibilidades, no vaya a ser que a alguien se lo ocurra que la valla fronteriza necesita ser unos centímetros más alta.

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