Una medalla olímpica cambia la vida de cualquier atleta, lo convierte en un inmortal, pues su nombre pasa a ser parte de la historia deportiva, que jamás nadie podrá borrar.
La cubana Ana Fidelia Quirot luce así, como una inmortal del atletismo con cada uno de sus innumerables éxitos en 400 y 800 metros planos, pero sobre todo con la medalla de plata olímpica en Atlanta 1996, que la dejó a un paso del oro, una hazaña que aún resalta como lo único que le faltó para sentirse completamente plena en sus años de retiro.
Cómo lograr tanto tiempo ese rendimiento, en un deporte tan exigente, y más aún, después de un accidente que pudo ser letal no sólo para su carrera sino también para su propia vida.
Quirot, sin preguntarle, lo respondió en el primer contacto que tuvo con los periodistas, a su llegada a Nicaragua para la actividad a que fue invitada para la exaltación al Salón de la Fama de varias figuras nacionales.
“¿Dónde está el gimnasio del hotel? Me dijeron que está cerca”, dijo Quirot en sus primeras palabras a la prensa deportiva que la esperaba.
La isleña, nacida en una familia humilde de Palma Soriano, en Santiago de Cuba, se siente afortunada por todo lo que vivió en el atletismo, sin mencionar un instante su talento, que le ofreció el chance de correr en las mejores pistas del mundo.
Se trata de una mujer sencilla en su hablar, su vestir, pero también en una muy pensante.
Su cuerpo luce las huellas del accidente que le quemó en 1993 más del 40 por ciento de su cuerpo. Las quemaduras son evidentes, pero también lo es su fortaleza mental, digna de un atleta de enorme grandeza.
“Jamás me miré fuera del atletismo. El accidente me perjudicó porque me sacó algunos meses de competencia, pero volví más pronto de lo que me esperaba”, explica Quirot.
La cubana no reconoce que su entrega en la pista fue siempre la mejor actitud que la sacó de este momento difícil.
Esa actitud que desde sus inicios la hizo resaltar entre sus compañeros de educación física.
“Una vez me hicieron una prueba en 60 metros. Midieron el tiempo y desde esa vez no dejé de correr”, recuerda orgullosa la madre de una niña que ensaya ballet y un niño que da sus primeros pasos en el deporte.
La dos veces campeona universal, panamericana, centroamericana y del caribe y subcampeona olímpica, fue siempre un ejemplo dentro y fuera de la pista, que bien le valió el calificativo de “Tormenta del Caribe”.
Quirot es ahora una leyenda viviente, que agradece al Gobierno de su país que le dio a su madre la oportunidad de mandar a sus tres hijos a la universidad para convertirlos en profesionales.