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La ONU debe rectificar en caso de Taiwán
Susana N. Vittadini Andrés
La autora es analista política, experta en Derecho Constitucional y Profesora Asociada en la Universidad Tamkang

Cooperación, paz y reconciliación son principios universales de derechos humanos que constituyen algunas de las más importantes premisas y exigencias de la comunidad internacional tanto en lo interno como en lo relativo a las relaciones internacionales. Sin embargo, a la hora de efectivizarlos pareciera que aquellos parámetros se van relativizando.

Tal vez es por desconocimiento, tal vez es por falta de voluntad o decisión. Lo cierto es que a Taiwán año tras año se le ha ido negando su acceso a un escaño dentro de la Organización de las Naciones Unidas. Es probable que muchos desconozcan que en ese lugar la democracia ha logrado constituir un bastión contra el autoritarismo y el totalitarismo. Que desde hace décadas se produjo un traspaso incruento del poder merced a una actitud madura y decidida de sus élites políticas. Al presente, Taiwán no sólo es un modelo económico, sino también político donde la democracia se ha ido acentuando y fortaleciendo. La libertad de expresión y el disenso político constituyen una realidad en su territorio más allá del nombre que se le quiera dar, ya sea República de China o Taiwán. Allí los hechos hablan más que los nombres.

Todo esto dentro de una región del Este Asiático castigada, no sólo por desastres naturales sino también por ambiciones hegemónicas, muchas de ellas cubiertas bajo velos que pretenden ocultarlas parcialmente. Pero poco a poco el velo se va descorriendo y la realidad aparece. Compras de armas letales, exorbitantes aumentos de presupuestos militares, y pruebas de misiles son algunas de las realidades que atentan contra la seguridad de la región y del mundo en general. Pues, hoy en día, en un mundo globalizado es muy difícil pensar que lo que ocurre en una parte del planeta no habrá de afectar al resto del mundo. Los actos de terrorismo recientes en diversos países son una prueba irrefutable de ello.

¿Cuál ha sido la respuesta de las Naciones Unidas ante tales hechos? Esta pregunta tiene muchas respuestas, pero entre ellas se destaca la necesidad de apoyar a todas las entidades jurídico políticas que sostienen el principio de la paz y de la armonía como paradigma. Taiwán lo hace en todo sentido. Pero su contribución se ha obstaculizado por la negativa a ser parte de ese organismo. Esto en momentos en que es necesario sumar fuerzas positivas para asegurar la estabilidad mundial. Justo es reconocer que tal negativa no es total, ya que muchos son los que lo reconocen, pero muchos también los que callan.

Año tras año poco más o menos veintitrés millones de personas bregan porque se les reconozca sus derechos y se les permita acceder a mejores condiciones dentro de la comunicad internacional. Pero año tras año el temor hacia poderosos intereses y el deseo de privilegiar lo económico sobre lo humano provoca el rechazo del derecho a la igualdad internacional de veintitrés millones de personas.

Por ello, cabría preguntarse ¿cuál es el valor de una vida humana? ¿Cuál es el parámetro que se usa para desconocer situaciones de hecho y derecho aceptadas por muchas sociedades? Se dice que es político, se dice que no es conveniente perturbar procesos de democratización en lugares donde existe una enorme cantidad de habitantes. Se dicen muchas cosas, e incluso, muchas veces no se dice nada, tan sólo se rechazan peticiones. Por eso es que ha llegado la hora de evaluar actitudes anteriores en aras de la paz y de la seguridad internacional. Si las Naciones Unidas se han equivocado respecto de Taiwán ha llegado el momento de rectificar el camino.

Por otra parte, una de las políticas más importantes desarrolladas en Latinoamérica en las últimas décadas tendientes a la democratización ha sido la inclusión de todos sus habitantes en el juego político. De esa manera se logró la pacificación de sociedades que durante muchas décadas estuvieron marcadas por gobiernos de facto y pérdida de muchas vidas. ¿No será el momento de hacer realidad esos ejemplos en el mismo seno de las Naciones Unidas? Taiwán constituye al presente un baluarte democrático en la región del Este Asiático. Su presencia en ese organismo internacional es indispensable para una mayor y mejor estabilidad.

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