Parecería que los hechos, que son tozudos, quisieran darle la razón a Oriana Fallaci.
La notable periodista y escritora murió el pasado viernes 15, en su Florencia natal, a los 77 años. Tenía cáncer , al que llamaba “El Otro”, y al que sujetó durante tres lustros.
Su producción periodística y literaria podría dividirse en dos etapas, una hasta los 72 años, la segunda a partir del 11 de septiembre del 2001. Corresponden a la primera sus legendarias entrevistas, sus coberturas como corresponsal de guerra, y cinco libros.
Después del atentado terrorista del 9/11, escribió tres libros más: La Rabia y el Orgullo, La Fuerza de la Razón y Oriana Fallaci se Entrevista a Sí Misma-El Apocalipsis? En éstos la escritora arremete sin ningún tipo de concesiones contra el Islam, al que define como “el cáncer moral que devora a Occidente”. Al mismo tiempo que se ensaña contra el fundamentalismo musulmán, denuncia con virulencia a gobernantes, líderes, intelectuales y periodistas occidentales, además de al Papa Juan Pablo II, a los que según sea, acusa de cobardes, hipócritas y timoratos refugiados en la comodidad de “lo políticamente correcto” y del doble discurso. Las élites europeas son su principal blanco y les endilga haber convertido al viejo continente en una “provincia del Islam”, a la que llamó Eurabia.
“Mi deber es decir lo que la gente piensa pero no dice”, sostiene en su autoentrevista y algo de razón le asistía. Tuvo sí gran razón al definir la vejez “como una bellísima edad”, porque “es la época de la libertad”. “Me siento libre como nunca lo he sido”, y eso parece difícil refutárselo. Que era libre y usaba de su libertad, nadie puede negárselo.
Por supuesto que la verdad de Oriana Fallaci no es la verdad única y absoluta; también ella tenía algo de fundamentalista. Hay que reconocerle, sin embargo, que los hechos muchas veces han respaldado sus opiniones. Hasta en el mismo momento de su muerte.
Fue por esos días que el Papa Benedicto XVI, en un discurso en la Universidad de Ratisbona (Alemania), hizo una referencia a Mahoma que no gustó al Islam, a muchos de sus líderes y a sus fanáticos y, como en casos anteriores, respondieron con violencia, insultos y exigencias, como la de que el Papa debe pedir disculpas. Sobre este tipo de reacciones y reclamos, ciertamente, habló mucho la fallecida periodista.
Hasta hoy, también el Papa parece darle la razón a la Fallaci y a sus críticas por el doble discurso y el miedo a salirse de lo políticamente correcto.
Ratzinger ha hablado de “un malentendido”, de una interpretación equivocada de sus palabras, lo que no parece fácil de aceptar en función de lo que dijo en Ratisbona. En concreto , durante su exposición recordó la siguiente afirmación del emperador bizantino Manuel II Paleólogo: “Muéstrame que ha traído de bueno Mahoma y verás sólo cosas malas e inhumanas, como su orden de difundir la fe usando la espada”.
¿Cómo puede malentenderse o dársele más de una interpretación a ese juicio?
El Papa ha dado vueltas en torno al tema, pero no lo ha encarado de frente. Si se equivocó y está en desacuerdo con lo que pensaba Manuel II, que lo diga claramente y que pida disculpas por su error. ¿Por qué no hacerlo? La humildad, el arrepentimiento, perdonar y ser perdonados son pilares básicos de su Iglesia.
Si por el contrario no está convencido de haberse equivocado ni cree que tengan derecho a exigirle unas disculpas y piensa, por ejemplo que, aunque “ brusca”, la opinión del emperador medieval reflejaba la realidad, debe decirlo claramente y de una vez por todas. Nunca como en este momento debería tener presente aquello de que sólo “la verdad os hará libres”. Y, definitivamente, no hay otra fórmula.
Es muy probable que la Fallaci, desde el más allá, en el que no creía, silenciada por la muerte a la que no temía pero a la que odiaba y le tenía asco porque marcaba el fin de la vida a la que sí ella amaba con pasión, esté con su indisimulada arrogancia, apuntando con el dedo y diciéndole al mundo y a Occidente: “Ven, ¿se convencen ahora de que yo tenía razón?”.