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Noticias >> Opinión
López Pérez manoseado y vilipendiado
Eduardo Enríquez

¿Qué habrá cruzado por la mente de Rigoberto López Pérez segundos antes de descargar su revólver sobre Anastasio Somoza García? En esos segundos, ya cuando sabía que todo el “complot” no se iba a dar, ¿qué pensó?

Estoy seguro que este muchacho, en realidad más sastre que poeta, no pensó en ser héroe. Probablemente, al encontrarse en el salón repleto de los más feroces guardianes del dictador, pensó que estaba viviendo los últimos segundos de su vida.

A mí me parece que ese acto difícilmente puede considerarse un vulgar asesinato porque a López Pérez no se le puede juzgar en el contexto actual.

Somoza García, que ya había gobernado con mano de hierro durante 12 años, se estaba preparando para la reelección. Ya sus dos vástagos se podían divisar en fila para heredar la silla del padre. Para López Pérez era difícil verle un fin a la situación en que los Somoza habían puesto a Nicaragua. Todo estaba preparado para que, por décadas, los nicaragüenses nacieran, vivieran y murieran bajo un Somoza.

El bisoño poeta, soñador e iluso, pensó que todo ese régimen podía caer si se mataba la raíz. Sucedió lo contrario. Y lo que vino después de la caída del régimen décadas después, era imposible de predecir en 1956.

Pensemos por un momento que el sacrificio hubiera dado frutos y que en efecto el régimen se hubiera derrumbado, dando lugar a la democracia y el Estado de Derecho, convirtiéndonos en una sociedad casi gemela a la costarricense que para entonces a duras penas daba sus primeros pasos.

De haber sido así, el monumento a Rigoberto López Pérez a estas alturas habría visto pasar frente a sí a generaciones de nicaragüenses que harían excursiones para rendirle tributo por ser “el padre de la democracia nicaragüense”.

Pero no, después de que López Pérez fue acribillado a balazos en el piso de la Casa del Obrero, se desató la furia de los hijos del tirano. Se consolidaron a sangre y fuego y gobernaron por 23 años más.

Y lo que vino después fue peor, los sandinistas se hicieron con el poder una vez que la dinastía cayó. El sandinismo nada tiene que ver con López Pérez pero en aquellos primeros días cuando todavía había espacio para la esperanza, sacaron al poeta-sastre del olvido y llamaron a su acto suicida un “heroico” que “marcó el principio del fin de la dictadura”.

Pero como el sacrificio de López Pérez fue tomado —abusivamente— como bandera de quienes trajeron a los nicaragüenses todavía más dolor, sangre y luto que todos los Somoza juntos, entonces el sacrificio se vuelve algo despreciable para algunos.

Y su monumento —en sí una burla más de quienes provocaron la profunda división de esta sociedad y estaban plenamente conscientes que la seguirían alimentando al erigirlo— es ahora visto por muchos como un monumento a la violencia, un monumento a un asesino.

Si de algo se puede acusar al poeta-sastre es de haber sido iluso, de ignorar la fuerza del régimen a tal extremo que pensó que matando al dictador se acababa la dictadura. Pero el hombre pagó con su vida su ingenuidad, su memoria ha sido manoseada durante las últimas décadas y ahora, para colmo, es vilipendiada. No creo que lo merezca.

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