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El Papa y el islam

El 12 de septiembre el Papa Benedicto XVI ofreció una conferencia titulada: Fe, razón y la universidad. Memorias y reflexiones en la Universidad de Ratisbona, Alemania, donde él había enseñado teología. El punto principal del Papa fue la necesaria dependencia mutua entre fe y razón y propuso un equilibrio entre el entendimiento de que Dios es amor (Gr. ágape) pero al mismo tiempo es razón (Gr. logos). El argumento del Pontífice es que si la humanidad desea agradar a Dios, debe primero entender cuál es su naturaleza. Dios es amor pero también es razón. El evangelio según San Juan en su primer capítulo dice: En el principio era el “logos”, y el “logos” estaba con Dios y el “logos” era Dios. De tal manera que Dios, siendo razón, condena la no-razón, esto es, lo irracional. Sobre la base de este razonamiento, el Papa decía que el uso de la violencia para convertir a las personas y supuestamente adelantar la causa de Dios, es irracional. Por lo tanto, “actuar conforme la razón” es la base para el diálogo entre todos aquellos que buscan a Dios.

En el contexto de esta enseñanza, el Papa se refirió a un libro que recién había leído y citó un diálogo del siglo XIV entre un musulmán persa y el emperador bizantino Manuel II Paleólogos, quien pregunta a su interlocutor: “Tan sólo muéstrame qué trajo Mahoma de nuevo; ya verás que sólo encontrarás cosas malas e inhumanas como por ejemplo, su mandato de difundir por medio de la espada, la fe que él predicaba”. El argumento del emperador es que esparcir la fe por medio de la violencia es algo irracional, precisamente lo que Benedicto XVI quería comunicar.

Sin embargo, los musulmanes extremistas en diferentes partes del mundo interpretaron la cita que hizo del Papa de una antigua lectura, como una reafirmación literal de su contenido y, como es su costumbre, reaccionaron desproporcionadamente con actos de violencia. Compararon al Papa con Hitler y Stalin, incendiaron varias iglesias cristianas en Palestina, mataron a balazos a una monja italiana que estaba trabajando en un hospital de Somalia, hicieron plantones frente a la Catedral de Londres con pancartas que decían frases como “Jesús es el esclavo de Alá”, y muchas otras cosas similares. Y aunque no es algo que Benedicto XVI haya afirmado en su conferencia, lo cierto es que la minoría de musulmanes extremistas sólo probó con su violencia irracional que la interpretación extremista que hacen de su propia religión no tiene un fundamento teológico en armonía con la naturaleza de Dios (amor y razón) ni con sus enseñanzas.

Un columnista de un periódico internacional argumentaba convincentemente que uno de los principales problemas del islamismo es que carece de una organización piramidal en la que un líder o colegio de líderes se pronuncien, aclaren o teologicen sobre cuestiones prácticas como el uso de la violencia; y sugería que los musulmanes deberían escoger un líder como el Papa de los católicos. Esto, por supuesto, es poco probable que ocurra. Los líderes de las comunidades musulmanas llamados “imanes” (del árabe clásico, imán, director) son locales y su papel se limita a guiar a los fieles en las oraciones y ritos religiosos. Pero ninguno de ellos puede hablar en nombre del islam.

Además el islamismo no separa lo secular de lo religioso sino que es la religión oficial de los Estados árabes que se ven a sí mismos como sus defensores y promotores. De ahí que los musulmanes más radicales se planteen entre sus principales metas la conversión de los “infieles” sea por las buenas o por las malas. Los líderes islámicos fundamentalistas operan todavía bajo un concepto de Cruzada al estilo medieval.

Con todo, el Papa se disculpó públicamente por haber ofendido —sin habérselo propuesto— la sensibilidad religiosa de los musulmanes, lo cual es muestra de humildad y nobleza y de su inclaudicable búsqueda del diálogo. Con decidida consistencia, el Papa sigue enseñando con sus palabras y con su actuar que la fe verdadera es razonable. “Quienquiera que guíe a otro a la fe necesita la habilidad de hablar bien y de razonar apropiadamente, sin violencia y sin amenazas… Para convencer a un alma racional, uno no necesita un brazo fuerte ni armas de cualquier tipo ni otros medios para amenazarla de muerte...”.

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