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Lula va tras cuatro años más
El obrero convertido en Presidente adoptó la ortodoxia económica y viró hacia el centro
Escándalos de corrupción en su partido no le hicieron mella
BRASILIA/ AP, efe
Ven peligro de impugnaciones

Un eventual nuevo mandato de Lula está amenazado por la radicalización de la oposición, según algunos políticos.

"Los brasileños están corriendo el riesgo de votar el domingo a un Presidente para elegir a su Vicepresidente", advirtió el senador y ex ministro de Educación, Cristovam Buarque, candidato opositor a la Presidencia.

De acuerdo con Buarque, las denuncias de que miembros de la campaña electoral del jefe de Estado participaron en irregularidades para favorecer la reelección, pueden llevar a la justicia electoral a impugnar el resultado de las urnas y al Congreso a abrir un proceso político con fines de destitución contra el mandatario.

El presidente Luiz Inácio Lula da Silva busca un segundo mandato y se vislumbra que el pragmatismo será una de las principales características del nuevo período de gobierno, si gana las elecciones del domingo, aunque ronda el fantasma de una segunda vuelta.

Para ganar es necesario el 50 por ciento de los votos. El voto es obligatorio entre los 18 y los 70 años. 126 millones tienen derecho a votar.

El Presidente, a punto de cumplir 61 años, asumió el cargo el 1 de enero del 2003 y con paso seguro avanzó en el espectro político y económico desde la izquierda al centro, sin mayores explicaciones. Sólo dijo que “las personas cambian con el tiempo y que los dirigentes no hacen alianza con quien quieren, sino con quien pueden”.

Y si antes Lula, el séptimo de ocho hijos de una madre abandonada por su marido, gritaba a las puertas de fábricas como dirigente sindical en los años 70 y 80 contra la Coca-Cola o el Fondo Monetario Internacional, en su primer mandato hizo borrón y cuenta nueva y aplicó políticas económicas ortodoxas que estabilizaron la economía.

Si hace unos años Lula —que de niño lustró zapatos y vivió las penurias del empobrecido nordeste de Brasil donde nació— despotricaba de los partidos tradicionales, algunos de ellos como el Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) fueron la columna vertebral de su gobierno.

Lula escogió para su primer gabinete a viejos compañeros de su Partido de los Trabajadores (PT), como al entonces jefe de su gabinete José Dirceu, a quien llamó capitán del equipo, o el titular de Hacienda, Antonio Palocci. Pero cuando las denuncias de corrupción llegaban a su despacho, dejó partir a ambos sólo con una palmadita en la mejilla.

En agosto del 2005, cuando Lula enfrentó las peores jornadas por los escándalos —que iban desde pago de sobornos de su partido a congresistas aliados, hasta lavado de dinero— hizo un discurso acompañado de todos sus ministros lanzó una frase que lo ha perseguido desde entonces: “Quiero decir: me siento traicionado por prácticas inaceptables de las cuales nunca tuve conocimiento”.

Así comenzó su camino para desligarse de su propio partido. Para sus adversarios más encarnizados, entre ellos ex militantes del PT, Lula no es más que un Judas.

Entre quienes lo apoyan, Lula es un hombre sencillo, sensible y sensato, quien las élites no le toleran su éxito en el gobierno a pesar de ser un ex mecánico tornero que sólo cursó la escuela primaria.

Es en esa mezcla de pragmatismo, instinto, carisma y un pasado que lo identifica con las mayorías pobres del país —sin ignorar resultados concretos como la estabilidad económica y planes sociales— que es una de las claves para entender que, a pesar de todas las tormentas que atravesó en los dos últimos años, parece encaminado a la reelección.

La amplia ventaja que le otorgaban las encuestas se ha reducido y la victoria que parecía segura hace tres semanas ha entrado a un terreno incierto. Su rival socialdemócrata Geraldo Alckmin amenaza con impedirle una victoria en primera vuelta, y obligarlo a una segunda el 29 de octubre.

Los beneficios de su política económica también se extendieron a los ricos. Lula reconoció que nunca ellos habían ganado tanto dinero como bajo su gobierno y lamentó no contar con su apoyo.

El crecimiento de la economía, sin embargo, fue bajo el 3 por ciento anual, una cifra mínima en un país donde los economistas dicen que debería ser de cuando menos el 5 por ciento.

Cuando inauguraba su gobierno, el 1 de enero de 2003, Lula juró que dedicaría su mandato a buscar que, al concluirlo, no hubiese brasileño pasando hambre. No lo ha conseguido y cerca de 40-50 millones de sus compatriotas aún sobreviven con el equivalente a menos de un dólar diario. Eso equivale a toda la población argentina.

Pero en contraposición, unos 10 millones salieron de esa condición, un récord en la historia de Brasil, y otros cinco millones consiguieron empleo formal, según cifras oficiales. Una encuesta mostró que más de seis millones ascendieron a la clase media. Los estudios sobre la situación social dicen que nunca hubo semejante movilidad social.

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